Me acuerdo de Tombuctú, la Ciudad de los 333 Santos. Sentado con una cerveza en una terraza con vista a la calle y el estacionamiento. Deambulando por las callejuelas silenciosas, no porque no había gente, sino porque la arena absorbía los sonidos.
Admiraba la antigua arquitectura, los santuarios, las mezquitas. Y las bibliotecas. Los libros eran propiedad de familias, quienes los resguardaban con recelo. La ciudad era animada y vibrante, y era un placer estar con su gente.
La leyenda cuenta que una prominente mujer de Tombuctú tuvo una vez un sueño en el que a la universidad se le ordenaba cerrar sus puertas para dar lugar a una mezquita. Aparentemente, este simple hecho puso fin a la reputación de la ciudad como centro académico. Hoy día, jóvenes hombres van un paso más lejos. Un video en YouTube muestra a uno de ellos destrozando una escultura de madera, mientras grita “Allahu Akbar” (“Dios es lo más grande”).
Bárbaros
Están sistemáticamente destruyendo santuarios, en respuesta a la voz de alarma dada por la UNESCO sobre la destrucción cultural que se cernía sobre Tombuctú. El hecho de que la Corte Penal Internacional considere lo que están haciendo como crimen de guerra, tampoco los amedrenta. Me recuerda a otro acto de inexplicable barbarismo: la destrucción de las esculturas de Buda, en Bamiyán, Afganistán, el 2001.Una atrocidad.
Los jóvenes no sólo están destruyendo santuarios; también han prohibido la música. El año pasado entrevisté a Khaira Arby, una de las cantantes más célebres de la ciudad. Me invitó a su casa a tomar té, así podíamos hablar más sobre cómo se inspiraba para escribir nuevas canciones en toda la música que llegaba a este cruce de culturas: tuaregs, árabes, songhai, bambara, europeos; todos eran bienvenidos.
Pero ya no. En el 2013 no se celebrará el afamado Festival del Desierto – no hay ningún turista. El mismo Mali está dividido: el sur es un caos político luego de un golpe de Estado, y el norte está subyugado a la voluntad de contrabandistas, secuestradores, rebeldes y fanáticos religiosos.
Air Cocaína
Cuando en 2009 escuché la extraña historia de un Boeing 727 cargado de cocaína que había aterrizado en el desierto maliense, dejando su carga para luego ser prendido fuego, me pareció un incidente insólito. Cierto que la cocaína estaba arruinando a Guinea Bissau y Guinea Conakry pero, ¿al estable, democrático y en vías de desarrollo Mali?
Obviamente, “Air Cocaína” tendría que haber sido una alerta de que algo estaba profundamente corrupto en Mali. Arrullado por los cánticos tranquilizadores de las agencias para el desarrollo, yo tampoco logré ver el problema.
Los periódicos malienses daban parte de la corrupción masiva que reinaba en el Gobierno del “simpático” presidente Amadou Toumani Touré, hoy día ex presidente refugiado en Senegal. Pero no supimos prestar suficiente atención a los chanchullos preelectorales de ese mismo simpático mandatario.
Y luego vino la avalancha: una rebelión, un golpe de Estado, una efímera ilusión de que los tuaregs podrían arreglárselas mejor por sí solos en su autoproclamada Azawad, y finalmente, la sistemática toma de poder en el norte por parte de extremistas y vándalos, que, en nombre del Islam, destruyen santuarios.
Farsa de bandera
En el presente, algunos sueñan con que el ejército recupere el norte. Que sigan soñando: el territorio es tan grande como Francia, y son pocos los que allí puedan orientarse. África Occidental por cierto no parece tener el estómago ni los recursos para emprender tal empresa. Los jugadores fuera de la región (Francia, Estados Unidos) no tienen un historial muy constructivo en la región, por no decir algo peor.
Creo que el único camino a seguir es asistir a la gente de la zona para que retomen sus ciudades. En la urbe de Gao, mujeres y jóvenes han demostrado contra los indeseados fanáticos. Esperemos que haya más protestas, y que reciban algún apoyo. La alternativa es clara: una farsa de bandera islámica flameando sobre ciudades fantasma.
























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