El holandés Gerard Nijburg conoce las calles desde niño. Entró en un reformatorio por primera vez a los 13 años. Con un padre que le instaba a pelearse con los niños en la escuela y en un hogar sin cariño, Gerard pronto sintió que no encajaba. Intentó dar sentido a su vida a través de las drogas, el alcohol, las armas y el sexo. La violencia era el camino que había elegido para lograr estatus y respeto.






















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