UNASUR no logra calmar los encendidos ánimos de Colombia y Venezuela. Los ministros de Relaciones Exteriores de América del Sur piden a los Presidentes que busquen una solución a la, por ahora, crisis diplomática.
José Zepeda
La idea compartida hasta casi el final de la reunión fue crear mecanismos conjuntos que impidieran la presencia de grupos guerrilleros colombianos en otros países.
Asimismo se intentaba establecer un sistema de verificación internacional sobre el terreno. Ambas iniciativas fueron finalmente rechazadas por el gobierno de Caracas porque a su juicio lo que realmente se necesita es una mesa de paz que resuelva de una vez por todas el conflicto armado más viejo de la región que ha terminado por desbordarse de las fronteras locales colombianas.
Lo que se sabe es que, en efecto, apremiados por las ofensivas del Ejército, las FARC y el ELN, han optado, inexorablemente, por retaguardias en los países vecinos. Ése es el caso de Venezuela, el de Ecuador, y más que probablemente el de Brasil. En tal sentido estos países, estrictamente hablando, no son culpables sino víctimas de un conflicto interno y ajeno. Dicho lo cual los grados de tolerancia pueden alcanzar tal magnitud que es dable catalogarlas de complicidad. De probarse cualquier grado de connivencia estaríamos frente delitos sancionados por la Corte Penal Internacional, que aprobó la persecución de crímenes de lesa humanidad para los autores y sus apoyos.
La iniciativa venezolana, lo han dicho sus máximos representantes, emula en buena medida lo actuado por el Grupo de Contadora y el proceso de paz centroamericano, seguramente la negociación más exitosa de América Latina con el respaldo de la entonces Comunidad Europea. Pero el caso es que se trata de una historia y de unos protagonistas distintos. Las FARC y el ELN no son el FMLN de El Salvador, ni los Sandinistas que combatieron a Somoza, ni la URNG que peleaba con gobiernos demasiado controlados por el ejército o en contra de dictaduras propiamente tales. No eran esos insurgentes narcotraficantes ni secuestradores profesionales. Además, Colombia, pese a su oligarquía insensible con el drama de la pobreza y la exclusión, tiene un antiguo sistema democrático respetado por toda la comunidad internacional. Y la hoy Unión Europea incluyó en su lista de organizaciones terroristas a las FARC y al ELN, de tal modo que jamás estaría en condiciones de aceptar un rol mediador como el que tuvo en Centroamérica. Por lo demás, Obama no es Reagan.
¿Que sería deseable una negociación para terminar con el conflicto en Colombia? Qué duda cabe. Lo importante es discernir cuál es la mejor contribución de los países a esa posibilidad. Y no aparece mejor aporte en el horizonte que impedir, primeramente, que los alzados en armas se pertrechen, descansen y planifiquen desde territorios vecinos a Colombia. Luego vendría el resto imprescindible de toda negociación en el que se intenta crear un espacio mínimo de diálogo que hoy no existe ni el sueño ni en las pesadillas de las partes.
Los presidentes de UNASUR no la tienen fácil, pero tal vez ha llegado la buena hora de tomar decisiones que ayuden verdaderamente a terminar con el lastre de la violencia que impide a Colombia vivir en paz.
La idea compartida hasta casi el final de la reunión fue crear mecanismos conjuntos que impidieran la presencia de grupos guerrilleros colombianos en otros países. Asimismo se intentaba establecer un sistema de verificación internacional sobre el terreno. Ambas iniciativas fueron finalmente rechazadas por el gobierno de Caracas porque a su juicio lo que realmente se necesita es una mesa de paz que resuelva de una vez por todas el conflicto armado más viejo de la región que ha terminado por desbordarse de las fronteras locales colombianas.
Lo que se sabe es que efectivamente las FARC y el ELN, apremiados por las ofensivas del ejército han optado, inexorablemente, por retaguardias en los países vecinos. Ese es el caso de Venezuela, el de Ecuador, y más que probablemente el de Brasil. En tal sentido estos países, estrictamente hablando no son culpables sino víctimas de un conflicto interno y ajeno. Dicho lo cual los grados de tolerancia pueden alcanzar tal magnitud que es dable catalogarlas de complicidad. De probarse cualquier grado de connivencia estaríamos frente delitos sancionados por la Corte Penal Internacional que aprobó la persecución de crímenes de lesa humanidad para los autores y sus apoyos.
La iniciativa venezolana, lo han dicho sus máximos representantes, emula en buena medida lo actuado por el Grupo de Contadora y el proceso de paz centroamericano, seguramente la negociación más exitosa de América Latina con el respaldo de la entonces Comunidad Europea. Pero el caso es que se trata de una historia y de unos protagonistas distintos. Las FARC y el ELN no son el FMLN de El Salvador, ni los Sandinistas que combatieron a Somoza, ni la URNG que peleaba con gobiernos demasiado controlados por el ejército o en contra de dictaduras propiamente tales. No eran esos insurgentes narcotraficantes ni secuestradores profesionales. Además, Colombia, pese a su oligarquía insensible con el drama de la pobreza y la exclusión, tiene un antiguo sistema democrático respetado por toda la comunidad internacional. Y la hoy Unión Europea incluyó en su lista de organizaciones terroristas a las FARC y al ELN, de tal modo que jamás estaría en condiciones de aceptar un rol mediador como el que tuvo en Centroamérica. Por lo demás Obama no es Reagan.
¿Que sería deseable una negociación para terminar con el conflicto en Colombia? Qué duda cabe. Lo importante es discernir cuál es la mejor contribución de los países a esa posibilidad. Y no aparece mejor aporte en el horizonte que impedir, primeramente, que los alzados en armas se pertrechen, descansen y planifiquen desde territorios vecinos a Colombia. Luego vendría el resto imprescindible de toda negociación en el que se intenta crear un espacio mínimo de diálogo que hoy no existe ni el sueño ni en las pesadillas de las partes.
Los presidentes de UNASUR no la tienen fácil, pero tal vez ha llegado la buena hora de tomar decisiones que ayuden verdaderamente a terminar con el lastre de la violencia que impide a Colombia vivir en paz.





























Ojalá que estos pueblos hermanos entre sí no entren en el juego perverso de las provocaciones y chiquilinadas que sus gobernantes realizan. La tierra de SIMON BOLIVAR debe de unirse en un solo estado para proyectarse al futuro.
Si soy afecto a las FARC y que ..............demalas ellos si saben lo que significa mi robolucion
La situacion es muy simple, en Suramerica tenemos un lunatico que cree ser Bolivar mejorado, y no va a liberar del imperio y reemplazarlo por su imperio, por lo que ya se embolsillo con su petroleo a Ecuador, Bolivia, Nicaragua, y Argentina y para continuar su plan Colombia es vital e importante por su excepcional situacion geografica, su importancia geopolitica es indiscutible, su expensa frontera terrestre. Bueno, por otro lado en Colombia existe aun una guerrilla moribunda, podrida por el bajo nivel de su moral, terrorismo y el narcotrafico, pero que es la unica organizacion que le camina a Chavez y ante su falta de posibilidades en Colombia ambos se necesitan y por eso los protege como lo hacia Correa en Ecuador y que dio pie a la operacion exitosa Fenix donde dieron de baja al bandido de Raul Reyes.
Chavez no puede hacer publico (es lunatico pero no tan bruto), lo que todo el mundo sabe y es que apoya a las NArcoterroristas FARC y estos mantienen campamentos en su pais, como dice el columnista, daria pie para apertura de procesos juridicos y politicos nacionales e internacionales sin precripcion y entonces lo niega y rompe relaciones y comboca a sus titeres en la UNASUR apoyado por Lula quien tambien es afecto a las FARC y lanzan cortinas de humo sobre la denuncia en Colombia y etc, etc, etc.
Enviar nuevo comentario