La expansión del capital se ha convertido en una seria amenaza para el humilde barrio de pescadores Boca la Caja, situado en las playas de Ciudad de Panamá. Sus habitantes aman el mar y dependen de su trabajo, y se oponen a vender sus valiosas tierras.
En la última década, la Ciudad de Panamá se ha convertido en el Singapore de América Latina. Los rascacielos de cientos de metros de altura se disputan la atención de los bancos, los multinacionales y los millonarios. Pero en medio de ese esplendor de mármol y cristal, en el último trocito de playa que aún queda, está el barrio Boca la Caja. Rodeado de rascacielos, este pequeño enclave de pescadores artesanales se resiste a la explosión urbana, la última pieza de resistencia contra el despliegue del capital.
Es como entrar en otro mundo. Tras abandonar el centro comercial, donde, debido a las altas construcciones, apenas se ve el cielo soleado de Panamá, al llegar a la playa, repentinamente aparecen casitas pequeñas. El contraste no podría ser mayor. Aquí no hay tráfico ni casinos, no hay mármol con cristales reflectantes, sino vehículos viejos, ladrillo barato y techos de lámina adornados con sus antenas parabólicas. Rodeado por pretenciosos edificios guardianes del progreso, Boca la Caja sobrevivió el tiempo y se ha convertido en territorio de resistencia. Sus habitantes, cuyos terrenos son muy valiosos, no quieren irse a pesar de las propuestas que se les han hecho.
En la playa, un vecino está limpiando pescado con un enorme cuchillo. Más adelante, un grupo de pescadores espera a sus compañeros que regresan de la pesca en sus lanchitas de madera. “Los grandes inversionistas nos ofrecieron cien mil dólares,” narra Manuel Rodríguez, “pero ¿qué hacemos con ese dinero? Si vendemos, ¿que sería de nosotros? El mar nos da vida. Hay gente que carga la canasta, que pesca, y otros lavan botes,” comenta Manuel. Su vecino Orlando Guerra asegura que “cien mil dólares no alcanzan para comprar un apartamento en uno de esos edificios.”
Del Gobierno no esperan nada. “Ellos sólo ven por el rico, mas no por nosotros, los pobres,” se lamenta Orlando. “Lo que quieren es comprar nuestras propiedades, sacarnos, y venderlas a otro precio; pero nosotros nos quedamos sin nada.”
Sus anteriores experiencias los han decepcionado. La construcción de una autopista en la playa frente a su barrio les cortó la salida, el panorama espléndido del océano y el sonido de las olas cedieron paso a un dique de cinco metros de altura y al ruido permanente del tráfico. Sólo tras sus protestas, las autoridades aceptaron construir túneles para que los pescadores puedan salir a pescar. Pero aprovecharon el mismo túnel para tender un tubo de alcantarrillado de un metro de diámetro que convirtió Boca la Caja en el desagüe del desarrollo panameño.
“Se trata de una comunidad muy organizada que, con mucho trabajo y tras mucho
tiempo, consiguió lo que tiene actualmente, por lo que es muy difícil romper esta estructura social,” comenta el urbanista panameño Manuel Trute, quien ha estado trabajando con los vecinos del barrio. “Además dependen de la pesca y perderían su medio de existencia.”
Sin embargo, según Trute, no sólo son víctimas de la edificación en las playas. “Pese a que la infraestructura alrededor para el resto de la ciudad, mas no para ellos, los ha aislado, siguen estando en un enclave muy céntrico, lo que les permite accesibilidad a los mercados. Es un barrio de escasos recursos en las mejores tierras de la ciudad.” Aunque los pescadores no le conceden tanta importancia a la tierra como al mar. “El mar es un oro,” dice Orlando, “diles que no vengan, porque no vamos a vender.”



































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