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Teherán, Irán
Teherán, Irán

La otra cara de Irán: llegada a Teherán

Publicado el : 17 de agosto 2009 - 10:30 de la mañana | Por Hugo Copes (http://www.informarn.nl)
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Mucho se ha escuchado de Irán en los últimos tiempos: turbulencia política, despiadados juegos de poder, muertos en las calles de Teherán. No se debería olvidar que el país tiene también una rica cultura milenaria, una naturaleza avasallante, y uno de los pueblos más corteses y hospitalarios del mundo. Hugo Copes viajó por Irán en lás semanas previas a las elecciones.

Hugo Copes
 

“La paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces.” (proverbio persa)

En el aeropuerto de Ámsterdam, el público se va filtrando a medida que uno avanza a la terminal. Cada vez son menos los rubios, y más la gente con el pelo lacio de color azabache y la tez aceitunada. Los iraníes vuelven a su país. Las jóvenes, sentadas en la sala de espera, sacan con aire desganado un pañuelo de la cartera, y con él se cubren la cabeza. Camino a Irán, prohibido para las mujeres mostrar el cabello.
 

El vuelo es sólo cinco horas, pero al saberlo, esas horas se multiplican y el viaje no acaba más. Entablo conversación con un hombre de negocios iraní que regresa a su familia. No necesito preocuparme por nada, él se encarga de arreglarme el transporte.
 

Suerte, porque llegamos a la medianoche, a una ciudad desconocida con quince millones de almas. Ningún problema con el pasaporte, ningún problema con la aduana. Al taxi. Una noche cálida, de esas que no existen en el norte europeo. Amplias e impecables carreteras, y un gigantesco cartel: “Bienvenido a Irán”.
 

La ciudad, extensa y sin altos edificios, duerme. Kilómetros y kilómetros de una metrópolis desierta. Llegamos al hotel, demoran en abrir la puerta. Sale un chico somnoliento y me mira irritado, girando la mano en un gesto nuevo para mí, pero con un mensaje claro: ¿Qué cuernos quiero?
 

Al final me deja entrar, ya que tenía una habitación reservada. Tres camas, heladera, televisión. Vieja gloria venida a menos. Estoy agotado, pero no puedo dormir por la excitación. Enciendo la tele. Hay un severo rostro con un turbante que mira con una seriedad mortífera a la cámara y habla en un tono muy calmo. De repente, me entra una ola de pánico. ¿Qué hago aquí, solo, en esta inmensa ciudad fantasma, con ese religioso que quiere hipnotizarme? Calma, calma, mañana será otro día.
 

Y así es. Luego de dormir unas tres horas, el barullo de la construcción al lado del hotel me despierta. Un hombre kurdo entabla conversación, y muestra fotos de amigos muertos en la guerra con Iraq. Uy, muy temprano…Hecho un zombie, bebo café, como pan con queso y decido salir. La ciudad fantasma es ahora efervescente actividad.
 

Saliendo del callejón, entro a una amplia avenida. Quedo parado, perplejo, mirando el tráfico. Un río de coches se dirige hacia las montañas. El cruce es un caos. ¿Están evacuando la ciudad? ¿EEUU decidió bombardear? No, es simplemente el tráfico en Teherán.
 

Los semáforos no funcionan. La gente simplemente se larga al río de automóviles, paran, aceleran el paso, un coche los esquiva, otros no, y hay que correr. No comprendo para nada la lógica. ¿Cómo voy a cruzar aquí?
 

La solución: el escudo humano, que luego aplicaré en reiteradas ocasiones. En Teherán también hay ancianas, que por supuesto deben cruzar la calle. Así que espero hasta que una viejita llegue al cruce, y camino muy junto a ella como si estuviéramos de paseo. Los coches se muestran más precavidos. Misión cumplida, estoy al otro lado de la avenida.
 

En la esquina hay un tenderete donde venden zumo de frutas frescas. Sí, por favor, y señalo el de zanahoria. Me sirven un vaso, El que atiende me muestra seis dedos. Saco dinero; seiscientos. No, no está bien. Luego saco 50.000, y el hombre me mira asustado, me indica que guarde el dinero. La casa invita. Éste va a ser un problema recurrente, la moneda iraní. En papel es el rial, pero hablan en tumans, que equivale a 10 riales. A la vez, a veces le quitan ceros al tuman cuando dicen un precio. Con esta confusión, más estando mal dormido, más la anestésica polución y la altitud, y finalmente el hecho de que nadie parece hablar inglés, opto por, si quiero comprar algo, simplemente sacar el fajo de billetes y que los comerciantes saquen el dinero que les parezca (con la vista fija en el más valioso, que equivale a cuatro euros). Más tarde, entrando a comprender la moneda, me doy cuenta que todos sacaron el dinero correspondiente, y no más. Extraño, pero ésta sería la primera seña de cómo me trataría la gente en el futuro en Irán.

  • © Hugo Copes - http://www.informarn.nl
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