Saber Lahmar, preso durante casi ocho años en la base estadounidense de Guantánamo, en la isla de Cuba, es ahora un hombre libre, pero dice que el aislamiento, la humillación y la tortura dejarán para siempre una "mancha negra" en su corazón.
Para comenzar, había "drogas en mi comida", lo que según el ex prisionero argelino, le impedía dormir. Además, señala que las luces fluorescentes estaban constantemente encendidas en su celda de dos metros por 1,5, con un aire acondicionado gélido y una banda sonora de material pornográfico como música de fondo.
Sin embargo, las cosas empeoraron. "Años de torturas por nada", afirmó el ex preso de 42 años en una entrevista telefónica desde Burdeos, Francia, donde reside desde que fuera liberado por un tribunal federal estadounidense.
Lahmar es una de las cientos de personas que pasaron por el agujero negro legal de la prisión militar ubicada en la base naval estadounidense de Guantánamo, en Cuba, tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. Como a muchos otros prisioneros, se le negó el derecho a defenderse.
Fue entregado a las autoridades estadounidenses en Bosnia, junto a otros cinco argelinos sospechosos de preparar un ataque contra la embajada de Estados Unidos en Sarajevo. Cuando se probó que estos cargos eran infundados, se le acusó de querer unirse a las guerrillas contrarias a las tropas estadounidenses en Afganistán.
En 2008, Lahmar ganó una apelación ante un tribunal de Washington para ser liberado y el tribunal determinó que no había evidencia de delito o de que el acusado fuera una amenaza para Estados Unidos.
"Yo no hice nada", afirmó a la AFP Lahmar, un ex profesor de árabe que dirigía una librería en Sarajevo.
Cuando llegó por primera vez a la prisión de Guantánamo, en enero de 2002, recuerda que le dijeron: "olvídate del mundo, de la vida normal, olvida todo".
El Campo V fue lo más duro, según los recuerdos de Lahmar. "Era para las personas que no hablaban en los interrogatorios", dijo describiendo las torturas a las que fue sometido, incluyendo privaciones de sueño y de alimento y exposición constante al ruido de un motor andando, que fue colocado en la puerta de su celda pero que era guardado durante las visitas de la Cruz Roja.
"No se podía caminar, moverse, hablar; estaba prohibido", contó el ex prisionero, que también recordó que los carceleros lo sometían a veces a descargas eléctricas o introducían gas en la celda durante 20 minutos cada día.
Luego fue trasladado al Campo Eco, que describió como un lugar de aislamiento completo. "Durante un año y medio no vi el sol", afirmó y recordó que durante los interrogatorios, le hacían sentarse en un banquillo durante 18 horas seguidas.
"Detrás de eso hay grandes pensadores", aseguró. "Cuando no lo consiguieron con nosotros, empezaron con el programa siguiente... pero no entienden que con la fuerza no van a lograr nada", agregó.
Para Lahmar ahora las consecuencias son psicológicas, no son perceptibles pero no lo dejan pasar página.
Incluso los guardias concordaban con él en que no había cometido ningún delito, afirmó, ya que éstos le decían que estaba recluido con el objetivo de darles información.
Aunque fue liberado, todavía tiene que conocer a sus propios hijos y reconstruir su vida.
"Lo único que quiero es que me dejen tranquilo", dijo. "Todavía tengo una mancha negra en mi corazón. Para limpiar esta mancha, ellos deberían devolvernos todos nuestros derechos. ¿Pero cómo?". "Ellos dicen que yo era un terrorista", expresó. "Ellos deben decirle al mundo que yo no soy un terrorista", agregó.
© ANP/AFP


















