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Jueves 23 de mayo  
"Resistiendo en Gaza"
Amán, Jordania
Amán, Jordania

"Resistiendo en Gaza"

Publicado el : 13 de mayo 2010 - 11:09 de la mañana | Por Redacción InformaRN (http://www.informarn.nl)
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Carla Fibla, corresponsal de Radio Nederland en Oriente Medio, ha escrito, “Resistir en Gaza”, un libro lleno de datos y realidad, un trabajo periodístico, documentado, riguroso, donde las vidas de los protagonistas adquieren dimensión propia. Un gran reportaje, claro y distinto, donde los personajes, mujeres y hombres, niños, jóvenes, salen de las páginas, alzados del suelo, para narrarnos, con sus propias palabras, la historia cotidiana.

Existen territorios, zonas de la tierra, ajenas a la legalidad y a la ética. Espacios físicos donde el imperio de la ley –incluso los acuerdos de Naciones Unidas– ha dejado paso a la barbarie o a la miseria (si acaso no es lo mismo). Son áridas geografías, imposibles, recubiertas de dolor donde la vida pierde el sentido cada amanecer, con los toques de queda, frente la presencia de tanques o de armas automáticas. Gaza, piedra y olivos rotos, es uno de esos lugares donde la “tierra hostil” se hace patente y rivaliza con el odio y la historia en marcha. Carla Fibla, corresponsal de Radio Nederland en Oriente Medio, ha escrito un libro lleno de datos y realidad, un trabajo periodístico, documentado, riguroso, donde las vidas de los protagonistas adquieren dimensión propia. Un gran reportaje, claro y distinto, donde los personajes, mujeres y hombres, niños, jóvenes, salen de las páginas, alzados del suelo, para narrarnos, con sus propias palabras, la historia cotidiana. Pese a la abundante bibliografía sobre la zona, no es fácil encontrar libros como el que ha compuesto Fibla: retratos humanos sin esperanza. La Franja de Gaza, comenta Maruja Torres en el prólogo de esta obra, nos recuerda lo que somos: nuestra desolada humanidad.
 

 

La escritora española Maruja Torres escribe en el prólogo de libro:

“Resistir en Gaza” es un trabajo realizado con el corazón caliente y la cabeza fría. Dos ingredientes que forman parte del bagaje de los mejores reporteros. Otro componente es la frustración, la impotencia. Es un sentimiento que nos hace ir al lugar del crimen para narrar aquello que no pudimos, o que no nos dejaron contar cuando se cometió.

Durante el salvaje asedio a que la franja de Gaza fue sometida desde el 27 de diciembre de 2008 hasta el 18 de enero de 2009, no sólo los gazíes fueron masacrados. También la verdad. Israel desplegó su mortífero armamento sin dejar de aplicar a la comunidad internacional la poderosa fuerza de su aparato de propaganda. Este plan frío, ejecutado sin fisuras, partía de una premisa fundamental: no permitir que los reporteros acreditados procedentes de todo el mundo penetraran en el territorio palestino para contar lo que veían.

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Encerrada, macerada en un baño de sangre, Gaza se nos explicó desde la distancia. Sólo un par de reporteros de Al Jazira y los periodistas locales -privados de medios, de luz, de teléfonos, con sus vidas en peligro como cualquier otro habitante de la zona-, que se encontraban allí por otros motivos cuando empezó el ataque, atravesaron con sus informaciones la barrera de silencio. Vimos imágenes, cierto. Tuvimos conciencia de lo que ocurría. Y los periodistas que no soportaban quedarse fuera, obligados a mandar sus informaciones desde el otro lado, desde el lado del agresor-, los que no aceptaban la limitación que suponía reflejar tan sólo el punto de vista de los habitantes del sur de Israel, se esforzaron como sabuesos enloquecidos para obtener datos de sus contactos en el interior de la franja. De esa otra batalla, de esa derrota, habla también este libro en alguno de sus mejores párrafos.

El asunto estuvo bien montado. La tibieza de Occidente, las condenas de los gobiernos, mayormente los recatados ruegos para que Israel mostrara contención en sus ataques y evitara a los civiles, el cinismo de las respuestas… Todo ello culminó con el olvido. Pasadas esas tres semanas de pesadilla, como sucede siempre -y como Israel no dudaba que ocurriría-, el caso Gaza fue prácticamente abandonado por los medios de comunicación.

No se nos ofrecieron testimonios directos. Los lectores, las audiencias -víctimas del escamoteo de la realidad -, no tuvimos la oportunidad de conocer el resultado de esos días sangrientos, el imperecedero impacto causado en los supervivientes; ni la cuantía del daño infligido, en términos económicos y humanos. Gaza había dejado de interesar, tal como las autoridades israelíes habían previsto. Y con la narración de su sufrimiento perdimos también la posibilidad de evaluar el valor de su, pese a todo, increíble resistencia.

Eso es lo que nos proporciona este libro plagado de humanidad doliente y también de datos inapelables.
Los obstáculos alentaron este libro. La necesidad de contar, de hacer justicia informativa. Carla Fibla entró en Gaza inmediatamente después del asedio y, con Fadi Nabyl Skaik como traductor, estuvo en donde habría debido estar antes, si no se lo hubiera impedido quien tenía la sartén por el mango, y el mango también. Centenares de muertos después, Gaza levantaba la cabeza en medio de la destrucción. Con la cabeza fría y el corazón caliente, también. Pues, ¿hay otra forma de “Resistir en Gaza” si no es con la memoria siempre fresca y el deseo de supervivencia siempre a flote?

Estuve en Gaza por primera y única vez en el verano de 1988, durante la primera Intifada. Aquella Intifada en que nuestras simpatías empezaron a volcarse en los palestinos gracias a las imágenes que las televisiones internacionales nos proporcionaron. En vivo y en directo vimos a los chavales que lanzaban piedras siendo reprimidos a disparos. Tanques y helicópteros contra críos que esgrimían una honda. Los palestinos ganaron esa vez el favor de la opinión pública. Más tarde tuvo lugar la Conferencia de Madrid, con sus esperanzas, y luego el pacto de Oslo, con el germen de la traición en sus entrañas. Más tarde vino la división, tan dolorosa, entre palestinos de Fatah y de Hamas.

Ahora es distinto. Nos hemos vuelto indiferentes. El periodismo se ha vuelto comodón, hemos vendido nuestra alma. Al menos, las empresas. Sólo en libros como éste puede un periodista permitirse el tiempo y la reflexión, el lujo de contextualizar, de recordarnos de nuevo -porque hemos perdido las referencias por el camino- las circunstancias que dieron origen a la tragedia del pueblo palestino, el único pueblo que sigue siendo objeto de colonización, 60 años después de que Israel lo expulsara de su tierra con la complicidad culpable e interesada de Occidente.

Insensiblemente -literalmente: sin sensibilidad- nos hemos ido olvidando de la gente. La palabra terroristas, tan mal utilizada en tantas ocasiones, tejió una espesa bruma para impedir que nos llegara la respiración, la vida de las personas. Lo que pierden a diario, lo que luchan a diario, lo que salvan, cómo lo rescatan, y cómo se reinventan para poder aguantar, en la esperanza de que algún día nos demos cuenta y de que, gracias a ello, los gobiernos del mundo, ese día, se limiten a hacer lo que deben. Es decir, tratar a Israel sin privilegios. Como a cualquier otro Estado que infringe la ley.

Los gazíes impregnan, pues, estas páginas. Éste no es un relato complaciente, escrito para arrancar lágrimas. Es una historia dura. Dura como la verdad. En ella encontrarán personas, con nombres y apellidos. Sabrán lo que ocurría cuando caían las bombas. Y después. Cómo son los mayores y cómo son los jóvenes. Sabrán que en Gaza hay raperos y hay catedráticos, a pesar de que resulta endemoniadamente difícil, allí, llegar a algo. Por no llegar, ni siquiera pueden los gazíes visitar a sus familiares en Cisjordania, ni ir a Israel para ganarse el jornal. Sabrán de sus carencias, y de que el castigo que se les aplica simplemente por ser tiene un único objetivo: exterminarles o desalentarles. Lo que vendría a ser lo mismo.

Por eso resisten y por eso están en este libro, abiertos a contar, listos para elevar su voz, que es lo único que tienen, a la espera de que alguien recoja su protesta.

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LEOIESCRIBO 4 Junio 2010 - 12:01 de la mañana / argentina

muy bueno el titulo, me imagino que se refiere al sargento Gilat Shalit, ¿no?

Mario Fuentes 13 de mayo 2010 - 1:02 de la tarde

Maruja Torres es una conocida judeófoba española. Que no diga que ha escrito con la cabeza fría, porque su cabeza está caliente, caliente de odio al judío, caliente por su admiración por el terrorismo palestino. La única resistencia que podría salvar al pueblo de Gaza, es la resistencia al fanatismo, al terrorismo, al odio racial, a la penetración iraní, al fanatismo religioso, a las madrazas que educan a sus hijos al odio y al suicidio, a los convoyes de armas de la muerte, en fin, cuando se sacudan deHams y todo eso, y piensen mas en la vida, en sus hijos, en trabajar en crear un Estado, mágicamente la paz se les abrirá y el progreso florecerá.

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