En 1977, un grupo de jóvenes juristas salvadoreños tomó contacto con el arzobispo Oscar Arnulfo Romero a raíz de una gran cantidad de ataques de los que fue víctima la Iglesia Católica y muchos de sus representantes, que incluso llegaron a culminar en asesinatos.
Monseñor Romero los invitó a colaborar en el servicio de asesoría legal llamado en aquel entonces Socorro Jurídico del Arzobispado de San Salvador.
Uno de los jóvenes abogados era Roberto Cuéllar, el actual Director ejecutivo del Instituto Interamericano de los Derechos Humanos (IIDH).
Este 24 de marzo, se conmemoran los 30 años del asesinato del arzobispo mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en la colonia Miramonte. Romero fue ultimado de una bala en el corazón por un francotirador. Según la Comisión de la Verdad, el crimen fue financiado por el fundador del partido ARENA, Roberto D’Abuisson.
José Zepeda conversó con Roberto Cuéllar.
José Zepeda.- Hagamos memoria, ¿desde cuándo que usted conoció a Monseñor Romero?
Roberto Cuéllar.- Fue exactamente en 1977. Recuerdo muy bien que los Jesuitas estaban preocupados por la representación judicial a raíz del asesinato del padre Rutilio Grande en ese mes de marzo sangriento en El Salvador. Un hombre bueno, un sacerdote que servía a todos los obispos, fue asesinado cuando se dirigía a su parroquia campesina a celebrar misa en el Departamento cercano a San Salvador en la población de Aguilares y Guazapa. Fue acribillado a balazos con dos acompañantes. Ese asesinato, al iniciarse precisamente el arzobispado y la jefatura de Romero como Arzobispo de San Salvador, lo impactó. Los jesuitas, decía yo, buscaban representación judicial y nosotros, un grupo de jóvenes estudiantes avanzados, abogados; habíamos constituido un grupo de ayuda para la gente pobre, que no tenía con qué pagar servicios judiciales.
Los jesuitas me presentaron a este grupo de jóvenes con Romero y él desconfió un poco de la juventud más que nuestros conocimientos legales. Ante tanta abominación, ante tanta violencia, estos jóvenes no van a poder. Esa fue la primera vez que nos vimos y después él nos conquistó a trabajar en el servicio jurídico llamado en aquel entonces Socorro Jurídico del Arzobispado de San Salvador.
Desde ahí en adelante hubo una unión muy estrecha con los servicios sociales y legales del arzobispado, comandados precisamente por el Arzobispo Romero, hasta su muerte el 24 de marzo de 1980, en que personalmente, me designó la Iglesia para que siguiera todas las investigaciones, entre otras la dolorosa autopsia del cuerpo y del cadáver del Arzobispo Romero.
JZ.- Habla usted de 1977, de tal manera que ¿todavía no se había producido la conversión como se le llama, de Monseñor Romero, de ser un hombre conservador dentro de la Iglesia de El Salvador, a transformarse en el baluarte de los pobres?
RC.- Creo que ahora es un buen momento para rememorar la base de lo que fue el hombre bueno, el hombre misericordioso, el arzobispo honesto y el demócrata religioso por convicción que no viene de la conversión francamente. Creo que conociéndolo de manera muy personal a él, usted sabe que yo aparezco casi 45 veces en el diario personal del Arzobispo de San Salvador. Tenía tanta confianza en un joven en aquel momento, que le servía en asuntos legales, que me di cuenta realmente que el Arzobispo era, antes de llegar a ser Jefe de la Iglesia Católica, un hombre que contagió a muchos con lo que él decía misericordia, acercamiento con la gente pobre. Quizás no tenía la dimensión política que al final se comprendió como el compromiso de su fe cristiana con los derechos de los pobres, pero Romero cuando fue Obispo de Santiago de María, poco antes de tomar posesión de su cargo en el Arzobispado de San Salvador, abría frecuentemente la casa para los campesinos pobres cortadores de café en aquellas zonas que en El Salvador se consideraban y son las más frías del país. Campesinos miserables, despojados, hambrientos, encontraban refugio en la casa del Arzobispo conservador, en la casa del Arzobispo que no había cambiado y no se había convertido. Yo no encontré ningún obispo en aquella época, no supe de ningún obispo que abriera las puertas de su casa y que, convencido ideológicamente de la transformación política del país, tuviera gestos de misericordia sistemáticos y permanentes, como lo hizo Romero con la gente más pobre.
JZ.- Usted ha dicho algo fundamental, porque nos viene a revelar algo que de hecho una inmensa mayoría entre los cuales me incluyo, no sabíamos. Es decir, siempre habíamos pensado que no solo era un cura conservador, que no solo era un hombre que no tenía ideas de izquierda, sino que al no tenerlas no le importaban los pobres. Y usted dice: eso es totalmente falso: Romero siempre estuvo preocupado por los pobres.
RC.- Mire, tuve una experiencia particular. Cuando lo nombraron Arzobispo, nosotros ya servíamos a los Jesuitas en nuestros tiempos libres. Pro bono le llaman en Estados Unidos el servicio para la gente pobre. Los jesuitas, ex alumnos de ellos, nos armaron un remolino en la cabeza y nos dijeron que había que hacer un trabajo de servicio social con la gente más comprometida con los pobres. Entonces, hicimos ese servicio sin dejar de ganar en el negocio jurídico en nuestras oficinas legales. Yo trabajaba con mi papá. Y cuando nombraron a Romero, mi padre, que conocía bastante bien a los obispos, abogado muy conocido en El Salvador, me dijo: “mira, acaban a nombrar a un arzobispo que ni es conocido. Pero no te confundas, ahí tienes a un hombre bueno; no de los que les simpatizan a ustedes que andan gritando por las plazas, pero tienes a un hombre que va a dar mucho que hablar, un hombre que quiere el diálogo, pero que no le tiene miedo a nada; un hombre que trata de cerca al campesinado, un hombre que escucha con afecto y no echa de menos la permanencia, la cercanía del ejemplo de su pueblo y de la gente más cercana. Cuidado hijo, -me decía- no se confundan, tienen a un gran hombre de arzobispo.”
Eso me impactó mucho porque luego fui conociéndolo a él personalmente y nos contagió; no solamente con la defensa de los derechos humanos, que era pionero en ese sentido, sino con una misericordia activa y una protección personal a los presos llamados ‘políticos’ en aquel entonces. El no solamente los acogía, los trataba, les buscaba medicamentos, les buscó asilo político, y refugio también.
Y al final dejó un legado en que al pronunciar su discurso en la Universidad de Lovaina en febrero, un mes antes de morir, cuando le otorgaron el Doctorado Honoris Causa, planteó precisamente su opción preferencial por los pobres, en aquel discurso cuando afirmó la dimensión política de la fe de los derechos de los pobres. Para mí ese fue el gran salto cualitativo de Romero; no hablar únicamente de los pobres, sino hablar, como pionero, de los derechos de los pobres. O sea, todos hablamos de los derechos humanos, pero él me decía que eran específicos los derechos de los pobres. Un pensamiento realmente avanzado, como decía él ‘en búsqueda de nuestra fe cristiana a través de los derechos de los pobres’. “No es etéreo Roberto, esto no es -me decía Romero- una cuestión de invento. Los derechos de los pobres si no se pueden hacer justiciables, no son derechos”
JZ.- Sé que se fueron acumulando los antecedentes para que la peor represión, para que los sectores más reaccionarios del país, decidieran en algún momento deshacerse físicamente de Monseñor Romero, pero se tiene la creencia todavía que fue en ese discurso cuando él ruega, pero luego exige que se pare la represión, la gota que rebasó el vaso para decir ‘a éste lo tengamos que matar ahora’.
RC.- No puedo decir, y a pesar de que estuve tan cerca de los hechos, no puedo asegurarle como otros se atreven a hacerlo de que ese fue el último motivo, el último momento para determinar con premeditación y alevosía el abominable asesinato de Romero, el magnicidio del Arzobispo. El 24 de marzo, a las 6.21 de la tarde en el hospital la Divina Providencia. Fue, como Ud. bien señala una serie de acumulación de factores y de hechos en los cuales la personalidad de Romero era incuestionable; un hombre que como arzobispo no se acomodó. Eso les pegó fuerte a las clases más ricas de El Salvador. Le quisieron regalar casa, carro, cositas, y con toda discreción y elegancia él agradeció. O sea, no era un obispo tradicional, sino un obispo como los tiempos lo demandaban. Increíble. Es lo sensacional del Arzobispo Romero, no sus discursos sino su forma de ser y su personalidad. Acostumbrado a ver obispos y arzobispos en la casa de mis padres me di cuenta que este hombre era verdaderamente singular.
En segundo lugar, José se fue a vivir realmente con los más desvalidos a una casa hospital en donde le pidió a las religiosas Carmelitas Descalzas que ya casi todas murieron, que le acogieran, que lo recibieran entre los enfermos más pobres y terminales del hospital.
Mire, eso en El Salvador de la época, en la época de 1970 donde la gente de muchos recursos disponía de las voluntades de cualquiera en esos momentos y también de las voluntades de mucha gente de las iglesias en el país… fue una bofetada. No se acomodó. Se fue a vivir realmente con los más desvalidos y no se intimidó; fue un Arzobispo sin miedo como lo bautizaron en el New York Times en aquella época. El primer artículo que salió en el New York Times de El Salvador después del año ’32 era ese ‘Un Arzobispo sin Miedo’.
Tanta gente pobre que no tiene cómo ni con qué pagar servicios jurídicos tan esenciales para sus derechos, tanta gente pobre que se cobijó en su ayuda protectora, conflictos de tierras, conflictos laborales, causas penales, conflictos en las cárceles, despojos, líos sindicales, embargos injustos. Esa acumulación que la fue expresando en el púlpito; que la fue expresando en el magisterio, dijeron: ‘con este hombre no podemos realmente’
Ahora, por supuesto que la homilía del 23 de marzo, es de las pocas que yo asistí personalmente, fue impresionante. En ella el Arzobispo Romero en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, lanza un mensaje contundente de lo que eran en aquel entonces la proclamación de derechos humanos sin que existieran cortes ni comisiones, ni convenciones, ni protocolos, ni tratados más que la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Pero no solamente fue la proclamación, sino también la conminación a las autoridades judiciales precisamente a insubordinar a las bases del ejército a fin de que no cumplieran una orden de matar. Ese fue el sentido.
No se imagina la discusión que tuvimos la noche anterior, el sábado, cuando él decidió hacer un llamamiento -no sabíamos como lo iba a hacer él, pero él quería en aquel entonces, pedirle a los soldados, a los militares intermedios que no mataran. Usted pídalo, pero él terminó al final exigiendo. Les ruego, les suplico, les ordeno, en nombre de Dios, cese la represión, cesen de matar.
Ese llamamiento fue por supuesto como la gota que rebalsó la paciencia de los sectores más fuertes del país.
Al día siguiente, lunes 24 de marzo, hablamos por teléfono con el Arzobispo y me pidió ir a verlo al mediodía para discutir un documento y preparar por supuesto la defensa del Arzobispo ante los aparecimientos en los periódicos del comité de prensa de la fuerza armada indicando y señalando que el Arzobispo Romero había cometido delito, y delito de justicia militar.
JZ.- ¿Conocemos, finalmente, a todos los responsables del asesinato de Monseñor Romero?
RC.- Hay una lista de 12 a 15 personas que aparecieron en todos los procesos que sin duda se levantaron. El más confiable es el proceso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, es el Caso 11481 que siempre lo tengo a la mano y lo estudio, donde se hace diríamos, todo un informe y se presenta todo tipo de investigaciones que se llevaron adelante en el caso del Arzobispo. No hay un listado específico de acusaciones. Luego la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas investigó el caso del Arzobispo Romero también. Nunca jamás se abrió un expediente judicial en El Salvador.
El expediente a la muerte de él en el Juzgado 4° de lo penal, prescribió. Usted sabe a los 15 o 20 años de una acción penal prescribe, no se extingue la responsabilidad, pero sí la persecución del delito. Sé que en Estados Unidos abrieron procesos, en uno de ellos se menciona a Álvaro Rafael Saravia, que estaba involucrado y mencionado frecuentemente dentro de las listas, pero no hay certeza, con pruebas fehacientes, es decir, si ésta persona fue la que asesinó al Arzobispo Romero.
Yo estuve ahí en el sitio del asesinato, en el altar, en la investigación entre las 9 y las 3 de la mañana aproximadamente y la policía no colaboró en absoluto; al contrario no confiábamos en la policía de hace 30 años. En esa época no había métodos científicos para seguirlos en ese momento. Se dice por supuesto que un grupo de militares, entre otros el mayor Roberto D’Aubuisson confabularon y complotaron para asesinar al Arzobispo. Ahí hay testigos de ese complot, hay civiles involucrados también en esas listas. Pero a ciencia cierta el Arzobispado de San Salvador y la Iglesia Católica del país han seguido atentamente todas las investigaciones que se han hecho y como le digo, una de las más cercanas es la recensión que hace la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la ejecución del Arzobispo. En ese caso dicen que fue un escuadrón de la muerte.
Usted me diría, bueno y por qué usted no tiene datos más fehacientes, datos más probados a pesar de que fui uno de los que representó en el primer momento a la Iglesia en el juzgado 4° de lo penal. Mire, fue un hecho conocido, pero un hecho con el que todos tenían temor de meterse en El Salvador.
JZ.- Usted sabe que existe interés de parte de un sector significativo de la iglesia salvadoreña de lograr la canonización de Monseñor Romero, de declararlo santo, ¿usted concuerda con eso habiendo conocido al hombre?
RC.- A mí me llevaron a declarar al proceso de canonización como testigo de su trabajo en derechos humanos. Me costó mucho porque, mire francamente le digo que no creo en santidades ni en santos. A él lo conocí como una persona muy humana, muy digna, de convicciones democráticas. Siempre nos decía Romero que cuando le preguntaban a él qué era la democracia, decía que era la sociedad en la que no solo es declarado ni permitido ser persona, sino que es exigido ser persona y con derechos de ciudadanía. El hecho de que él haya colocado la dignidad humana en el centro de lo que es cualquier gobierno con un pensamiento lúcido, estratégico y precursor, creo que él si fue realmente el inventor y el pionero de la causa de derechos humanos en El Salvador. Yo no le puedo decir francamente a usted José, qué criterios son para la santidad o para la canonización de Romero. Sí quisiera que estuviera en los altares desde mi fe cristiana. Creo en símbolos, en identidades, y Monseñor Romero es eso: símbolo, identidad de la historia de El Salvador y de quienes le tratamos de cerca, yo tuve la dicha enorme de tratarlo de cerca, le recordamos con afecto y como le digo, echamos de menos la permanencia de su ejemplo y sus enseñanzas, hoy en este momento en que hay un vacío ético en las relaciones políticas, sociales en nuestra América también.
Santo o no, el pueblo ya lo hizo parte de su símbolo y de su identidad de fe cristiana ahora.





























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