Sobre gustos no hay nada escrito, dice el sabio refrán, y si hablamos de moda, cada gran diseñador marca su propia tendencia y hasta algunas firmas apuestan por una moda sostenible.
Patricia Karpovich y Cor Doeswijk
En todo caso, todos coinciden en algo: la industria de la moda mueve millones de euros. De todas formas, la moda no está exenta de críticas. Por empezar, la temporalidad de sus diseños creados expresamente para durar muy poco, lo que obliga al consumidor a comprar y comprar, si quiere estar a la última.
Como muestra baste un botón. La ideología del siglo XX se asentaba en el principio de “usar y tirar” o incluso en la “moda basura”; de la compra de ropa barata y de mala confección, que terminaba engrosando los cubos de basura y vertederos.
Sin embargo, la realidad y los magros bolsillos, producto de la actual recesión económica, han dado como resultado un replanteamiento de la forma de vestirnos. La crisis lleva al consumidor a adquirir ropa de segunda mano, o bien a ser más prudente o consciente de lo que realmente necesita comprar. La adquisición de una prenda nos lleva ahora a analizar la cadena de producción y su consecuente impacto ambiental y socio-ético.
La cadena de producción usa fibras o materias primas, tratadas muchas veces con productos químicos tanto para su cultivo como su teñido. Sin ir más lejos, el algodón desempeña aquí un papel fundamental, ya que su cultivo requiere un uso desmedido de plaguicidas y herbicidas.
Cadena de producción sostenible, social y ética
En los años 80 y 90 del siglo pasado, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial promovieron la plantación de algodón a gran escala en África, Asia y América Latina, ocupando muchas veces las tierras destinadas tradicionalmente a los cultivos de alimentos. El aumento de la producción en esos países coincidió con un incremento de las exportaciones de algodón subsidiado por parte de Estados Unidos. Para hacer rentable el cultivo, se aumentaron las escalas y se impulsó el empleo de semilla transgénica así como el uso de agrotóxicos para reducir los costos del cultivo. En grandes zonas de Paraguay y el norte argentino, el bajo precio del algodón llevó a que este cultivo fuera reemplazado por el de la soja.
A escala mundial, el algodón se sitúa en el tercer lugar en términos de superficie cubierta por cultivos genéticamente manipulados, por debajo de la soja y el maíz.
A esta cadena hay que agregar el transporte utilizado, vial o aéreo, para llevar la prenda de un sitio a otro, el impresionante consumo de energía y de recursos naturales que ello implica y las emisiones de gases de efecto invernadero. Si a todo lo mencionado anteriormente añadimos la situación laboral, muy a menudo de mano de obra infantil, en condiciones inhumanas, por lo general en países en desarrollo, con salarios bajos y pésimas condiciones de seguridad, sólo cabe una respuesta posible: La industria de la moda debe cambiar, así como la mentalidad del comprador.
La socióloga Susana Saulquin, catedrática de las carreras de Diseño de indumentaria y Diseño textil de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, de la Universidad de Buenos Aires, considera que otra moda es posible y necesaria, y en sus cursos busca concienciar a los futuros diseñadores para que empleen otros materiales y hagan confecciones más duraderas.
Alternativa glamurosa
Y ya hay empresas que intentan cubrir ese nicho de mercado. En Argentina existe ‘Otro Mercado al Sur’, que elabora prendas con principios del comercio justo y empleando algodón agro-ecológico producidas por cooperativas en el Chaco. El director de ‘Otro Mercado al Sur’, Harold Picchi, reconoce que la tarea no es fácil pero que se están consiguiendo logros.
¿Es una utopía u otra moda es posible? Los escaparates y los desfiles de muchos diseñadores de todo el mundo apuestan por este compromiso. Sólo resta saber si esta moda responsable y sostenible será una mera tendencia pasajera o por el contrario ha llegado para quedarse.




























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