Es el 2 de noviembre de 2009. Un avión Boeing matriculado en Venezuela es hallado en Tarkint, al norte de Mali. Según Alexander Schmidt, director de la agencia de la ONU que lucha contra el tráfico de drogas y el crimen organizado, la UNODC, en Dakar, Senegal, transportaba 10 toneladas de cocaína que no fueron encontradas en el interior del avión incendiado por la tripulación.
Carla Fibla
El pasado mes de febrero las autoridades argelinas informaron sobre otros dos narcovuelos que no han sido confirmados. Antes, en enero, se conocía la noticia de que por primera vez agentes de la Agencia Antidrogas Estadounidense, la DEA, habían detenido a tres activistas malienses de Al Qaida en Ghana y habían sido trasladados a Nueva York acusados de narcoterrorismo.
Los hechos empiezan a confirmar que existe una vía de comunicación entre islamistas y traficantes de drogas latinoamericanos, que ambos anteponen sus intereses y se aprovechan de la situación del otro para mantenerse en el mercado.
Al Qaida en dificultades
Por un lado, los militantes de la organización terrorista Al Qaida viven una complicada situación financiera por la dura persecución ejercida en especial por Argelia contra su rama en el Magreb. Fuentes oficiales aseguran que sus efectivos en número de combatientes apenas llega al 6%, de los que tuvo hace 10 años, unos 400 hombres armados. E incluso hay quien se atreve a pronosticar, como Farouk Ksentini, alto funcionario implicado en la reinserción de ex muyahidines, que en marzo de 2011, desaparecerá.
Estados frágiles
Por otro lado, están los traficantes de drogas latinoamericanos que aprovechan la inestabilidad de regímenes corruptos y frágiles de muchos países de África Occidental para introducir la mercancía y lograr que llegue a Europa a través del norte de África. Según la UNODC, entre 50 y 60 toneladas de cocaína producida en América Latina pasan al año por Guinea Bissau y el Sahel.
De hecho, la ex colonia portuguesa, con más de 80 incontrolables islas, es uno de los estados africanos más vulnerables y pobres, con una situación política incierta, como se comprobó con un reciente nuevo golpe de Estado que volvió a provocar el miedo en Bissau.
A finales del año pasado, la ONU publicó un informe en el que aseguraba que con la ayuda de las fuerzas de seguridad europeas, Guinea Bissau ha perdido importancia como centro de tráfico de drogas, lo que quizás haya desplazado las rutas de la droga hacia el sur o hacia el interior del continente.
En cambio, tanto el Ministro de Justicia, Mamadu Salie Diajlo Pires, como Lucinda Barbosa Ahukarie, responsable de la Dirección de Investigación de la Policía Criminal de Guinea Bissau, reconocieron en declaraciones a la Agencia de noticias France Press en abril del año pasado que la situación no está controlada. “Los traficantes de drogas han entendido perfectamente la debilidad de este país cuando se trata de controlar fronteras o zonas costeras donde prácticamente no se controla a la gente. Simplemente no tenemos los medios para arrestar a los traficantes y encarcelarlos”, explica Diajlo Pires. A lo que añade Barbosa Ahukarie: “Está claro que el crimen organizado tiene más recursos que el Estado. Los criminales van siempre un paso por delante de la policía pero lo que ayuda es que no estamos solos en este combate, la ayuda de otros país, otras fuerzas policiales y organizaciones internacionales es indispensable”.
Sahel
Otros países del continente, como Nigeria, Chad, Mali, Mauritania, Marruecos o Argelia forman parte del recorrido de la nueva cooperación entres islamistas radicales y grupos como las colombianas FARC. De hecho, como explica la DEA para el arresto de Ghana, agentes de esta organización se infiltraron en la red de Al Qaida en el Magreb durante cuatro meses haciéndose pasar por representantes de las FARC. De esta forma pudieron comprobar el tráfico de grandes transportes de cocaína latinoamericana que atraviesa el Sahel, cruzando el desierto hasta el norte de África y entrando por el sur de Europa al mercado occidental. Por cada kilo de cocaína llegan a ganar hasta 7.000 euros.
Los gobiernos de Argelia, Mali, Mauritania y Nigeria han aceptado colaborar militarmente con EEUU y Europa para combatir el terrorismo y la delincuencia transnacional, pero por el momento no existe un mecanismo asentado para evitar que los traficantes de drogas utilicen las redes instauradas por organizaciones como el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, reconvertido en Al Qaida del Magreb Islámico, utilizadas hasta ahora para el contrabando menor de drogas, armas e inmigrantes, para el tráfico a gran escala de cocaína de América Latina.
La ruta que apuntan los expertos es Colombia- Venezuela- oeste de África, para extenderse por los mercados europeo y asiático. El reto para combatir esta nueva realidad es si los países desarrollados utilizan la excusa de la seguridad para intervenir o si llegan a acuerdos militares con regímenes no democráticos. Por el momento, el Africa Command estadounidense (AFRICOM) ha cambiado de estrategia, el pasado mes de diciembre retiró su ayuda humanitaria a Nigeria e intenta obligar a que se produzcan relevos políticos con la amenaza de que el riesgo de convertirse en “narcoestados” es muy alto.
El dinero de la droga sudamericana empieza a verse en la costa occidental de África, como las grandes villas en Dakar que pertenecen a jefes del narcotráfico. Una situación que aporta mayor inestabilidad al Sahel, porque a las luchas territoriales, étnicas y la corrupción, ahora se añade el poder que genera el tráfico de drogas.





























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