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Domingo 27 de mayo Radio Nederland, la emisora internacional holandesa. 24 horas de noticias, análisis e información en español.
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ciudad de México, México
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Ponencia de Monseñor Gregorio Rosa Chávez

Publicado el : 3 de mayo 2005 - 4:43 de la tarde | Por Redacción Internet
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Buenos días, amigos y amigas: Me siento muy feliz al participar en este congreso que trata sobre Procesos de Integración, Identidad y Medios de Comunicación. En cierto modo es como una recompensa que llega treinta años después del curso de capacitación en Hilversum al que no pude asistir en 1975, porque mis conocimientos del idioma inglés no eran suficientes. Sin embargo, tuve un excelente profesor de radio. Es un sacerdote benedictino holandés, que fundó Radio Veritas en Filipinas para toda Asia, quién me enseñó una linda definición de radio: "La radio es una compañía discreta para gente distraída". Por eso, me decía, uno debe hablar en tono coloquial, con lenguaje sencillo, teniendo en cuenta a los oyentes que se incorporarán a la audiencia a lo largo del programa y resumiendo de vez en cuando las ideas principales (como hizo hoy nuestro moderador). Lo tuve presente cuando, al volver a mi país dos años más tarde con mi licenciatura en comunicación, realizaba una entrevista semanal a Monseñor Romero para la radio católica de San Salvador. Era realmente extraordinario saber que el pastor entraba en la casa de la gente, no como el profeta de fuego de las homilías dominicales, sino como el amigo que va de visita.
 

Obispo auxiliar de San Salvador y presidente de Caritas América Latina

Monseñor Gregorio Rosa Chávez

Estamos aquí, cuando acaban de terminar siete meses de crisis en la Organización de Estados Americanos y en un momento en que se discute con pasión sobre los tratados de libre comercio que los gobiernos de los países centroamericanos pretenden firmar con los Estados Unidos; estamos aquí, cuando la idea del Tratado de Libre Comercio para las Américas ?el ALCA? parece, "gracias a Dios", destinada al fracaso. Estos temas los hemos seguido atentamente los obispos del continente, con una pregunta que nos parece vital: ¿cuál es el modelo de desarrollo que subyace detrás de tales tratados? En el caso centroamericano, la pregunta va acompañada de una doble convicción: estos tratados, tal como están planteados, nos traerán a lo sumo empleo precario como el de las maquilas, en las que se paga aproximadamente cinco dólares diarios a las trabajadoras y trabajadores. Todos sabemos que con empleo precario no se puede pretender un autentico desarrollo humano.

Pero hay algo más: Centroamérica sólo tiene futuro como región; sin embargo, los tratados de libre comercio se han negociado separadamente, país por país. Por si existe duda acerca de los males que nos van a traer si se ratifican, baste este ejemplo: el gobierno de Guatemala fue obligado a modificar su legislación sobre los medicamentos genéricos, restringiendo así el acceso de los pobres a estas medicinas baratas, para estar a tono con lo que habían negociado los países vecinos.
 

Todo esto sucede en un mundo que ha entrado en un proceso irreversible, pero muy ambiguo, de globalización, sobre todo económica y cultural. Es un proceso ambiguo porque, en el campo económico, ha aumentado la brecha entre ricos y pobres y, en el cultural, la invasión de los productos culturales de los Estados Unidos, que nos llegan sobre todo a través de la televisión, está atropellando sin misericordia los valores de las culturas latinoamericanas. En efecto, a la riqueza de nuestras culturas se le está oponiendo ?quizá sea mejor decir, se le está imponiendo? otra escala de valores como el materialismo, el individualismo, el hedonismo y el consumismo. ¿Resistirán nuestros pueblos tal embate? Es la pregunta ineludible por la identidad cultural.
 

Mi charla tendrá dos partes: la primera es una presentación de Monseñor Romero como mártir de la comunicación social, como colega de todos nosotros.

Hace un mes, mi buen amigo José Zepeda, director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland, me invitó a una entrevista en vivo en La matinal de la famosa emisora internacional holandesa, en Hilversum, para hablar de Monseñor Romero y de la muerte de Juan Pablo II, exactamente el día de sus exequias. Cuando me senté frente al micrófono, después de haber visto el imponente estudio de transmisión, recordé el día en que con Monseñor Romero grabamos nuestro primer programa de radio en San Salvador. Lo hicimos en un cuartito donde apenas cabíamos los dos. El equipo técnico estaba compuesto por un pequeño amplificador Phillips (Holanda siempre, ¿verdad?), dos micrófonos de mala calidad, un tocadiscos barato donde poníamos el disco de acetato con el tema musical y una sencilla grabadora de carrete abierto. ¡Ni soñar con las nuevas tecnologías que han revolucionado las comunicaciones en las últimas décadas! Yo hacía las preguntas y Monseñor Romero, además de contestar, se encargaba de los botones de control de volumen.
 

Igualmente sencilla era la radio del arzobispo que transmitía el programa los días miércoles a la una de la tarde, con un notable éxito de sintonía; la radio que cada domingo, a partir de las ocho de la mañana, transmitía a todo el país la misa del arzobispo. Cuando llegaba el momento de la homilía, El Salvador entero estaba pegado a su aparato de radio: la mayoría escuchaba a Monseñor para saber qué pasaba en el país y cómo había que juzgar los acontecimientos; otros, unos pocos, pero muy poderosos, lo hacía para ver cómo sorprender en error al pastor para luego atacarlo. Al evocarlo esta mañana como el salvadoreño más conocido en el mundo, quiero declarar ante ustedes que Monseñor Romero fue un "mártir de la comunicación social", porque combatió como David contra Goliat, llevando en su honda ?aquí habría que quitar la hache y decir "poniendo en la onda radial"? únicamente el arma de la palabra libre y liberadora del profeta de Dios, una palabra "tajante como espada de dos filos". Es un honor para nosotros recordar que murió detrás de un micrófono, dos segundos después de su última homilía. Mis reflexiones estarán muy marcadas por su mensaje y su testimonio.
 

Esa voz que llenaba los corazones de luz y de esperanza, inspira hoy iniciativas humildes como las radios comunitarias y las emisoras educativas. Ante el fenómeno creciente de la concentración de los medios en pocas manos y el predominio del carácter comercial, dejando fuera la responsabilidad social de los medios, el ejemplo de Monseñor Romero inspira las mejores iniciativas en el mundo entero. La precariedad de los recursos con los que él contó, nos debe recordar algo que a veces se olvida cuando se pone el acento en las nuevas tecnologías: que antes de los instrumentos está esa realidad maravillosa que llamamos comunicación humana; y cuando decimos comunicación pretendemos ir más allá de la mera transmisión de datos: estamos hablando de diálogo, un diálogo que devuelve la palabra a los pobres y va construyendo un mundo nuevo, justo, fraterno y solidario. Esa pasión nos une a todos los que participamos en este encuentro. Todo creemos que otro mundo es posible, en la medida en que nosotros lo hacemos posible. Es posible en la medida en la que se va superando la brecha digital, que divide en dos bloques a los latinoamericanos: los info-ricos y los info-pobres; los conectados y los desconectados. Aquí vemos un ejemplo de cómo los pobres se conectaron y los pobres conectados son invencibles.
 

Monseñor Romero fue realmente un "radioapasionado". Conocemos este término de José María López Vigil: "un radioapasionado". Su compromiso con la emisora de la iglesia arquidiocesana era total. Y su amor a la Iglesia, entendida según las enseñanzas de Medellín y Puebla, lo llevará hasta el martirio.
Por eso quisiera comenzar esta charla con la semblanza del "hombre de radio" que fue Monseñor.
 

Desde que lo conocí lo vi muy ligado a la radio. Estoy hablando de los tiempos anteriores al Concilio Vaticano Segundo, cuando yo era un joven estudiante del seminario y él, un celoso sacerdote que tenía a su cargo la catedral de San Miguel, en el oriente de El Salvador.

Dos momentos fuertes había en su agenda de comunicador: en primer lugar, un programa diario de treinta minutos llamado La oración de la mañana, que gozaba de gran audiencia dentro y fuera de la diócesis de San Miguel; el otro era la transmisión radial de la misa dominical.
La oración de la mañana era un programa que él grababa en la sacristía. El equipo era todavía más humilde que el que usábamos después en San Salvador. En una ocasión, después de cenar mientras escuchábamos Radio Vaticano en un radio de tubos como los que evocó ayer aquí el doctor Sergio Ramírez Mercado, me invitó a que le acompañara durante la grabación. Yo estaba de pie a su lado; de repente mencionó mi nombre y añadió: "Les va a decir unas palabras". Al instante me pasó el micrófono sin previo aviso y yo improvisé un saludo. Al final de la grabación me dijo: "Te salió bonito". Yo recuerdo esa fecha como el día en que nació mi vocación de comunicador.
 

El otro gran momento era la misa dominical, que presidía el obispo de San Miguel. Monseñor Romero la comentaba para la audiencia radial. Eran tiempos en que la misa se decía en latín y de espaldas al pueblo, y a veces también de espaldas a la historia. Además de los comentarios y la descripción de los ritos, el padre Romero tenía a su cargo la homilía. Ésa era su fórmula para hacer "radiofónica" una misa en latín. Gracias a la radio se dio a conocer y llegó a ser reconocido como el mejor predicador de la zona oriental.
 

Un salto cualitativo en su forma de entender la radio y de "hacer radio" tuvo lugar cuando Monseñor Romero asumió inesperadamente el pastoreo de la arquidiócesis de San Salvador. Esta nueva visión responde al descubrimiento más pleno de lo que implica la misión evangelizadora de la Iglesia en medio de una realidad marcada por la injusticia estructural, en un ambiente en que los medios de comunicación social no dicen lo que está pasando, ignorando la violencia brutal que llegó a su clímax cuando estalló la guerra.

Durante este periodo, la radio del arzobispado se convirtió en algo tan importante como el pan de cada día (era nuestra Radio La Luna, Nina). La experiencia de comunión colectiva de los sectores más sufridos del país con la emisora de la Iglesia no tiene precedentes en la historia de la radiodifusión salvadoreña. La prueba más patente de eso era la misa dominical del arzobispo: a esa hora la audiencia de la radio era tan alta que uno tenía la impresión de que estábamos en una cadena nacional.
La homilía duraba aproximadamente 45 minutos. En una ocasión duro dos horas y la gente no se aburría.
 

Monseñor, en su Diario, cuenta un caso simpático de un día que estaba predicando y se fue la luz, y siguió la misma y al final volvió la luz y el dijo: "Bueno, ya vino la luz, ¿quieren oír los hechos de la semana o ya nos vamos? Y todo mundo se quedó escuchando la homilía a la hora de los anuncios parroquiales.
 

En el Diario de Monseñor Romero encontramos frecuentes alusiones a las vicisitudes de la radio: reportes de audiencia, desperfectos, interferencias, bombas que la destruyen, cuestiones administrativas, atentados terroristas del gobierno, nuevos proyectos, políticas que se deben seguir para la programación, situaciones conflictivas al interior de la emisora, dificultades para el sostenimiento, etc. Como dije hace unos minutos: él era un "radioapasionado".
 

También hay muchos comentarios acerca de la entrevista semanal y una síntesis de las homilías dominicales. Es muy frecuente, asimismo, la referencia al contacto con la prensa extranjera que visita El Salvador. Una nota desoladora es que la prensa nacional casi nunca se hizo presente, lo cual explica por qué las homilías de Monseñor Romero dedican un espacio tan importante a la información. Así lo reconoce un periodista que fue jefe de redacción del diario más importante del país, al explicar cómo se hacía periodismo en los primeros años de la guerra: "Se informaba sin mucho afán de balance. Buena parte de la información era casi textualmente extraída de los boletines de prensa del ejército, y en algunas ocasiones, para no comprometerse, el periódico se apoyaba en los servicios cablegráficos internacionales para reportar hechos nacionales".
 

Recuerdo una vez, ya en tiempo de Monseñor Romero, que me tocó la homilía. Un periódico bastante abierto, a cuyo director visité al día siguiente, me dice: "Mira, quiero saber qué dijiste tu ayer en la catedral, aún no me ha caído el cable internacional" (estábamos a dos cuadras de la catedral y él esperaba el cable para saber qué dijimos en la homilía dominical).
 

En tiempos de Monseñor Romero era peor, pues los temas de interés social estaban prácticamente ausentes en los grandes medios de comunicación. Los noticieros de la televisión, tal como se conocen hoy, todavía no existían. Eran más bien páginas de acontecimientos sociales: quién se casó, quién cumplió años y cosas por el estilo. Sólo la radio estaba más abierta a la candente problemática del país.
 

Esto explica por qué las homilías de Monseñor Romero dedican tanto espacio a informar al país de hechos que si no, pasarían inadvertidos. Dos instancias le apoyan en este aspecto: la Secretaría de Comunicación Social, donde estaba presente yo, que recoge y sistematiza la información de la semana; y un grupo de asesores que le ayudan a interpretar la realidad nacional. Se trata de saber qué pasa en el país y de saber iluminar esa realidad desde el Evangelio y la doctrina de la Iglesia.
 

Concluyo esta primera parte recalcando que Monseñor Romero es un ejemplo a seguir: es el hombre comprometido con la verdad y con la justicia; es el educador que va transformando la masa en pueblo. Él mismo lo dijo en una memorable homilía es una cita bellísima. Dijo Monseñor el 5 de enero de 1978: "Dios quiere salvamos como pueblo. No quiere una salvación aislada. De ahí que la Iglesia de hoy, más que nunca, está acentuando el sentido de pueblo. Y por eso la Iglesia sufre conflictos. Porque la Iglesia no quiere masa, quiere pueblo. Masa es el montón de gente, cuanto más adormecidos, mejor; cuanto más conformistas, mejor. La Iglesia quiere despertar en los hombres el sentido de pueblo. "¿Qué es el pueblo?" ?pregunta Monseñor?, y nos da esta bella respuesta que es todo un programa: "Pueblo es una comunidad de hombres y mujeres donde todos conspiran al bien común". Voy a la segunda parte.
 

Paso ahora a la segunda parte, que es un acercamiento al tema desde una perspectiva pastoral centroamericana y latinoamericana. Mis reflexiones estarán muy marcadas no sólo por mi experiencia junto a Monseñor Romero, sino también por mi trabajo en el ámbito latinoamericano y, por supuesto, al lado de Monseñor Arturo Rivera Damas, en el proceso de paz salvadoreño. En esa gran escuela aprendí en la práctica que los medios de comunicación pueden ser instrumentos de diálogo y comunión o, por el contrario, pueden llevar a las comunidades y a los pueblos a la más brutal polarización, es decir, al desgarramiento más dramático del tejido social que es la guerra. Por algo el Papa Juan Pablo II afirmó con energía, en las vísperas de la aventura de Irak, que "la guerra es una derrota para la humanidad". El mismo pontífice, comunicador excepcional, dijo también ?a propósito del papel que deben desempeñar los medios en la formación de la opinión pública? que "no se puede dialogar sin estar bien informado".
¡Han quedado tan lejos aquellos tiempos anteriores al nacimiento del audiocassete y del videodisco! Sin embargo, la pregunta fundamental sigue vigente: ¿estamos ahora más comunicados que antes? McLuhan nos enseñó hace muchos años que el mundo se estaba convirtiendo en una "aldea global" y Armando nos enseñó cómo leer al pato Donald, ¿verdad? Sin embargo, aunque ahora podemos asistir a los acontecimientos que nos interesan ?ya se trate de los funerales de Juan Pablo II o del mundial de fútbol? esta "aldea" se parece más a una parada de buses o una estación del metro ?en la que estamos unos junto a otros, pero no unos con otros? que a una verdadera comunidad. Para decirlo en los términos escogidos como tema del congreso, es claro que los procesos de integración y la búsqueda y consolidación de la identidad demandan un papel protagónico de los medios de comunicación social.
 

Como ustedes saben, la Iglesia ha ido elaborando una doctrina coherente y abierta sobre el fenómeno de la comunicación social y sobre los medios de comunicación que en el documento del Vaticano Segundo se llaman "instrumentos maravillosos de la técnica". Sin embargo, la carta magna de las comunicaciones sociales es la instrucción pastoral Comunión y progreso (1971), que se abre con esta afirmación: "La comunión y el progreso en la convivencia humana son los fines principales de la comunicación social y de sus instrumentos: la prensa, el cine, la radio y la televisión". Y casi a renglón seguido, añade: "La Iglesia los ve como 'dones de Dios', ya que, según designio de la Divina Providencia, unen fraternalmente a los hombres para que colaboren así con su voluntad salvadora".
 

Veinte años más tarde, la Iglesia siente la necesidad de actualizar su visión porque estamos en una nueva era, esa que en palabras ya consagradas y nacidas en el seno de la Iglesia latinoamericana, se describe así: "No estamos en una época de cambio ?como se decía en los documentos del Concilio?, sino en un 'cambio de época' marcado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. El nuevo documento toma nota de ello desde su párrafo inicial: "Con la llegada de una nueva era, las comunicaciones conocen una expansión considerable que influye profundamente en las culturas de todo el mundo. Las revoluciones tecnológicas representan tan sólo un aspecto de este fenómeno. No hay lugar en el que no se haga sentir el impacto de los medios de comunicación sobre las actitudes religiosas y morales, los sistemas políticos y sociales, la educación".
 

Lo que ha sido reflexión a nivel universal, se ha convertido en reflexión y praxis en la Iglesia latinoamericana. En su visión, estos medios son providenciales para concienciar al pueblo y acompañar los procesos de desarrollo (es la visión de Medellín). Diez años más tarde, el documento de Puebla (1979) formula uno de los planteamientos más atrevidos: "La evangelización, anuncio del Reino, es comunicación". El proceso que conduce a Santo Domingo (1992) es interesante, porque pone en primer plano el tema de la cultura.
 

Quisiera detenerme aquí un momento para compartir nuestro concepto de cultura. Para nosotros, "en último análisis, la cultura es el quehacer vital del hombre, el proceso colectivo e histórico de su autorrealización, de su humanización, mediante el cual la vida alcanza un nivel más elevado de humanidad y se orienta hacia su realización plena". En este sentido, compartimos la opinión de Ortega y Gasset, cuando afirma que el ser humano es el único animal que es un ser cultural, porque el animal, el otro animal, se limita a estar en la naturaleza, a adaptarse a ella, mientras que el hombre, adaptándola a sí mismo, humanizándola, no se contenta con estar en ella sino que lucha por estar bien. En otras palabras, cultura está ligada a calidad de vida". Termino la cita.
 

Y esto es lo que no tiene la mayoría de nuestros pueblos. Me dio mucha alegría por eso mismo, cuando leí en los Acuerdos de Paz de Guatemala, que se iba a reformar la Constitución para reconocer expresamente en su Carta Magna que el país de la eterna primavera es una nación "multiétnica, pluricultural y plurilingüe". Desgraciadamente del dicho al hecho hay mucho trecho.
 

La propuesta global de la Iglesia ante esta dolorosa realidad es la evangelización, entendida como creación de la "cultura de la vida". Esto implica cuatro derechos: el derecho de nacer, el derecho de vivir dignamente (aquí entra todo lo social), el derecho de convivir en una sociedad libre y democrática (aquí entra la democracia participativa) y el derecho de creer y esperar, porque somos seres con una vocación de trascendencia.

Cuentan que una vez en una barquita iban tres grandes personajes: el presidente Jimmy Carter, El presidente Romero, que era el último presidente militar que tuvimos en el Salvador y Juan Pablo II. La barquita iba a naufragar y sólo había un salvavidas (esto para que entendamos lo que es la democracia). Entonces dijo Jimmy Carter: "Me toca el salvavidas a mí, porque soy el presidente del país más poderoso del mundo".
Momento, momento, dijo Juan Pablo, me toca a mí, soy el líder espiritual de toda la humanidad. Bueno, dijo el presidente Romero, hagamos una votación y el que gane ése se queda con el salvavidas, y ganó él por ocho votos. Ésa es la democracia de la que venimos tratando de salir. Bien, entonces continuamos.
 

El modelo neoliberal y el modelo de desarrollo que predomina en nuestro continente refleja exactamente lo contrario: es la "cultura de la muerte". Es obvio que ustedes, queridos comunicadores y comunicadoras ?y aquí incluyo a los educadores, porque ellos también son comunicadores? tienen una tarea colosal. Desgraciadamente, a menudo el idealismo y el compromiso de los profesionales de la comunicación chocan con la insensibilidad de los dueños de los medios y con la hostilidad de algunos gobernantes.
 

Los medios de comunicación pueden ser utilizados para unir o para dividir. Unos cuantos ejemplos bastan para ilustrarlo. Recuerdo, entre otros, aquella mañana del 28 de febrero de 1977, cuando el ejército había realizado una masacre en el centro de San Salvador. La zona era altamente peligrosa, pero el locutor de Radio Nacional, quien por cierto era un amigo mío, anunciaba que "todo estaba normal y en paz". Quienes le creyeron y pasaron por el lugar, pusieron en peligro su vida y algunos perdieron su vida.
 

Seguí con gran interés la información sobre la guerra en Irak. Quedé apenado con la política informativa que siguieron casi todas las cadenas norteamericanas ?de los Estados Unidos perdón: norteamericanos son también los mexicanos y también los canadienses?, las cadenas estadounidenses, y me llamó la atención el debate entre el gobierno de Tonny Blair y la BBC, porque ésta se negó a ser portavoz de las autoridades Británicas.

La pasión por la verdad y la justicia no fue, desgraciadamente, la actitud dominante en la prensa salvadoreña en tiempos de Monseñor Romero. No puedo recordar sin sorprenderme e indignarme, un encuentro con el director de un cotidiano de mi país. Era en tiempos de Monseñor Romero. Yo señalé que en su periódico el campesino sólo era noticia cuando cometía alguna falta y que, por tanto, aparecía siempre como ladrón, borracho, homicida o delincuente.
Él me respondió que él con gusto abriría a los campesinos la página editorial de su diario, "pero como no saben leer..." Ahora muchos campesinos se expresan en nuestras radios comunitarias y en otros foros, ya han aprendido a leer y también a transformar la historia.
En mis tiempos de estudiante de comunicación social aprendí que los medios de comunicación social tienen entre otros, la función de ser "cemento social". En efecto, el lenguaje cotidiano de la gente está marcado por lo que se dice en la prensa, la radio o la televisión.
 

El caso del conflicto entre El Salvador y Honduras, que se dio en agosto del año 1969, merece especial atención porque representa un caso en que las emisoras de ambos países envenenaron la mente del pueblo para justificar el uso de la violencia. Fue evidente el caso de HRN de Honduras. Como yo vivía en la zona oriental de El Salvador, podía escuchar los mensajes llenos de mentira y de odio que dicha emisora emitía. También escuchaba el lenguaje agresivo de la Radio Nacional de El Salvador. Y fui testigo de los efectos, cuando me tocó atender en la diócesis oriental el flujo interminable de compatriotas que huían del vecino país. Algo así pasó cuando mataron a los padres jesuitas. Antes del asesinato hubo una cadena de radio en la que se tachaba de comunistas a todos los que queríamos cambios sociales. Poco después mataron a los padres jesuitas: primero envenenaron las mentes y después armaron los brazos que cometieron el asesinato.
 

Es conocida la distinción que se hace en las aulas universitarias entre "información" y "opinión". Abundan también los casos en que se quiere hacer pasar como información lo que es claramente una opinión. Cuando hablo de esto, siempre cito el caso de mi visita a Managua, cuando llegó el cardenal Miguel Obando y Bravo de Roma, investido con la dignidad cardenalicia. El pueblo se desbordó para aclamarlo en el recorrido entre el aeropuerto y Las Sierritas. Yo iba a dos carros de distancia contemplando todo lo que pasaba.
Al día siguiente, uno de los diarios ?estábamos en tiempos del gobierno sandinista? escribió que al purpurado le recibieron varios centenares de personas y que entre los invitados estaba el obispo Pedro Arnoldo Aparicio y Quintanilla, y decía: "Capellán del ejército genocida de El Salvador". Aquí no había información, había periodismo militante.
En otra perspectiva, fue notable la contribución de muchos periodistas salvadoreños y extranjeros a la solución política del conflicto armado en mi país. Algunos llegaron hasta la ofrenda de su vida. Fueron los grandes aliados de la Iglesia en el proceso de paz.
Quisiera concluir mi presentación con dos noticias, una buena y otra mala.
Como pasó con Maradona: "Amor, te tengo dos noticias, una buena y mala. La buena es que dejé la droga y la mala es que no sé en dónde la dejé".
La mala es que somos el país más violento de América Latina, rivalizando últimamente con Guatemala y Honduras. La buena es que uno de los diarios de mayor circulación de mi país ha decidido convertirse en paladín de un esfuerzo global contra la violencia, fomentando los valores que conforman una "cultura de paz".

La Prensa Gráfica abre su portada del día miércoles con este titular: "Todos contra la violencia". Y nos ofrece este breve comentario: "Este problema social abate cada día a los salvadoreños. Las víctimas se cuentan por cientos. La solución está en manos de las autoridades y en cada ciudadano de esta nación".
Yo tuve un problema con este periódico por una cosa que dije en una predicación. Yo dije que un niño le preguntó a su papá: "¿Es cierto que los gallos cantan cuando uno dice una mentira?" "Sí, hijito, así le pasó a San Pedro, negó al señor y los gallos cantaron". "Papá, ¿pero por qué los gallos cantan tanto en la madrugada si estamos todos dormidos?" "Ay, hijito, en ese momento están imprimiendo los periódicos".
Estaba en la audiencia la esposa del director de este periódico. Yo no lo sabía y yo fui a verlo unos días más tarde, y lo encontré bastante serio, y yo dije: "¿Qué pasará con este señor si hemos sido buenos amigos?" De reprende me dice: "Monseñor, ¿cómo es la historia de que los gallos cantan en la madrugada?
Bien, ahora dedica más de ochenta páginas al tema de la violencia y cómo ir trabajando por una cultura de paz, un fenómeno interesante.

Monseñor Jorge Cassareto, un obispo muy querido de la Argentina, hace esta afirmación: "La Iglesia trabajará en la comunicación intentando globalizar la comunión y la solidaridad, potenciando la inclusión social de los más pobres, formando comunicadores con hondo sentido evangélico y desarrollando en las personas, las familias y las comunidades un profundo sentido crítico. La Iglesia en el continente debe desarrollar una verdadera pastoral de la comunicación, que dé respuestas evangelizadoras a los nuevos desafíos de nuestros tiempos".
 

A mí me gusta decir que no basta con que la Iglesia dé buenas noticias, ella debe ser también buena noticia. Y eso fue la Iglesia que nos dejo Monseñor Romero, el mártir de la comunicación social.
Me he preguntado muchas veces cómo respondería yo a la pregunta sobres las tres cosas que uno llevaría a una isla desierta.

Por supuesto, ante todo la Biblia; en segundo lugar, un aparato de radio de transistores, y finalmente un celular para poderme comunicar con todos ustedes y saber cómo va el proyecto que aquí estamos discutiendo. Muchas gracias.

 

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