La verdad es incómoda: la democracia latinoamericana es la gran perdedora de las elecciones presidenciales de Honduras.
Es una crónica con final anunciado. El liberal Porfirio Lobo será electo presidente en unos comicios de dudosa naturaleza y de fácil arreglo. La jornada será bendecida por las decenas de misiones observadoras que representan la derecha liberal hemisférica, norteamericana y europea. Y el sol podrá ser ocultado con un dedo.
Vea la entrevista a Rafael Alegria, líder de la resistencia:
A nivel internacional, dos estampas: el presidente de Ecuador, Rafael Correa, pide en Bruselas a la Unión Europea que desconozca el resultado de estas elecciones y a las autoridades que salgan de aquí electas. Habla en nombre del ALBA ( Alternativa Bolivariana para las Américas ), liderada por Venezuela, Bolivia y Nicaragua.
El argumento de Correa: la tullida democracia latinoamericana está en juego en Honduras, porque aquí se ha fraguado un golpe militar que quiere cambiar de rostro y presentarse como democracia pactada.
En otras palabras: a partir de este precedente, hay vía libre para desmontar presidentes y legitimar el golpe a partir de la convocatoria de elecciones.
"Creo que desde hace cuarenta años no veíamos nada así en América Latina, que se había superado esa época de las cavernas", afirma el presidente.
Pero Correa no menciona una realidad: la derecha hondureña le puso un dique a la ola expansiva del ALBA y al intromisionismo de Hugo Chávez en el hemisferio.
La otra estampa: el Nóbel de la Paz y presidente de Costa Rica, Óscar Arias Sánchez, escoge salir de la región y en el contexto de una gira por Oriente Próximo, dice que hay que apoyar el resultado electoral y la voluntad de los hondureños.
Arias Sánchez reconoce su fracaso como mediador de un proceso fraguado por Washington, que finalmente terminó siendo un callejón sin salida, y poco más que una desordenada merienda de grillos.
Vea la entrevista a Martha Lorena Alvarado de Casco, vice canciller de facto de RR.EE. de Honduras:
El cambio del Nóbel es radical, pero la realidad geopolítica hondureña es compleja y aparentemente obliga a suavizar posturas.Porfirio Lobo reconoce a RNW que ha mantenido contacto con gobiernos que dicen que no validarán los comicios hondureños, pero que están dispuestos a ayudar. No quiere especificar de qué países se trata.
Brasil, entretanto, naufraga. Lula da Silva quiso jugar la carta que la geopolítica de su país le confiere. Washington le da espacio, a sabiendas de que Itinimari fracasará con su estrategia para resolver el golpe militar hondureño,
Barak Obama le envía una carta a Lula y le explica por qué Washington apoya y reconocerá el resultado electoral, sin importar el rechazo de la Organización de Estados Americanos, Unasur y la Unión Europea.
Washington pesa aun más en Centroamérica que Brasil en la misma región. Será interesante observar los próximos pasos que asuma Lula da Silva, conforme se vaya resquebrajando la doble moral hemisférica y se empiece a reconocer este proceso y a las autoridades de aquí electas.
En definitiva, el fracaso de la diplomacia brasileña alimentará a la derecha de ese país de cara a las elecciones presidenciales de 2010. Washington lo sabe: Lula se irá dentro de pocos meses, y vendrá un relevo político en el gigante del Sur.
Dice Lobo, confía Lobo, que convencerá hasta la última de las piedras que ha sido la voluntad del pueblo hondureño la que se ha expresado. Que lo pasado queda en el barranco de la memoria, que lo que importa es un futuro que no esté secuestrado por las sombras de lo que ha acontecido.
El depuesto Manuel Zelaya, entretanto, se deshoja. Más de dos meses en la embajada de Brasil, a la espera de una promesa resquebrajada: su restauración en el poder, como le exige el ALBA, es papel mojado. Su futuro es tan incierto como el de la democracia hondureña, puede apuntar hacia cualquier dirección.
Fuera acampa la tensión y la incertidumbre. Cerca de veinte mil militares toman la capital para resguardar la votación electoral. Intimidatorios, imponentes con sus metrallas y palos, dicen ser guardianes de la democracia, reducida criatura y efecto ilusorio.
Ante eso estamos: la puesta de luces sobre el tablado que hace transformar un golpe de estado en democracia fortalecida. El gran público que aplaude en ovación cerrada es una derecha liberal, ebria y eclipsada por su triunfo geopolítico.
Nadie ha ganado, América Latina ha perdido.

























Enviar nuevo comentario