Hace unos diez años, soñaba con mejores tiempos mientras estaba en un campo de refugiados en Macedonia. Para Kosovo y para sí mismo. Y ahora, ¿cómo le va a Bujar Zabergia, un kosovar con pasaporte holandés? ¿Y qué ha ocurrido con sus sueños? El reportero Hans Jaap Melissen se encuentra de visita en casa de un viejo conocido, en la Priscina invernal.
“El sueño se puede tocar: se ha convertido en realidad. Somos un país, aunque no seamos reconocidos por todos”. Bujar lo dice con orgullo. Su Kosovo ya no es una provincia serbia, sino una nación independiente desde el 17 de febrero de 2008.
Pese a ello, Bujar, de 38 años, no parece independiente por sí mismo: Bujar ya tiene mujer e hijo, pero todavía vive con sus padres. Aunque él prefiere verlo de otra manera: “mis padres viven conmigo”.
Giro 555
En 1999, Bujar Zabergia puso rostro a todos aquellos refugiados kosovares en Holanda cuando durante una campaña televisiva de Giro 555, pudo contar su historia ante el presentador Robert ten Brink. En holandés. Bujar había vivido en Holanda entre 1992 y 1997. Sin embargo, atormentado por la nostalgia, regresó a Kosovo. Allí se encontró en medio de las crecientes tensiones entre habitantes albaneses y serbios. En marzo de 1999, la lucha desembocó en la expulsión de cientos de miles de albano kosovares. Bujar y su familia fueron a parar a un campo de refugiados en Macedonia.
Algunos meses más tarde, cuando Kosovo fue liberada por la OTAN, regresó a su casa de Pristina. Bujar tenía entonces mucha esperanza. Muchos sueños. Una vida mejor sin la opresión de los serbios. Él no solo soñaba con un país propio: Bujar quería convertirse en un gran disc jockey. El DJ Tiësto de la nueva Kosovo.
Poco dinero
Diez años después, su sueño palidece. Bujar trabaja largas horas como técnico de sonido para Kohavision, uno de los canales de televisión de Kosovo. Bujar no gana lo suficiente para mantener a su mujer Dorunthina de 23 años y a su hijito Ensar de 2. “De vez en cuando, puedo ganar algún dinero extra como disc jockey, pero se trata de muy poco dinero”.
Para recorrer los 8 kilómetros que separan su casa de su trabajo, Bujar camina la mayoría de las veces. Eso es lo más barato, y, a menudo, la manera más rápida. Pristina es una ciudad mucho más concurrida que hace diez años. La caminata de Bujar recorre nuevos edificios de apartamentos, estaciones de servicio y restaurantes. Muchos kosovares han huído de las empobrecidas zonas agrarias e intentan construir una nueva vida en la ciudad.
Una parte de la economía sube por la presencia internacional de, por ejemplo, la KFOR (las fuerzas de la OTAN de la misión europea). Cerca de la casa de Bujar, se sitúa “Villa Internacional”, un barrio de chalés rodeado por una valla. Kosovo todavía sigue dependiendo de la comunidad internacional.
Fútbol
Para Bujar, la independencia de Kosovo tan solo representa alguna luz más al final del túnel. “Todavía llevamos poco tiempo. El desempleo sigue siendo elevado. Hay corrupción. Pobreza. Mi sueño para los próximos diez años es que eso mejore. También quisiera que todos los países reconocieran Kosovo”.
Como gran amante del fútbol, Bujar está frustrado con el hecho de que el equipo nacional de Kosovo no pueda participar en torneos internacionales. Tanto la UEFA como la FIFA se oponen mientras Kosovo solo sea reconocida por 64 países (entre ellos Holanda). Serbia, Rusia y también España, por ejemplo, se oponen intensamente a la idea de que Kosovo sea un país.
Pesadillas
Bujar todavía recuerda bien sus sueños de hace diez años. Pero tampoco ha olvidado las pesadillas de entonces. “A veces todavía tengo aquellas imágenes, las imágenes de lo que los Serbios hicieron”.
Sobre todo aquellos días en los que él y su familia se encontraban en tierra de nadie entre Kosovo y Macedonia, le traen desagradables recuerdos.
Futuro
Bujar espera que su hijo pueda evitar todo aquello.
“Él es mi futuro. Él puede hacer lo que yo no pude: ir a la escuela sin problemas. Mostrar a su país su talento para dibujar, jugar al fútbol o cualquier otra cosa”.
Entretanto, su hijo Ensar mira hacia afuera, a través de los cristales por los que en otro tiempo se veían agentes de policía y militares serbios. Algo más lejos, patrulla en solitario un jeep de la KFOR, con una bandera sueca. El automóvil blanco de Naciones Unidas parece perderse en el paisaje nevado.





























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