En una escalofriante sala de la morgue de Salvador, de cerámicas amarillas, un empleado funerario arregla en un ataúd el cuerpo de Marcos Vinicius Santos, de 22 años, uno de los 120 asesinados en Bahía desde que comenzó hace ocho días una huelga policial.
El proceso es casi ceremonial: con largas capas de algodón, Júnior, el empleado, cubre el cuerpo del joven y deja al descubierto únicamente su rostro. Justo después, sobre la superficie blanca, hace la forma de un corazón con flores amarillas y cierra la pesada tapa de madera.
"Sospechamos que fue un problema del narcotráfico, nadie vio nada. Cuando llegamos estaba muerto ya", cuenta a la AFP Crispina Monteiro de Santos, su tía, que sigue de cerca el trabajo del Júnior.
El joven fue baleado el lunes por la noche, según cuenta su madre, que prefirió no dar su nombre.
"Usted sabe cómo está la cosa en Bahía, en Salvador, la violencia es demasiada" desde que comenzó la huelga de la Policía Militar hace más de una semana, que aún no da señales de acabar, señala a la AFP.
Desde el inicio de la huelga, se han registrado 120 asesinatos, la mayoría en la región metropolitana de Salvador, además de robos, saqueos, tiroteos e incendios de vehículos y comercios, según datos de la Secretaría de Seguridad Pública de Bahía. El promedio es de 15 asesinatos por día, más del doble del promedio de 2011 (6,2).
Ocho personas que vivían en las calles fueron asesinadas el mismo día, el viernes pasado, entre ellas una mujer que amamantaba a su bebé de siete meses en una plaza del centro de Salvador.
Los delincuentes "aprovechan este momento de la huelga y asesinan porque saben que no hay policías en la calle. Hay más asesinatos, saqueos, todo pasa por la falta de vigilancia. La ciudad está prácticamente parada", se lamenta Crispina.
Con ayuda de su asistente, Júnior coloca el féretro de Marcos en su pequeña camioneta blanca y parte. Y como la suya, llegan y salen vehículos similares, como el de Adilson, que el miércoles trasladó el cuerpo de otro joven muerto a tiros. "Estaba saliendo del trabajo cuando fue atacado", cuenta a la AFP.
"Ha aumentado mucho la cantidad de muertos después de la huelga", coincide Adilson Franca, quien trabaja para funerarias desde hace ocho años.
"Es absurdo, esto es absurdo", repite cerca una mujer desesperada y bañada en lágrimas. Esta mujer, que pidió el anonimato, apenas pudo explicar la muerte de su ser querido, que como los otros, murió a tiros.
"No sé cómo explicar lo que pasó. Sólo sé que está en ese carro", dice inconsolable apuntando a una de las muchas camionetas estacionadas frente al ruinoso edificio. "Era una persona tranquila, una persona de trabajo", comentan quienes le acompañan tratando de darle consuelo.
"Iba a cumplir 33 años el 29 de marzo" balbucea, mientras saca del bolso un paquete con ropa nueva para vestir el cadáver antes del servicio funerario.
En la sala de espera de la morgue, cargada de un fuerte olor a formol, otros familiares esperan la orden de liberación de los cuerpos que emiten los médicos forenses, que trabajan frenéticos frente al computador.
Y así pasan las horas en el Instituto de Medicina Legal de Salvador, entre abrazos, llantos y resignación. Por momentos, el silencio se apodera de sus macabras y descoloridas paredes llenas de filtraciones, con ataúdes apiñados en esquinas y algunas bombillas quemadas.
Hasta que el ruido de la puerta metálica y el sonar de las ruedas de una carretilla rompe la calma: es un funcionario con otro muerto que se va.
© ANP/AFP


















