Tras un largo proceso interrumpido por errores formales y testigos inconsecuentes, se vislumbra el final del primer juicio ante la Corte Penal Internacional, en La Haya. Pese a las críticas, la Corte se hace más eficaz.
Tanto fiscales como abogados defensores y acusados se preparan para los alegatos finales en los próximos días. Poco a poco, la marcha de la Corte Penal Internacional, CPI, cobra velocidad.
La flamante pantalla eléctrica se levanta, y, detrás del vidrio a prueba de bala, se divisa una pequeña sala con escritorios de madera y sillas negras. Del otro lado, el público en una atestada tribuna espera ansioso el primer acto.
En la tarde del lunes 20 de marzo del 2006, el otrora distinguido jefe militar hace su entrada en la sala de audiencia de la CPI. Inseguro, toma asiento detrás de su abogado y se coloca los audífonos. Delante de él hay un equipo de fiscales internacionales flanqueados por tres jueces. El presidente de la Corte, el francés Claude Jorda, solicita al acusado que se presente.
“Mi nombre es Thomas Lubanga Dyilo, político de profesión,” responde tímidamente el congoleño, quien, tres días antes, había llegado a La Haya proveniente de Kinshasa, en un vuelo de ida.
Marchas y contramarchas
Lubanga es el primer acusado de la Corte Penal Internacional, órgano creado con el fin de juzgar a grandes violadores de los derechos humanos. Cuando la Corte se pone en marcha en el 2002, Lubanga aún opera impunemente en la región oriental del Congo, como líder de una milicia de niños soldados que viola y asesina a civiles.
En el 2006, el Fiscal de la CPI, Luis Moreno Ocampo, presenta una triple querella. De inmediato, Lubanga es puesto en un avión rumbo a La Haya. Durante las innumerables sesiones preliminares, y ante las torpes actuaciones de los procuradores, su esperanza es quedar libre gracias a un defecto de forma.
En el 2008, parece inminente que los jueces pongan en libertad a Lubanga, porque los fiscales ocultaron material de prueba en su favor. En un último momento, Ocampo salva el caso y, en enero del 2009, abre formalmente el primer juicio de la CPI.
Una vez más, el caso amenaza seriamente con fracasar, cuando uno de los niños que, según Ocampo, “no pueden olvidar el terror que causaron”, se arrepiente y, atemorizado por tener que testimoniar contra Lubanga, su antiguo jefe, con quien está frente a frente en la sala, retira su declaración.
Sin embargo, una vez que lo jueces lo retiran y ya no está en presencia de Lubanga, el muchacho vuelve a relatar su secuestro por parte de las milicias del ex jefe militar.
Pez pequeño
La CPI tiene la misión de juzgar a los grandes criminales de guerra. Pero, según los abogados de Lubanga, él es un pez pequeño que paga por las atrocidades de otros. Además, la defensa se queja sobre el rol de las 118 víctimas que tienen voz en el proceso., ya que sus abogados están sentados en la sala directamente al lado del fiscal. De hecho, hay dos partes demandantes, alega la defensa de Lubanga.
En el 2010, el proceso parece interrumpirse una vez más, en esta ocasión debido a que los fiscales se niegan a revelar el nombre de una importante fuente de información. Tras largas deliberaciones, finalmente se prosigue el juicio.
La CPI hoy
Con marchas y contramarchas, la Corte Penal Internacional finalmente está adquiriendo velocidad. Actualmente, el equipo de Ocampo investiga los crímenes cometidos en seis países y mantiene en observación a al menos otros nueve. Ahora se espera a Gadafi, y también los crímenes perpetrados en Siria podrían figurar en la lista de Ocampo. Las reservas de las salas de audiencias están agotadas y los juristas trabajan horas extras.
La Haya está concurrida. En la prisión de Scheveningen, además de Bemba, permanecen otros cuatro africanos, es inminente la llegada a La Haya de seis kenianos que se presentarán por voluntad propia y se está preparando el juicio contra dos sudaneses.
Críticas
La Haya está más concurrida y es también más criticada. Sus detractores opinan que Ocampo sólo juzga a los africanos y les hace el juego a los políticos, y se preguntan dónde están los estadounidenses, los chinos y los israelíes. Mientras que la CPI debería ser una corte mundial, grandes potencias, como China, Rusia y Estados Unidos, no reconocen su autoridad.
También se objeta el costoso, lento e inefectivo funcionamiento de la CPI, órgano que recibe a diario acusaciones, la mayoría de las cuales es rechazada.
Para Lubanga las diferencias no poseen importancia, si se considera la posibilidad de que sea condenado a cadena perpetua. Quizás aguarda la llegada de su antiguo amigo, Bosco Ntaganda. El temido ‘señor de la guerra’, quien también figura en la lista de Ocampo, por ahora se está divirtiendo en las canchas de tenis de Goma.

























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