El consumo de tabaco mata en la actualidad alrededor de dos millones de personas cada año en los países industrializados (aproximadamente esta cifra supone el 23% del total de muertes). Si las tendencias actuales en relación a su consumo continúan (proporción importante de adolescentes y jóvenes que comienzan a fumar, tasas bajas de fumadores que dejan de fumar...) se estima que en el año 2025 serán 10 millones de personas las que morirán anualmente a causa de su consumo.
Las consecuencias actuales del consumo de tabaco son conocidas y poco asumidas por las personas que defienden y practican este hábito. El riesgo relativo de mortalidad respecto a cáncer de pulmón es aproximadamente de 12,7 para los fumadores de 15-20 cigarrillos/día en comparación con los no fumadores. Sabido es también que existe una importante reducción del riesgo de sufrir cáncer de pulmón al dejar de fumar, de forma que después de 15 años el riesgo es tan bajo como el de las personas que nunca han fumado.
El tabaco es el factor de riesgo más importante en la patología coronaria siendo causante por sí solo de alrededor del 25% de muertes por esta enfermedad. Está demostrado que la mortalidad por cardiopatía isquémica (angina de pecho, infarto de miocardio...) es un 70% mayor en la población fumadora. Si en una misma persona se asocian el riesgo de la patología del sistema cardiocirculatorio y el riesgo del padecimiento respiratorio por el hábito tabáquico, las posibilidades se multiplican casi de forma exponencial. La asociación de cualquiera de estos con el hábito alcohólico, supone altas posibilidades de padecimiento respecto a tumores de laringe, faringe, cavidad oral (el cada vez mas frecuente cáncer de lengua) y esófago.
También podemos considerar el tabaquismo pasivo como otra complicación de este hábito definido como social: los no fumadores tienen un riesgo estimado de presentar alguno de los padecimientos anteriores del 30% superior si viven con un fumador; este riesgo equivale al de fumar un par de cigarrillos/día existiendo además relación dosis-respuesta con el número de cigarrillos fumado por el cónyuge y los años de exposición.
En relación a la detección y prevención del tabaquismo debemos de interrogar sobre su consumo a todo paciente que acuda a nuestro centro sanitario, etiquetando de fumador a toda persona que responda afirmativamente a la pregunta "¿usted fuma?". El registro de consumo de tabaco debe quedar reflejado para su posterior seguimiento aludiendo también a si el paciente ha dejado de fumar y el tiempo que lleva sin consumir tabaco; en el caso de que haya transcurrido mas de un año sin fumar consideraremos que el paciente es un ex-fumador.
La intervención para la promoción del abandono al hábito tabáquico está basado en unas fases iniciales relativas al cambio de actitudes, mediante una escucha activa de lo que expresa el paciente y una información personalizada acorde con su entorno familiar, profesional y social. La intervención mas efectiva es el consejo breve, firme y claro sobre la necesidad de dejar de fumar repetido de diferentes maneras, en todas las ocasiones posibles y reforzado por los diversos profesionales de la salud que atienden al paciente.
Se debe insistir en los beneficios sanitarios, económicos y sociales de dejar de fumar tanto a corto como a largo plazo y reforzar la confianza del fumador en su capacidad para abandonar este hábito. Debemos referirle asimismo la posibilidad de presentar un síndrome de abstinencia y de algunas medidas paliativas que puede utilizar para afrontarlo (masticar chicles sin azúcar, técnicas de relajación, tomar infusiones, beber mucho agua, aumentar las horas de sueño...). Este síndrome es la causa mayor en la aparición de las recaídas, empieza a las pocas horas después de haber dejado de fumar, es máximo a los 2-3 días y desaparece por regla general, a las 4 semanas.





























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