No utilizan armas pesadas, ni bombas ni pilotos suicidas. Tampoco se los persigue para capturarlos "vivos o muertos". Nunca se ha creado una Alianza Internacional para luchar contra este mal. Y, sin embargo, se cobra más víctimas entre las mujeres que el cáncer, la malaria o la guerra, o el propio terrorismo.
El pasado 25 de noviembre, miles de personas se manifestaron en distintas ciudades de Europa, en contra de la violencia contra la mujer, o violencia de género. Esta fecha fue declarada día Internacional contra la Violencia hacia la mujer en el Primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y del Caribe celebrado en Bogotá (Colombia) en julio de 1981. En 1999, la ONU dio carácter oficial a esta fecha.
La violencia contra la mujer está enraizada en los valores de la cultura patriarcal, caracterizada por la solución violenta de los conflictos. Y en la imposición de la voluntad de unos sobre otros. Es el resultado lógico de una sociedad basada en la desigualdad.
Una de las manifestaciones más insidiosas de la violencia de género es la violencia doméstica. Esa que se desarrolla en la intimidad del hogar, y por lo tanto, invisible a los ojos del mundo a no ser por los hematomas y las heridas que las víctimas suelen disimular o justificar con el pretexto de algún accidente. La peor, sin embargo, es la que ni siquiera deja huellas visibles. La violencia psicológica que por su misma naturaleza es extremadamente difícil de estimar en cifras estadísticas.
A pesar de las dificultades, existen algunas estadísticas. Y son escalofriantes. "En Europa, más de cuarenta millones de mujeres son víctimas de malos tratos en el hogar. En Estados Unidos, alrededor de un millón y medio de mujeres y más de ochocientos mil hombres sufren violación o ataques físicos por parte de sus parejas".
"En todo el mundo, al menos una de cada tres mujeres ha sido víctima de golpes, abusos sexuales o malos tratos durante su vida".
Según datos de un estudio publicado por el Lobby Europeo de Mujeres, la idea de que el golpeador es un hombre de la clase baja, alcohólico o drogadicto debe ser desterrada al mundo de los mitos.
En Finlandia, el 52% de las mujeres adultas han sido víctimas de violencia o amenazas físicas o sexuales a partir de los 15 años. En Bélgica, la cifra es del 68% (datos de 1998). En el ámbito doméstico, en Alemania un 14,5% de las mujeres han sufrido violencia sexual por uno de los miembros de su familia. En Finlandia, el 29%. Estas cifras, extremadamente altas, pertenecen a un estudio realizado por universidades o instituciones similares, y difieren notablemente de los datos policiales. La razón es que una muy pequeña proporción de mujeres maltratadas presenta una denuncia. Eso es comprensible: la falta de protección significa que las represalias pueden ser más graves aún que los maltratos que motivaron la denuncia. No sólo el Estado o los órganos judiciales ofrecen insuficiente protección, también en su círculo familiar la mujer maltratada encuentra incomprensión.
Según una encuesta que investiga la percepción que de este problema tiene la población de la Unión Europea, casi la mitad de la población cree que la mujer "provoca" el maltrato con su actitud.
Desde hace unas décadas, impulsado por el feminismo, se ha ido modificando la actitud general hacia la violencia de género. En España, el Foro Madrid contra la Violencia exigió que se abordara el problema con la misma dureza que el terrorismo de ETA. Y no fue la única organización que realizaba esta comparación. La Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas calificó el maltrato doméstico de "terrorismo de género", por lo que pidió una ley integral contra esta violencia y un tratamiento riguroso de los casos.
"La Comisaria europea de Asuntos Sociales, Anna Diamantopoulou, a remitido una carta a los primeros ministros de la Unión Europea insistiendo en la necesidad de tomar medidas políticas para paliar la violencia doméstica, que debe ser tratada como lo que es: un delito".
Al mismo tiempo, todas las medidas políticas y judiciales que se adopten serán insuficientes para erradicar la violencia de género en tanto no se reconozca que forma parte de una concepción del mundo, arraigada en la sociedad occidental, y basada en la desigualdad y la dominación en lugar de la equidad y el consenso.




























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