El hijo adoptivo de México, el artista holandés Jan Hendrix, fue condecorado con la Orden del Águila Azteca en grado de insignia, un reconocimiento que celebra “los servicios prominentes” prestados a la nación mexicana y a la humanidad.
La entrega de la medalla tuvo lugar el miércoles 15 de febrero en la residencia del Embajador mexicano en los Países Bajos, Jorge Lomónaco, en la ciudad de Wassenaar, y hasta allí se trasladaron familiares y amigos de Hendrix.
El artista plástico, autor de obras de pequeño y gran tamaño, fuertemente enraizadas en la gráfica, vive en México desde 1979. Cuatro años antes aterrizaba en el país con una beca del Ministerio de Cultura de Holanda para estudiar el paisaje mexicano.
Ciudad tomada
“Uno va transitando por un camino, va cambiando y la inocencia se va convirtiendo en observación y crítica. Al principio hay un paisaje que uno quiere retratar, a lo mejor en un formato pequeño porque no domina los formatos grandes. Y lo que ha pasado en los pasados treinta años es como un ‘zoom’, que se ha acercado cada vez más a detalles de este mismo paisaje que, a la vez, formulan una serie de interrogantes y preguntas sobre el estado deplorable del planeta. En ese momento entran en juego una serie de consideraciones, hasta políticas”, cuenta Hendrix.
En sus obras, el mundo vegetal toma por asalto el paisaje urbano. Un ejemplo es el plafón de cristal de la librería Rosario Castellanos, en el Centro Cultural Bella Época, en ciudad de México, donde su obra se ramifica, literalmente, por encima de las cabezas de los visitantes, en perfecta armonía con la casa de libros.
“Es como una especie de guerrilla en la que se infiltra naturaleza dentro de la visión urbana”, corrobora Hendrix. Otro ejemplo es su obra “Refugio”, en el Zócalo de la ciudad de Puebla. Allí, una estructura de aluminio laqueado en blanco se alza en medio de la arboleda, acentuando la presencia de la naturaleza.
“Cada vez estoy más interesado en la parte utilitaria, del uso del impacto visual”, dice Hendrix. ‘Refugio’, explica el artista holandés, inauguró “una relación viva, una relación abierta a interpretaciones de cada espectador”, de allí que los transeúntes hayan rebautizado esta obra como “quisco”, y que hoy tenga un valor en sí misma, como un punto de encuentro o el sitio donde la pareja de recién casados se toma una fotografía.
El joven rebelde, hijo de campesinos
Jan Hendrix nació en el poblado de Maasbree, en el sur de Holanda, en el seno de una familia dedicada a la agricultura, que se mostraba reticente al oficio del entonces joven artista plástico, a quien le echaban en cara haber reprobado todas las materias escolares, excepto dibujo.
Abandonó la casa de sus padres y a los 17 años ingresó a la Real Academia de Arte de Den Bosch, donde tampoco tuvo suerte, porque fue expulsado por su conducta rebelde.
Luego, invitado por el artista japonés Shinkichi Tajiri, ingresa como alumno al Atelier 63 de la ciudad de Haarlem, la institución educativa más radical de ese momento. A partir de ese momento, el cine y de la danza lo condujeron hacia una visión multidisciplinaria del arte, hasta que en 1975 recibió la beca para viajar a México.
“Tengo que decir que el clima en México es muy favorable para un artista, concluye Hendrix. Yo vine por seis meses y tengo la sensación que esa beca no ha terminado. El país funciona como un imán, es un país muy seductor”.
Más info: janhendrix.com.mx

























Seria bueno conocer la impresión de Jan Hendrix,sobre la situación de la extrema violencia que se vive en Mexico y el Derecho a la Vida...en sus mas del tercio de siglo que lleva en Mexico.
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