La escritora tibetana Tsering Woeser (1966) recibirá esta semana en Pekín el Premio holandés Príncipe Claus, que recibe su nombre en homenaje al fallecido esposo de la Reina Beatriz. La autora no solamente obtiene el galardón por su poesía y novelas, sino también por los blogs en los que otorga una voz al pueblo tibetano. “Si un tibetano cualquiera escribe un artículo, va inmediatamente a la cárcel. Yo estoy protegida por este premio.”
“¿No puedes simplemente escribir sobre el Tíbet?” Tsering Woeser se altera nuevamente al pensar en los servicios de seguridad del estado en Pekín. Ella fue invitada junto con su marido, el crítico autor Wang Lixiong, a “tomar el té”: un eufemismo para amenazas, advertencias e intimidaciones. “Llegado un momento, el funcionario me dijo que no podía escribir sobre Tíbet. ¿Con qué derecho me dice eso?”
Entretanto, Woeser tiene solamente un tema: Tíbet. Escribía novelas y poesías hasta que en 2008 se hizo conocida con su blog. Durante las violentas protestas en Tíbet contra la autoridad china, le dio voz a los territorios tibetanos y a los propios ciudadanos del Tíbet. Los medios prácticamente no tienen acceso a Tíbet. La informaciones disponibles están distorsionadas, ya sea porque provienen de las autoridades chinas o del movimiento independentista tibetano en el exilio.
Blog
La escritora tiene una enorme red que le hace llegar informaciones desde las ciudades y los conventos. Es una intermediaria muy a su pesar. “El blog me impide dedicarme a mi nueva novela. Ya estaba trabajando en ella en 2008 pero desde entonces el blog me toma todo el tiempo. Los tibetanos corren un riesgo tan grande que, por ellos, yo puedo dejar de bloguear.”
Este año enciende su computador con el miedo en el cuerpo. Ya trece veces ha publicado que monjes y monjas se han rociado con bencina, han gritado “libertad para Tíbet” y se han prendido fuego. “No se trata de un suicidio sino de la inmolación de un Boddishativa (un santo budista) en bien del pueblo tibetano. En su desesperación se lee la última esperanza en la ayuda desde el exterior.”
Juegos Olímpicos
El mundo parece no interesarse. “En 2008 todos miraban hacia China en relación con los Juegos Olímpicos, y China era sensible a las críticas. Ahora los derechos humanos han dejado paso al comercio. Ya casi no se reacciona ante las inmolaciones con fuego, en circunstancia que la situación es más seria que en 2008”
Las novelas y poemas de Woeser describen su búsqueda de su identidad tibetana. Esto, como “hija roja” de padres tibetanos al servicio del estado comunista, lo ha descubierto recientemente. Su madre fue funcionaria y su padre militar del Ejército Popular de Liberación. En casa se habla chino.
Orgullo
Ya como estudiante en los años ochenta, Woeser tomó conciencia de que pertenecía a un grupo de elite pero que en realidad era ‘diferente.’ “Mis compañeros de escuela chinos me miraban con un aire de superioridad.” Woeser rechaza el dolor de la discriminación y escoge dar prioridad a su orgullo. En casa plantea la discusión: “Mi padre me aconsejó caminar con mis dos piernas. Una que sigue mi propio pensamiento y la otra que hace lo que los funcionarios chinos quieren ver. De ese modo no corres riesgos, me decía”.
Woeser, quien acaba de obtener un trabajo en una revista literaria en Lhasa, se rebeló. “Si camino así, me quiebro las dos piernas”. Y siguieron muchas conversaciones: ¿Por qué sus padres no le enseñaron nunca el idioma tibetano? ¿Eran ciertos los rumores de la explotación de los tibetanos?
Pobre chica
Sus padres reaccionaron con silencios embarazosos. En Lhasa estaría finalmente “en casa”, pensó. En los templos rompió a llorar, agobiada por la emoción de ser una tibetana en Tíbet. “Entonces un monje dijo a mi lado: ‘pobre chica china’. Yo me avergoncé. Recién entonces entendí, estando en Tíbet, cuánto me había convertido en ‘china’”.
Entonces comenzó su búsqueda del idioma, la religión y la vida de 5,4 millones de personas en montañas remotas en el oeste de China. Tíbet es una provincia autónoma, pero por sobre cada funcionario tibetano hay un chino para mantener el sistema de las “minorías unidas solidariamente” bajo el paraguas de Pekín. Woeser escribió su primer libro: fue el último que se pudo editar en China. “Estaba lleno de ‘serios errores políticos’. Fui interrogada durante tres días y amenazada con despido.”
Desde entonces Woeser vive, como ella misma dice, “en el exilio” en Pekín. “En Lhasa reina el temor. Uno se contagia obligatoriamente hasta que ya no se atreve a hacer nada. En Pekín me siento casi libre. La escala de esta enorme ciudad atenúa el miedo.”


























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