Redes ilegales, mafias, narcotraficantes... La debilidad de las instituciones de un estado crea las condiciones para esas redes. Los países con gobiernos inestables son más vulnerables a la corrupción. Las mafias se sirven de ella para infiltrarse en la economía. Poco a poco el sistema estatal se debilita, provocando la disminución de la economía legal que cede paso a la economía clandestina. Los flujos financieros y comerciales del país evitan los cauces oficiales para burlar impuestos y trabas legales. Se crea así una economía en la sombra que a su vez mina las instituciones y las reduce al mínimo.
Rosa Meneses
Los casos más extremos de fragilidad estatal y economías ilegales se han registrado en África. Después de los experimentos socialistas, nacionalistas y liberales algunos Estados casi colapsaron debido, también, a la imposición de políticas ultraliberales. Ciertos países pasaron a estar controlados por mafias y dictaduras que manejaban todos los resortes del poder. La dictadura de Mobutu, en el antiguo Zaire, fue uno de los ejemplos más claros. La guerra de los últimos años y la destrucción del país en la última década en la ahora denominada República Democrática del Congo es un ejemplo de ello.
En la década de los 80 en Benin el 90% del comercio fronterizo circuló por canales ilegales. Uganda fue considerado a mediados de los 90 un ejemplo de reforma económica. Pero la realidad mostró que en esa época la mitad de todas las exportaciones del país había burlado los impuestos. Las guerras por diamantes y otros recursos en África han estado cruzadas con la corrupción, los tráficos ilícitos y la fuga de capitales. Se dice que uno de los principales inversores individuales extranjeros en Brasil es el presidente de Angola José Eduardo dos Santos, país productor de diamantes y petróleo, cuyos beneficios quedan en manos de una pequeña elite alrededor del Gobierno.
En América Latina también hay ejemplos de países con importantes cuantías de exportaciones ilegales. México está lejos de ser una narcoeconomía, pero el valor de las exportaciones de drogas ilícitas como cocaína, heroína o marihuana, llegó casi a los 12.000 millones de dólares en 1991. Las exportaciones de drogas suponían entonces el 3% del Producto Interior Bruto mexicano. En el 2000 estas cifras cayeron hasta llegar a los casi 4.000 millones de dólares en exportaciones de narcóticos, menos de un 1 % del PIB. Los datos los recoge un informe elaborado para el Observatorio Geopolítico de la Criminalidad Internacional, con sede en París.
El fenómeno de las economías en la sombra no es un problema sólo de los estados. Es un problema a escala global. Los comercios ilegales son un producto de la globalización y participan de ella. Estados y en algunos casos empresas multinacionales interactúan con redes de blanqueo de dinero, mafias y traficantes. Para tener una idea de la cuantía del comercio ilícito en el mundo se ha ideado el término Producto Criminal Global. Obviamente no hay cifras oficiales globales sobre comercios y tráficos clandestinos, no constan en los libros de contabilidad, pero expertos como el sociólogo alemán Peter Lock estiman que el Producto Criminal Global es de al menos 1.500 billones de dólares, y su principal fuente es el narcotráfico.
Frecuentemente, el único medio de subsistir en un Estado frágil es sumergirse en la economía clandestina. Esto se produce cuando el modo tradicional de vida y la economía formal colapsan totalmente. Especialmente los sectores más pobres y vulnerables se ven obligados a participar en el comercio ilícito. Así ocurre con el narcotráfico, el cultivo de coca o de opio se convierte para muchos campesinos en el único medio para ganarse la vida.
En su libro de crónicas sobre "los desposeídos" en Colombia, el escritor Alfredo Molano cuenta la forma en que un grupo familiar se integra en el narcotráfico, y también la manera en que el paraíso inicial se transforma en un infierno cuando quedan atrapados entre la violencia de los narcotraficantes, los paramilitares, la guerrilla y las fuerzas armadas. Un testimonio de su libro dice:
"La marihuana te seduce, y todos los que la cultivábamos creíamos que habíamos conseguido un pedacito del paraíso al hacerla crecer. Pero un día queda en claro la maldad que puede acarrear".
Con los cultivos agrícolas tradicionales se gana muy poco dinero, insuficiente para mantener a una familia. La alternativa puede ser plantar y cosechar la amapola u otra base de la droga para venderla luego a las redes mafiosas. Los narcos obtienen mejores beneficios que los campesinos, pero el negocio más sustancioso es para el último eslabón de la cadena: los que llevan y venden la droga a Estados Unidos y Europa.
Un campesino boliviano que cultiva hoja de coca ganará entre 200 y 600 dólares por un kilo. Tras pasar por laboratorios clandestinos, la planta se transforma en pasta de coca. Su valor sube a 1.000 dólares. El producto ya procesado puede alcanzar los 5.000 dólares una vez que llega al mercado estadounidense. En Miami, las redes lo ofrecen por 12.000 dólares. En Chicago, el kilo de coca puede alcanzar entre los 30.000 y los 110.000. La diferencia entre el precio inicial y el final es espectacular.
El aumento de la economía clandestina y la reducción de la economía legal es una de las características de los estados frágiles. Las elites se benefician del reparto desigual de las rentas de las riquezas y la exclusión sistemática de minorías y grupos étnicos. Todos estos factores pueden crear las condiciones para que estalle un conflicto. El círculo se cierra con el reclutamiento de sectores jóvenes de la población, castigados por el desempleo y la pobreza, para formar parte de grupos de mercenarios que ejercen la violencia.
La debilidad estatal, la falta de opciones para los jóvenes y la búsqueda de signos de cohesión e identidad social están generando nuevos fenómenos sociales violentos. Uno de ellos es el de las maras o bandas armadas. Sus miembros desarrollan fuertes vínculos dentro de ellas. En un Estado frágil, en el que las estructuras sociales están fuertemente debilitadas, las bandas armadas y violentas se convierten en un modo de reafirmar la propia identidad. Los jóvenes son el grupo social más vulnerable para crear fuertes lazos con las bandas violentas.
En un marco estatal con instituciones muy débiles, los jóvenes que exigen tener un papel en la sociedad pueden no ver satisfechas sus aspiraciones. El abismo intergeneracional, tanto social como político, puede verse aumentado. Si la violencia se percibe además como una característica de "los ganadores", unirse a ella puede convertirse en una opción atractiva para jóvenes desempleados y sin futuro.
Las letras de la música rap o hip-hop nos asoman al desánimo y la desilusión de millones de jóvenes sin oportunidades que viven en un apartheid social e intergeneracional. Tras compilar canciones de estos estilos en varios idiomas, el sociólogo y politólogo alemán Peter Lock ha comprobado que sus letras reflejan el cosmos político local y la marginación de los jóvenes. Estas canciones también expresan la esperanza por un mundo más justo, pero siempre aflora en ellas la dura realidad, donde la delincuencia es el ticket de entrada a la sociedad consumista que presentan la publicidad y los medios de comunicación.
La única voz que los jóvenes excluidos parecen tener para ser escuchados es la de la violencia. Su integración en bandas juveniles, las maras, les proporciona su único acceso a la auto confianza, al reconocimiento social. Implican para ellos un sentimiento de inclusión y un medio económico para vivir.
El fenómeno de las maras comenzó hace 10 años en Centroamérica, a semejanza de las bandas callejeras creadas en los años 60 en Estados Unidos. Los hijos de emigrantes centroamericanos en California o Los Ángeles introdujeron las maras al volver a sus países de origen tras el fin de los conflictos armados de la región. El Salvador, Honduras, Guatemala o México tienen hoy graves problemas de seguridad provocados por la existencia de bandas como la Mara Salvatrucha o su rival, la M-18, que incluso han pasado al campo paramilitar y funcionan como aparatos de seguridad para algunos ministerios y empresas privadas.
En los últimos años estas pandillas se han convertido en un objeto de preocupación internacional debido a que sus actividades son transnacionales y amenazan la estabilidad política y el desarrollo social de los países afectados. Un reciente informe del Congreso estadounidense sobre este fenómeno estima que los miembros de las maras en Centroamérica ascienden a 70.000 y relaciona a las mismas con el tráfico de seres humanos, de drogas y el contrabando de armas.
La exclusión social, la falta de educación y la ausencia de oportunidades de empleo para los jóvenes centroamericanos son las razones principales que perpetúan el problema de las bandas violentas, según el citado informe.
Las bandas proporcionan una identidad, basada en un lenguaje y códigos propios que se expresan a través de normas, tatuajes o modos de vestir.
No es fácil para un Estado debilitado y con una economía dividida entre la legalidad y la clandestinidad recuperar la cohesión social y reducir el impacto del crimen organizado y la violencia en la población. El endurecimiento de la legislación es en ocasiones insuficiente.
Participan en este programa:
Luis Peral, investigador de FRIDE, Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior, de Madrid
Carlos Resa, autor del informe para el Observatorio Geopolítico de la Criminalidad Internacional, con sede en París.
Cristian Rivier quien ha realizado estudios en Afganistán para el Transnational Institute
Luis Guillermo Solís, de la Fundación para la Paz y la Democracia de Costa Rica

























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