Nostalgia: ese deseo a veces melancólico, a veces doloroso – de sentirse al amparo de lo conocido. Puede sucederle a cualquiera. Los emigrantes que abandonan su país natal. Niños que se encuentran por primera vez fuera de casa. Personas mayores para las que los cambios suceden a veces con demasiada rapidez. Este verano, Radio Nederland ofrece una serie de artículos y sugerencias en torno al tema de la nostalgia, el sentimiento universal de añorar lo que ya no se tiene.
Nostalgia entre dos mundos: Holanda y Serbia
Daniel aguanta sin llorar mientras el sacerdote marca una cruz simbólica en su frente, esparce agua y realiza un ritual del cual no entiende nada. Un bautizo en una iglesia ortodoxa serbia no es poca cosa para un bebé que todavía no cumple los ocho meses, menos todavía cuando la temperatura en la iglesia roza los 40 grados.
Daniel es hijo de Sasa y de Sandra Novak, de Emmen. Hijo de inmigrantes serbios en Holanda. Sandra viene de la aldea de Ribari, en el noroeste de Serbia – donde Daniel está siendo bautizado – pero vive desde hace años en Holanda.
Sasa está orgulloso. Orgulloso de los numerosos invitados con distintos orígenes culturales y religiosos. Una parte de la familia ha viajado desde Eslovenia, hay serbios del país y del extranjero, también han viajado amigos de Holanda. Sasa está igualmente orgulloso de Daniel, que se ha comportado muy bien durante el bautizo.
Mis raíces
A la pregunta de por qué ha querido bautizar a su hijo en Serbia, Sasa responde: “lo hice porque la mayor parte de mi familia es serbia. Aquí están mis raíces. Esto es una parte de mi identidad, mi cultura”.
El padrino de Daniel tiene cada minuto más dificultades con el calor asfixiante en la iglesia. Su esposa le enjuga la frente con un pañuelo de papel, pero el sudor sigue cayendo por sus mejillas mientras mantiene el bebé elevado en sus brazos, a la altura del rostro del sacerdote. La camisa de Sasa está igualmente mojada de sudor pero su rostro brilla, no solamente por el calor reinante.
El padre de Sasa es esloveno, su madre es serbia. Él mismo nació y se crió en la holandesa Emmen y trabaja en Alemania, muy cerca de la frontera con Holanda. Sasa se describe a sí mismo como “europeo” y se siente orgulloso de serlo. “Soy de origen serbio y además soy holandés de Drente”, dice riendo.
Lentamente
Sandra y Sasa no van de vacaciones a Francia, España o Grecia. Cada verano viajan a la casa de familia en Ribari. En Emmen echan de menos Ribari. “Necesito el cambio, pasar de la vida agitada de Occidente a esa otra más de Europa del sur” dice Sasa: “allí el tiempo pasa más lentamente, el día te parece más largo”.
Ribari significa descanso, pero no solamente eso. La gente parece más feliz, dice Sasa. “Eso tiene que ver con la mentalidad, la cultura. La riqueza cultural”. Y aun cuando asegura que no siente nostalgia, la vida aldeana serbia atrae a este serbio del Drente holandés. “Tengo un trabajo que me gusta, que muchos podrían envidiar. Me encanta, pero lo hago exclusivamente para ganarme la vida. Si me tocara la lotería haría las cosas de manera muy distinta, aquí en Serbia: disfrutar de la calidad de vida, sólo disfrutar. Sí, claro que podría vivir aquí, seguro”.
Bailando kolo
Después de la ceremonia, la familia y los invitados se trasladaron a un restaurante cercano. Los vasos comenzaron a llenarse, se sirvió la comida y desde el momento de la llegada se bailó kolo a ritmo rapidísimo. El padre de Sasa, que se mudó a Holanda hace cuarenta y un años contratado por una empresa yugoslava de aislantes, reconoce la típica nostalgia balcánica. “A medida que te haces viejo aumenta la nostalgia de tu país natal”, dice. Su corazón está un poco aquí y un poco allá, un poco en Holanda, otro poco en Serbia.
El padre de Sasa duda cuando se le pregunta si regresaría definitivamente a Serbia, a pesar de que en sus ojos brilla la respuesta afirmativa. Sin embargo, en el camino hay problemas prácticos.
“En realidad es una pregunta difícil”, reconoce. “Muy difícil. Estoy acostumbrado en Holanda. Allá están los hijos, los nietos, tengo cuatro nietos en Holanda, uno ya va a la escuela básica, el mayor”. El padre de Sasa no descarta una solución intermedia. “Cuando me jubile voy a pasar unos meses allá, unos meses acá. Mientras sea capaz de hacerlo”.




























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