Este miércoles se presentó el libro “Panamericana”, del director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland, Wim Jansen.
En la obra, Jansen relata las experiencias vividas luego de un periplo de seis meses por tierras latinoamericanas, poniendo énfasis en los testimonios de gente que conoció a lo largo de la mítica carretera que cruza el continente.
La presentación de “Panamericana” se realizó en el marco de un debate en los estudios de Radio Nederland Wereldomroep sobre el futuro de las relaciones entre América Latina y Holanda.
La introducción del debate “¿Qué hacer con América Latina?” estuvo a cargo de la señora Marta Lagos, directora de la organización de estudios de opinión pública Latinobarómetro, con sede en Chile. Esta organización aplica anualmente alrededor de 19.000 entrevistas sobre el estado de la democracia en 18 países de América Latina, representando a más de 400 millones de habitantes.
También presentes en el encuentro estaban el profesor Michiel Baud, director del Centro Latinoamericano de Investigación y Documentación, CEDLA, Pepijn Gerrits, director programas del NIMD, Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria y Dirk Kruijt, experto en Latinoamérica de la Universidad de Utrecht, quienes reaccionaron a las presentaciones de Marta Lagos y Wim Jansen, y dieron su visión sobre el tema del debate.
A continuación, y como anticipo, la traducción del neerlandés al español del prólogo de “Panamericana”:
Esa mañana, a fines de octubre de 2010, cuando salía en el autobús del aeropuerto, reconocí de inmediato la ciudad.
No por los nombres de las calles o por edificios conocidos, que aún no se divisaban porque el aeropuerto de Ezeiza está a 35 kilómetros al suroeste del centro. Tampoco por el tráfico que, a esta hora, apenas circulaba. Era la luz lo que delataba la ciudad. Cuando el avión procedente de Lima aterrizó en Ezeiza todavía estaba oscuro. Ahora el sol se elevaba por el horizonte alargando las sombras sobre las desérticas avenidas con un enceguecedor contraluz que conducían al corazón de la capital.
Era la última semana de octubre, en plena primavera. El aire estaba fresco y crepitante, como huele la naturaleza en el instante entre el primer relámpago de la tormenta y el estallido del subsiguiente chaparrón. Sí, luz y olor, eso era Buenos Aires. La ciudad de los “buenos aires”, como llamaran los conquistadores españoles a este lugar unos cinco siglos atrás, al pisar tierra en busca de oro y conversos. Después de cruzar la avenida de circunvalación General Paz, el panorama urbano característico de la capital argentina.
No daba la impresión de estar llegando a Latinoamérica. Ante la vista se desplegaba una ciudad europea, de amplias y verdes avenidas y majestuosos edificios de comienzos del siglo pasado, con espacio suficiente, se diría, para albergar a sus tres millones de habitantes. Entramos a la ciudad por la avenida Corrientes, pasando frente al teatro San Martín. El tráfico ya se hacía más intenso. Por las anchas aceras, los empleados madrugadores se dirigían hacia el transporte urbano. Su estilo de vestir elegante no se diferenciaba del de Milán o Nueva York. Junto a un semáforo se encontraba la entrada de la estación de metro: un portón de hierro forjado, pintado de verde, con la leyenda “Línea B”, y una reja de hierro en torno a la escalera mecánica. La luz se filtraba por el follaje primaveral de los árboles que bordeaban la acera, como en las escenas parisinas de los años cincuenta en las fotografías de Henri Cartier-Bresson. En una esquina, un mendigo solitario, con una camiseta que llevaba el famoso retrato del mítico Che Guevara, escarbaba la basura. Reconocí el Obelisco, esa columna de hormigón de casi 70 metros de altura, en la intersección de las grandes calles del centro – un homenaje a los cuatrocientos años de la fundación de la ciudad.
El autobús se detuvo en una pequeña terminal desde donde los pasajeros fueron trasladados en taxis a sus respectivos destinos. Un hombre de unos cincuenta años, en jogging y con gruesos anteojos, se sentó a mi lado en el asiento trasero mientras el taxista intentaba acomodar junto a mi maleta en el baúl, los cuatro bolsos que este señor había arrastrado por el pasillo del avión. Era reportero de una prominente radioemisora de Perú, me dijo, y se dirigía ahora a un importante partido de fútbol entre Boca Juniors y un equipo de primera de su país. El club peruano estaba en inferioridad de condiciones frente al equipo mundial argentino, pero en los últimos tiempos, Boca andaba tan mal que no le sorprendería si, dentro de tres días, podía regresar a Perú con una victoria en la maleta. En todo caso, de eso se había valido ante su jefe en la radio para conseguir este viaje.
Le intrigaba conocer la razón por la que yo había volado desde Ámsterdam a Lima, en la costa occidental de Sudamérica, para dirigirme desde allí a Buenos Aires, en la costa oriental, volviendo sobre el camino recorrido. Eso es lo que había, no tenían vuelos directos, le respondí; le pareció muy raro ese rodeo de miles de kilómetros porque, a su manera de ver, Buenos Aires estaba casi en Europa.
El reportero se entusiasmó cuando le comenté que yo también trabajaba en una radio. “¡Colegas!”, exclamó. “Somos colegas. ¡Y de Radio Nederland, nada menos! La conozco muy bien, nosotros retransmitimos sus programas.”
Comenzó a conversar con el entusiasmo de un experimentado periodista deportivo: cada vez más acelerado, como si se esperara un gol. “¿Vienes a realizar reportajes? ¿Me harás una entrevista sobre mi trabajo en la radio? ¿Qué te parece si hacemos una serie conjunta sobre el periodismo deportivo en Sudamérica? ¿No tienen ustedes algún fondo para ello?”
Yo permanecí callado, demasiado cansado por el viaje como para nadar contra la corriente de palabras. “¿O no estás en viaje de trabajo?”, preguntó ya más calmado.
Sí. ¿A qué venía yo? Le conté que había tomado medio año sabático: una licencia sin goce de sueldo para viajar por América Central y del Sur. Dentro de unos días esperaba ir a recoger mi propia autocaravana en el puerto de Buenos Aires, y desde allí abandonaría la ciudad.
“¿Hacia dónde, cómo, por qué? ¿Pasarás también por Lima? Debes visitar mi radio para que te hagamos una entrevista.” Había vuelto a acelerar el ritmo de la conversación y no me habría sorprendido si hubiera finalizado con un prolongado “!Gooooool!”.
“Voy a Houston, en Estados Unidos, y creo que hay una sola manera de llegar y es, efectivamente, pasando por Lima”, le respondí con calma.
El taxi se detuvo delante de mi hotel. Nos saludamos con un apretón de manos y él me dio una potente palmada en el hombro, pero no intercambiamos direcciones. Cuando, de pie en la acera junto a mi maleta, dirigí la mirada hacia el taxi que se alejaba, vi que el comentarista de fútbol tecleaba animadamente en su celular.
El portero nocturno ingresó mi equipaje y fue un alivio saber que me estaban esperando y tenía preparada una habitación con balcón en el sexto piso. “Hora de entrada 14.00”, decía en la página de registro en la web. No quería ni pensar en tener que esperar unas horas antes de poder acostarme.
No era la primera vez que realizaba un viaje largo por América. A fines de 1977, renuncié a mi puesto de periodista en el diario holandés Trouw, cambié mis escasas pertenencias por una mochila azul con estructura de aluminio y compré un pasaje de ida y vuelta válido por un año a México, que geográficamente se encuentra en Norteamérica. Ciudad de México me resultó arrolladora, una fascinante metrópolis con tantos habitantes como toda Holanda, apretujados en un enorme valle rodeado de montañas. Y en ese valle, al pie de volcanes en actividad y en el centro de una línea de falla geológica, borboteaba una explosiva combinación de crecimiento industrial y pobreza, delirios de grandeza y menosprecio, excesos religiosos y frustración. Costó trabajo despegarse de todo eso.
En autobuses de todas las calidades imaginables, en camiones y esporádicamente en el coche de un cooperante, emprendí mi viaje hacia el sur, portando como guía el voluminoso y pesado South American Handbook, el único libro de viajes de confianza que se conseguía en esa época. Aún no dominaba el español, como también resultó ser el caso entre muchos indígenas de regiones remotas, lo que en realidad sólo facilitó la comunicación. El camino – “EL” camino porque, en efecto, había uno solo – cruzaba América Central, pasando por las masacres de indígenas en Guatemala y Honduras, que tenían lugar fuera de mi campo de visión.
Atravesaba las guerras de guerrillas de El Salvador y Nicaragua, que en ocasiones me obligaron a desviar la ruta o abandonar el país lo más rápido posible. Costa Rica resultó un alivio, un pacífico país con tantos holandeses - desde pensionados disfrutando de una vida sin altos costos a jóvenes compatriotas recuperándose del trabajo de cooperación realizado en países vecinos – que un entusiasta embajador incluso había montado una escuela primaria holandesa. El país limitaba con la capitalista Panamá, en términos bancarios la Suiza de América Latina (y de los Estados Unidos, se murmuraba), donde, oficialmente, soldados estadounidenses vigilaban el famoso canal y extra oficialmente el país entero. Y allí el camino se perdía en una selva intransitable porque los norteamericanos preferían que no se facilitara demasiado el tránsito del sur hacia el norte.
El avión me llevó a Colombia, país desgarrado por décadas de sangrienta violencia política. Violencia que, en esa época, todavía era monopolio del cártel de la droga liderado por Pablo Escobar, y un puñado de movimientos guerrilleros y organizaciones militares que sembraban muerte y decadencia en regiones remotas. Y también el país donde fui asaltado en la capital, Bogotá. Nada heroico: simplemente acorralado entre dos hombres en una concurrida calle comercial.
La calidad del transporte público iba desmejorando a medida que proseguía mi viaje por los países andinos, dominados por represivos regímenes militares. En las regiones remotas de Ecuador, Perú y Bolivia, la población indígena apenas se enteraba del cambio de régimen en la lejana capital, donde los mandatarios mestizos habían sido expulsados del palacio presidencial bajo el fuego de las armas por otro grupo de gobernantes mestizos. En sus 150 años de existencia, Bolivia había derrocado así a 150 presidentes sin que la vida hubiese mejorado esencialmente desde la explotación española o la represiva dominación del imperio Inca. La población mayoritaria indígena, sumida en la pobreza, era un atractivo folklórico para la masa de turistas mochileros que viajaban por esos países por la única carretera que los unía, y por la que podían transitar solo en dos direcciones: hacia el norte o hacia el sur. En esos tiempos aún no se hablaba de la toma de conciencia del pueblo indígena. Diez años atrás, el guerrillero Che Guevara, un blanco argentino-cubano, había sido traicionado en Bolivia por los propios campesinos indígenas que él creía poder liberar de su miseria secular.
Distinto era el caso en las dictaduras del Cono Sur, Chile, Argentina y Uruguay, donde la población, mayoritariamente blanca – los autóctonos habían sido prácticamente exterminados en el siglo XIX por la guerra y las enfermedades – sabía muy bien quién era el dictador que los reprimía con mano dura, y por qué lo hacía. Aquí, los regímenes justificaban las torturas bajo una ambigua “filosofía de la seguridad nacional”. Aquí reinaba el silencio del miedo, en la calle y en los medios. La información que se filtraba sobre la represión provenía principalmente de las decenas de miles de exiliados políticos que habían buscado refugio en Europa, social-demócrata en su mayor parte.
A excepción de los interminables controles militares, viajar no representaba ningún problema. Despertaba confusión el hecho de que los dictadores parecían contar con el apoyo de una buena parte de la población, la clase media que se oponía al caos de las guerrillas urbanas de izquierda o a la democracia marxista porque, en su opinión, arruinaban la economía. Al preguntárseles sobre esto, muchos respondían abiertamente que el crecimiento económico era más importante que las libertades civiles.
Hacia el final de mi viaje, una carta me estaba esperando en la poste restante de Surinam. El jefe de la redacción internacional del periódico Trouw me escribía informándome que buscaban un nuevo redactor especializado en América Latina. Tres días después de mi regreso a Holanda, me encontraba en la redacción del diario, en Ámsterdam, aún algo desorientado, traduciendo y elaborando mis primeros télex provenientes del otro lado del Océano Atlántico. En los nueves años siguientes, regresé numerosas veces a Latinoamérica para cubrir los sucesos de una época turbulenta: revoluciones que triunfaban y se degeneraban, guerras civiles sofocadas sangrientamente, dictadores que renunciaban al cargo bajo presión del exterior, ciudadanos que, en una nueva democracia, votaban por su antiguo represor, las historias se repetían y el continente se democratizaba.
Después de 1988, mi senda periodística se fue alejando de América Latina y el continente perdía interés periodístico por el retorno generalizado de la democracia. Sin embargo, yo seguía intrigado con una curiosidad como la que se puede sentir por un antiguo amor. ¿Cómo andaría todo? ¿Eran felices mis antiguos contactos, mis amigos perdidos de vista? Y sus hijos ¿qué habían heredado del oscuro episodio que ahora parecía concluido?
Naturalmente, desde la distancia había seguido los acontecimientos. Vi crecer la toma de conciencia de los indígenas, que ya no se limitaba a un reclamo de reconocimiento cultural sino que iba acompañada por un nuevo deseo de influencia y poder. Leí sobre el resurgimiento del populismo, que respondía hábilmente a estas aspiraciones a través de nuevos líderes que decían hablar en nombre del pueblo y se veían confirmados por los resultados electorales. Observé cómo el arte culinario adquiría fama internacional, a tal punto que en 2010, la reina Beatriz de Holanda invitó a un chef de Perú para que se encargue de las comidas durante la entrega de los premios Prins Claus. Mientras se debilitaban las economías occidentales tradicionales y se encogía el crecimiento asiático, algunos economistas anticipaban una década dorada para América Latina.
Eso es lo que quería ver. Por segunda vez en mi vida, renuncié a mi trabajo, esta vez como jefe de redacción adjunto en Radio Nederland, para volver a Latinoamérica. Era solo por medio año, de modo que más que una renuncia, era una suspensión. La mochila, que había sido mi principal medio de transporte en aquella ocasión, fue sustituida esta vez por una autocaravana, suficientemente pequeña como para no llamar la atención y suficientemente sólida para resistir la travesía por la mítica y en gran parte imaginaria Panamericana, 30.000 km en una sucesión de senderos de arena, caminos con baches, carreteras de gravas, rutas asfaltadas, pasos helados de alta montaña, senderos enlodados, arterias urbanas de tráfico y autopistas vacías. En busca de las historias de antiguos conocidos y encuentros nuevos a lo largo de la carretera que une a estos países, desde Tierra del Fuego hasta los Estados Unidos.
Los ciento ochenta días sucesivos ya estaban estrictamente programados. Tenía reservado el viaje de regreso en avión, como si esta parte del mundo se pudiera contener actualmente en un esquema, como si el “síndrome del mañana” hubiera sido extirpado de raíz y el eterno “¡No hay!” (“No lo tenemos, eso no existe, nunca oí hablar de eso”), hubiera sido prohibido por ley. Ese esquema era mi mayor preocupación cuando, al llegar, me asomé por el balcón de mi cuarto del hotel y vi el tráfico de Buenos Aires. No sabía con seguridad si mi vehículo ya había arribado al puerto, y no tenía idea de lo complicado que sería retirarlo de allí.































No voy a explayarme sobre la tristeza que siento ante lo que esta pasando con nuestra Radio Nederland. Envio un abrazo a quienes todos estos años nos acompañaron con mucho mas que su trabajo. Oyente de RNW desde 1978 solo me resta sugerir o proponer que RESCATEN TODO LO QUE SE PUEDA del archivo de la radio. Programas, informes, material que no haya sido borrado y este en cinta. Digitalicen, sistematicen y en un futuro ponganlo a disposicion del mundo. Sera tambien una manera de recordar por siempre lo que ha sido Radio Nederland cuando era Radio Nederland. GRACIAS!
Me gustaria saber la opinión del Sr. Jansen acerca de las dictaduras de izquierda en Latino America en especial (Cuba)
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