En todo el mundo, la gente abandona el campo para establecerse en las ciudades, tanto para escapar de la pobreza como en la esperanza de labrarse un futuro mejor.
Michael Kaloki
Nairobi, la capital de Kenia, un centro económico local, regional e internacional, es un ejemplo de ello. Uno de los primeros y más fundamentales desafíos para quienes emigran hacia las ciudades es buscar una vivienda. Y a la mayoría de ellos no les queda otra opción que establecerse en alguno de los barrios de chabolas en los suburbios de la ciudad, que llevan nombres como Kibera, Mathare y Mukuru. Jasper Onyanha se estableció en la capital con la esperanza de labrarse una mejor existencia.
“Vivo en Kibera, y tengo familia, pero ellos viven en la región rural de donde provengo, Kisii, en la provincia de Nyanza,” comenta. “Vine a Nairobi hace aproximadamente año y medio, pero cuando decidí hacerlo, aún no había oído hablar de Kibera. Fundamentalmente, lo que me trajo acá fue el deseo de una mejor vida, en busca de las posibilidades para poder mantenerme con mis propios medios financieros. Y la vida en Kibera es un poco más barata.”
Según el censo nacional realizado en el 2009, la población de Kenia suma 38,6 millones de personas, de los cuales 3,1 millones viven en Nairobi.
David Kuria, Director General de Ecotact, una agencia ecológica con sede en la capital keniata, opina que, con toda certeza, el crecimiento de la población capitalina tiene un enorme impacto en el clima y el medio ambiente a escala nacional.
“La tasa de crecimiento de la población urbana en Kenia es del 8 por ciento,” explica el director de Ecotact, “y el establecimiento de inmigrantes en barrios de chabolas aumenta la demanda y el consumo de productos manufacturados, lo cual genera un incremento de las industrias y, en consecuencia, un aumento de las emisiones de gases y un mayor impacto en el cambio climático.”
La opinión de David Kuria es sustentada por las observaciones que Jasper Onyancha hace sobre la vida cotidiana en su barrio. “A su llegada, los nuevos habitantes de Kibera tienen bajos ingresos, y ésa es justamente la razón por la cual se establecen en lugares como éste. Debido a ello, utilizan diversos métodos para cocinar, con los que, a mi juicio, contaminan el aire, lo cual tiene un gran impacto en el cambio climático.”
A lo anterior, David Kuria agrega que cuando la gente procura mejorar su condición económica, también empieza a consumir más, con similares consecuencias. “La adquisición de vehículos es una de las vías a través de las cuales la gente intenta mejorar su condición social,” señala, “y como consecuencia aumentan la demanda e importación de automóviles de segunda mano, vehículos que son menos eficientes en lo tocante a consumo de combustible y, por tanto, causan un aumento de las emisiones. Hoy en día, quien llega a Nairobi puede apreciar claramente el impacto que el tráfico tiene en la contaminación del aire.”
La vida en las metrópolis tiene un efecto adverso en las áreas rurales que las circundan, ya que, para satisfacer la demanda de sus cada vez más numerosos habitantes, las ciudades absorben constantemente agua de sus inmediaciones. Y la reducción de los niveles de agua ha ocasionado la desaparición de bosques.
Kuria advierte además que los árboles y los bosques poseen importancia esencial en la lucha contra el cambio climático, pero es poco lo que se ha hecho para dedicar atención a los beneficios de las zonas forestales. Si bien reconoce que se ha actuado para resolver problemas urgentes, apenas han surgido iniciativas a escala nacional.
El ministro keniata de Hacienda ha presentado un plan, pero la iniciativa se concentra en el comercio del carbón y la introducción de un sistema de cuotas para su venta, con la intención de combatir el cambio climático a escala internacional. Posiblemente se trate de un paso en buen sentido en lo tocante al cambio global a escala mundial, pero aún está por ver si tendrá algún efecto en los desafíos que presenta el constante crecimiento de la población de Nairobi.





























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