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Washington, Estados Unidos
Washington, Estados Unidos

Una salud que apesta

Publicado el : 30 de septiembre 2009 - 11:54 de la mañana | Por Redacción Internet
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La reforma al sistema de salud que impulsa Barack Obama en Estados Unidos reabre el debate sobre uno de los derechos más vulnerados en las sociedades que no optaron por un sistema de servicio público y de acceso universal.

 
 
 
Ana María Miralles C. *
 
 
La privatización de los sistemas de salud ha sido uno de los más grandes descalabros para la ciudadanía de las sociedades democráticas liberales. Por tal razón, hoy no se trata solamente de que los estadounidenses revivan el debate que lideró Hillary Clinton en la década de los 90, cuando la administración demócrata de Bill Clinton propuso una reforma audaz que molestó enormemente a las aseguradoras privadas y que fue tildada como una reforma comunista. Michael Moore lo mostró con su estilo particular en incisivo en su documental Sycko sobre el sistema de salud de Estados Unidos. Las formas de oposición, en ese momento, fueron extravagantes, y a Hillary le enterraron el proyecto y le aplicaron una férrea ley del silencio.
 

Escuche aquí el programa:
 


 
 
Hoy se discute la reforma que impulsa Obama, la cual es más conservadora que la que en su momento presentó Clinton, y así y todo ha habido mucho revuelo con esa nueva tentativa. La reforma Obama no alcanza a ser tan radical como para superar las profundas injusticias del sistema, pero tampoco lo suficientemente amenazante como para generar la oposición que recibió Hillary Clinton. A pesar de tantas esperanzas cifradas en él, Obama no parece tampoco ser la figura capaz de enfrentar los voraces intereses de las empresas privadas de los Estados Unidos que han hecho de la salud un verdadero negocio.
 
En Canadá y Gran Bretaña, el servicio de salud es gratuito y de buena calidad. Y lo mejor, es un servicio realmente universal, es decir, de acceso para personas de todas las condiciones sociales. Los debates en Estados Unidos permiten la posibilidad de discutir esto, quizás por primera vez, en América Latina donde el modelo privatizador se adoptó como parte del paquete de exigencias del Fondo Monetario Internacional. Es claro que en la mayor parte de los países de América Latina acceden a la salud quienes tienen dinero con qué pagar la atención médica. Nuestros Estados optaron claramente por el fortalecimiento de la medicina privada y el progresivo desmantelamiento del servicio público de salud. Esto quiere decir que un derecho humano fundamental, un bien público por excelencia, está hoy sujeto a la capacidad de pago de los ciudadanos.
 
No es extraño que en países como Colombia la salud ocupe el primer lugar de las tutelas presentadas ante jueces para defender los derechos humanos fundamentales. Al igual que en Estados Unidos, como lo revela el documental Sycko, ni siquiera las personas que pagan su seguro médico reciben una atención adecuada y se les niega las medicinas o cirugías de las cuales depende la vida del paciente. De hecho, Moore demuestra que a los empleados de las aseguradoras médicas les dan una bonificación por mantener al menos un 10 % de solicitudes negadas a los pacientes, a pesar de estar al día en sus pagos. La salud, queda demostrado en ese documental, es un negocio redondo.
 
No deja de ser paradójico que cuanto más avanzadas están la ciencia y la tecnología y aunque la investigación médica potencialmente podría ofrecer a los ciudadanos mejores niveles de calidad de vida, cuanto más mal estamos en los países que han privatizado este bien público. Una de las más recientes novelas del escritor Robin Cook, ‘Foreing Body’ trata la historia de pacientes estadounidenses que deciden ir a practicarse cirugías menores y mayores a Nueva Delhi, en lo que se conoce en la trama como el turismo médico. La novela refleja cómo esos pacientes norteamericanos incapaces de pagar las estrafalarias e inaccesibles sumas de dinero, deciden emprender ese largo viaje y practicarse las cirugías lejos de sus familiares y amigos, expulsados por su propio sistema. Se trata de una novela, pero narra de manera adecuada los problemas profundos en la prestación del servicio de salud en Estados Unidos. No deja de ser una vergüenza que, tratándose de un país desarrollado, los ciudadanos se vean sometidos a tan tremendas incertidumbre, exclusión y malos tratos.
 
Es claro que los intereses de las aseguradoras y de las farmacéuticas están triunfando. ¿Qué si no otra cosa representa el Tratado de Libre Comercio, en lo que se refiere a la protección de las patentes y la batalla contra las medicinas genéricas, que son igual de efectivas y muchísimo más baratas y por tanto accesibles para los pacientes?
 
El estilo de vida actual, la rápida expansión de los virus, como lo vimos con el H1N1, y los precios prohibitivos de las medicinas de los grandes laboratorios, hacen que los ciudadanos nos sintamos cada vez más indefensos. Creo no exagerar si digo que la violación al derecho a la salud es la más grave de las violaciones de los derechos humanos en nuestras sociedades.
Opino que nuestras sociedades están enfermas, entre otras cosas, porque estos sistemas pecan de una omisión imperdonable: trabajan sobre la enfermedad y no sobre la salud, de hecho se lucran de la enfermedad.
 
Todo sería muy distinto y por cierto, bastante más barato, si muchos recursos se dedicaran a la medicina preventiva, y las personas desarrollaran buenos hábitos, al tiempo que un medio ambiente sano haría que sufrieran menos enfermedades. Definitivamente, nuestro modelo de desarrollo está enfermo, pero lastimosamente no tan enfermo como para decretarle la muerte clínica. Mientras un bien público siga estando en manos privadas y dependiendo de las leyes de la oferta y la demanda, mientras el sistema de amasar dinero siga necesitando a los enfermos, no cambiará.
 
Vale la pena retomar la pregunta de Michael Moore en Sycko: ¿qué pasa en nuestras sociedades que no son capaces de lograr un sistema como el británico y el canadiense? Vale la pena pensarlo. Esto es una vergüenza no solamente para Estados Unidos sino para todas nuestras sociedades.
 
* Ana María Miralles C. es profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana

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