Tan sólo se puede en pleno verano, con un buque rompehielos y gracias al cambio climático. La corresponsal Margot Minjon navega en el Louis St. Laurent siguiendo la travesía noroccidental del Polo Norte. A bordo del rompehielos canadiense viajan científicos que, entre otros estudios, realizan investigaciones sobre el calentamiento de la tierra. Además de abastecer los puestos de observación aislados, el barco rastrea fondos marinos desconocidos.
Margot Minjon nos cuenta sus vivencias en este segundo capítulo de su viaje.
Todavía faltan unas horas para embarcar en el Louis St. Laurent. Los científicos ya han llegado. Nosotros acamparemos aquí en Resolute, que así se llama el sitio: un lugar para dormir y tres comidas calientes al día. No hay donde elegir, te sirven un plato con lo que haya ese día.
Por culpa de la niebla no pudimos realizar un vuelo de reconocimiento y cuando la niebla levantó ya no quedaban vuelos disponibles. Lo que nos perdimos fue, entre otras cosas, un sinfín de blancas colinas sin vegetación alguna. Un viejo fondo marino de barro petrificado entre el resquebrajado hielo. Sólo se sentía el frío y el viento.
A mediodía, a la hora de almorzar, la excitación se apoderó de nosotros. ¡Osos polares! ¡Y además, tan cerca de nosotros! Las reacciones fueron diversas. La gente de a pie como yo, se llenó de fascinación y extrañeza. Los cuatro militares presentes comentaron que en es zona no había osos polares en verano. Los ojos de los inuit comenzaron a brillar.
Conducimos hacia un asentamiento de los Thule, antepasados de los actuales inuit. Este campamento de invierno tiene mil años de antigüedad. Las “casas” fueron cimentadas en la tierra. El suelo era de piedras planas y se dormía sobre una plataforma de piedra. El tejado estaba construido con pieles de animales. Solamente se podía acceder entrando a gatas a través de un largo túnel. Las lámparas de aceite de ballena calentaban el interior.
Me sorprendió lo pequeñas que eran las casas. Algo mayor que una tienda de campaña de dos personas y ¡¿quién sabe lo grande que eran las familias?! Eso sí, así tan cerquita el uno del otro se está más calentito. Con temperaturas que llegan a descender hasta los 60 grados, se agradece el calor humano.
Sin embargo, no deja de sorprendernos que en este mismo lugar hiciera bastante más calor hace mil años. En Groenlandia se realizaban tareas agropecuarias y crecían abedules. También en Isla Cornwall la temperatura era más agradable. ¡Calentamiento de la tierra! ¿Por qué nos preocupamos? Ya se enfriará.
El biólogo que está a mi lado se molesta un poco con el comentario. “Aquello fue un proceso natural, hoy, por el contrario, lo provoca el mismo ser humano. Y no tenemos ni idea de la que se nos viene encima si dejamos que la temperatura siga subiendo tan rápidamente. ¿Y dónde iremos a parar si es que paramos?
Después del año 1.200 la temperatura bajó tan drásticamente en Bahía Resolute que ni los propios inuit regresaron. Hasta 1953; entonces el gobierno canadiense pensó que sería bueno que alguna gente se estableciera en otros lugares del Polo Norte.
Dos grupos de inuit fueron persuadidos para que se establecieran en “un lugar fantástico”; el gobierno les concedería ayuda. Sin embargo, la realidad fue otra bien distinta y los nuevos colonos quedaron abandonados a su suerte en las playas que forman la bahía. Los inuit pueden sobrevivir bien al frío, ¿verdad? Desgraciadamente, carecían de perros que tiraran de los trineos y les faltaban conocimientos sobre el nuevo territorio de caza. Tampoco tenían combustible ni había suficiente nieve para construir iglú. Tuvieron que pasar el invierno cobijados bajo toldos de lona. La historia de estas personas queda resumida en forma de epígrafe gravado en las cruces de un frío cementerio al borde del mar.
La mayoría de los 200 inuit en Resolute es descendiente de aquellos que sobrevivieron al invierno. Hasta los años 80 no hubo posibilidades de volver a la civilización.
Finalmente algunos jóvenes decidieron quedarse. El gobierno canadiense ha pagado millones en concepto de indemnizaciones para compensarlos pero no ha ofrecido ni una sola disculpa. Y eso resulta doloroso y amargo.


























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