Una estrategia de acción militar no se adopta en función de la personalidad de los mandos militares que lideran a las tropas sobre el terreno.
Pero, aún así, en el caso de Afganistán es bien sabido que el nombramiento del general Stanley McChrystal como máximo responsable- que completa el tándem encabezado por el general David Petraeus, como jefe del Comando Central (CENTCOM)- fue una decisión basada en su brillantez como estratega en contextos de guerra irregular. El hecho de que ahora hayan aflorado sus opiniones personales, críticas y despreciativas, sobre altas autoridades estadounidenses y de otros países aliados en la desventura afgana puede ser algo más que un arrebato personal, para convertirse en una señal de las enormes dificultades para lograr los objetivos definidos por Washington.
Esos objetivos se centran en lograr la estabilidad de Afganistán, evitar que su territorio vuelva a ser un refugio seguro para Al Qaeda y sus aliados y liberar a Estados Unidos de una carga militar que le impide disponer de medios para dedicarse a otros asuntos en otras partes del planeta. Para ello se ha empeñado en un aumento del despliegue militar en suelo afgano- que ya supera actualmente los 95.000 soldados-, que demuestre a los violentos su decisión de golpear aún más duro, abriendo al mismo tiempo algunos canales de negociación que permita llegar a un acomodo de los talibán en el futuro del país. Idealmente, esa estrategia debería desembocar en la retirada- mejor cabría hablar de redespliegue, retirando tropas de combate, pero conservando una presencia militar de disuasión y apoyo a las autoridades locales- a partir de finales de julio del próximo año.
Para un mando militar como McChrystal cabe imaginar que las componendas políticas- no solo con los declarados amigos y enemigos que se mueven en Afganistán, sino entre el Pentágono y el Departamento de Estado-, no son parte de sus habilidades. Por algo ha sido ya reconvenido anteriormente, al mostrar con su lenguaje franco el disgusto que le producían los retrasos en la adopción de medidas militares que él consideraba imprescindibles (como un aumento de tropas en el terreno superior a los 30.000 soldados que finalmente aprobó Obama).
Hoy la situación en Afganistán está lejos de ser la soñada por los planificadores estadounidenses tanto los políticos como los militares. Entre los primeros, resulta cada vez más obvio que su aliado local, Hamid Karzai, no logra asentar su poder ni seguir adecuadamente los dictados de Washington. Entre los segundos, resulta evidente que los talibán, los insurgentes de todo tipo que se mueven ya por todas las provincias del país y las numerosas bandas criminales activas a día de hoy no solo no han reducido su capacidad para perturbar la seguridad del país, sino que la han aumentado notablemente.
Por referirnos solamente a los dos escenarios que identifican el foco principal del actual esfuerzo de Washington, ni Marja ni Kandahar emiten señales positivas. En el primero se demuestra que la ofensiva de principios de año no ha permitido consolidar un poder político local, apoyado por la población y con capacidad para gestionar los asuntos públicos. Por el contrario, los violentos han incrementado su ritmo de asesinatos de personas que identifican como colaboracionistas- en un intento por abortar los planes de normalización- y se muestran cada vez más atrevidos en sus golpes contra las tropas extranjeras. En cuanto al segundo, el propio McChrystal ha tenido que reconocer públicamente que la ofensiva prevista para este mismo mes contra esta provincia- cuna de los talibán y del narcotráfico- tendrá que retrasarse ante la imposibilidad de contar con suficientes tropas afganas y el aumento de la violencia en la zona. Cabe recordar que ésta iba a ser la demostración fundamental del giro que Washington pretendía imponer al conflicto.
Por todo ello, y más allá de lo anecdótico que pueda resultar leer pensamientos de un general en la revista Rolling Stone, el gesto de McChrystal puede ser interpretado como un desahogo de quien comienza a percibir que su estrategia se viene abajo. Si se sigue el guión clásico en estas circunstancias, el general se verá obligado a poner punto final a su carrera militar de manera abrupta y el presidente Obama nombrará a otro militar para dirigir las operaciones. Nada de esto resuelve un problema en el que Estados Unidos está más empantanado de lo que le gustaría nunca admitir y para el que no ve salida a corto plazo. El resto de los actores con presencia en la zona, tampoco.





























Los comentarios emitidos por el General McCrystal fueron totalmente fuera de lugar,el General puede y tiene el derecho a discrepar de las acciones tomadas por sus superiores pero nunca debio haber faltado a su etica profesional como militar de alto rango que es, no era el lugar apropiado para ridiculazar de la manera mas burda que lo hizo a su presidente y a los altos funcionarios del gobierno que lo dirigen,eso le costo su posicion ,una pena que con la capaciad de estrategia militar que tiene haya faltado d ela manera que lo hizo.
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