El incendio de cuarenta camiones repartidores de Sabritas (papitas fritas) y de cinco centros de distribución, a finales de mayo, encendió todas las alarmas de la industria transnacional en México.
En un primer momento se pensó que se trataba de una represalia por no pagar “protección” al crimen organizado en Michoacán y Guanajuato. En otras palabras, parecía un caso de extorsión a gran escala.
Sin embargo, poco después de los ataques, los Caballeros Templarios se adjudicaron los atentados. A través de diez mantas colgadas por Michoacán y Guanajuato, no solo se hicieron responsables de las ofensivas incendiarias, sino que dejaron claro que aquéllas fueron dirigidas al sector empresarial trasnacional y nacional.
Los narcos afirmaron que los vehículos de Sabritas fueron utilizados para trasladar a personal de inteligencia, espías y agentes del Gobierno que se hacen pasar por vendedores.
Los Caballeros Templarios, grupo de reciente creación tras su escisión de la Familia Michoacana, “exhortaron” a los empresarios a limitarse exclusivamente al ámbito de sus negocios, de lo contrario, serán castigados nuevamente.
La Procuraduría General de la República anunció que detuvo a cuatro sospechosos de los actos vandálicos.
Comida chatarra llega hasta lugares remotos
Sabritas pertenece a la multinacional PepsiCo, que entre sus negocios tiene el embotellamiento y distribución de bebidas gaseosas.
Sabritas y los refrescos llegan a todos los rincones del país. Los hay en selvas, montañas y desiertos. Donde hay presencia humana, hay productos de Pepsico. Tienen una red de distribución impresionante.
Según las mantas de los narcotraficantes, este tejido de rutas y caminos únicos que ni el Gobierno federal tiene, fueron utilizados por los agentes federales para infiltrar espías.
Los traficantes miembros de los Caballeros Templarios los descubrieron y reaccionaron con extrema violencia. Cinco centros de distribución ubicados en las poblaciones de Apatzingán, Lázaro Cárdenas y Uruapan, en Michoacán, así como en Salvatierra y Celaya, en Guanajuato, fueron incendiados.
La demostración de fuerza fue gigantesca y muy mediática. Las lenguas de fuego que surgieron de las enormes bodegas de Sabritas, en la oscura noche, acariciaron nubes y estrellas e impactaron a todos.
Caso aislado de extorsión
Carlos Zamarripa, Procurador de Guanajuato, dijo que se trató de un caso aislado de extorsión que no pone en riesgo las inversiones extranjeras en México. Sin embargo, Francisco Merino, representante de Sabritas, negó la versión del Procurador.
Un diplomático europeo que ha pedido el anonimato, dijo a Radio Nederland que en el Estado de México, la mayor parte de los negocios tienen que pagar “por protección” a los grandes cárteles de la droga que han diversificado sus fuentes de ingreso. Ya no solo trafican droga a Estados Unidos, sino que secuestran a empresarios y comerciantes, plagian a migrantes indocumentados, extorsionan, asaltan, en fin, se dedican a todo lo prohibido, afirmó en tono severo el diplomático.
Alarma en Estados Unidos
El Departamento de Estado norteamericano reaccionó inmediatamente y aseguró a la prensa que su embajada en México estaba en contacto con los representantes de la empresa, y refrendó su apoyo al presidente Felipe Calderón. En un comunicado, el Departamento de Estado norteamericano afirmó:
“Estados Unidos condena enérgicamente estos ataques y todos los actos de violencia criminal... El presidente Calderón, el Gobierno mexicano y el pueblo de México han mostrado gran valor y determinación de cara a los retos y amenazas de las organizaciones criminales transnacionales.”
El gran temor del Gobierno mexicano es la huida de inversionistas y una estampida de empresarios.
Jesús Lemus, desnudo en una celda
Supongamos que los Caballeros Templarios dicen la verdad, que entre el personal de Sabritas había policías de incógnito. Seguramente éstos tendrían como objetivo hacer labor de inteligencia, es decir, averiguar qué pueblos, qué regiones, qué rutas son utilizadas por el crimen organizado.
Jesús Lemus Barajas es un periodista michoacano que se dio a la labor de hacer periodismo de investigación y estudiar las rutas y el hábitat de los principales grupos delincuenciales de esa región; nos referimos a La Familia Michoacana y a los Caballeros Templarios.
Lemus tenía un informante, que es un comandante de la policía de La Piedad, Michoacán.
De un día para otro, el comandante dejó de ser la fuente del periodista y lo arrestó. Lemus estuvo desaparecido varios días, incomunicado, y fue acusado por el policía de participar en la delincuencia organizada. Sin un juicio justo, sin pruebas ni nada, Lemus fue encarcelado en un reclusorio de máxima seguridad por tres años y cinco días.
“Piense usted en cualquier forma de tortura, de infringir dolor, pues pasé por ella”, dijo en una entrevista telefónica a Radio Nederland.
“De ese tiempo en prisión, medio año lo pasé absolutamente desnudo en una celda. Finalmente fui exonerado de todo cargo y puesto en libertad, pero como estuve en la cárcel, nadie quiere darme trabajo.”
























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