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Madrid, España
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La imagen del otro en la prensa escrita

Publicado el : 12 Enero 2010 - 4:00 de la tarde | Por Redacción Internet (http://www.radionederland.nl)
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En el actual contexto global, el diálogo intercultural supone un esfuerzo constante para dar sentido a nuestro mundo plural eliminando las condiciones que crean una polaridad entre ‘nosotros’ y ‘ellos’.

 
 
 
Rosa Meneses *
 
Los prejuicios y estereotipos se encuentran en la sociedad y la prensa los reproduce. También influida por su propia naturaleza, la prensa escrita nos aporta explicaciones de la realidad estereotipadas y simplificadas y donde prima la violencia, la tensión y los conflictos de identidades y religiones. Sin embargo, los estereotipos y simplificaciones se reproducen también al otro lado. Oriente y Occidente se miran con desconfianza. Los medios de comunicación de uno y otro lado deberían presentar la información de forma más responsable, favoreciendo un clima de tolerancia y de diálogo. Los esfuerzos, además, deben verse reflejados en la educación de nuestras sociedades, con la formación de una opinión pública cosmopolita y de ciudadanos con espíritu libre.
 
1   Introducción
El mundo tal y como hoy lo conocemos, existe precisamente por el cruce de culturas, de fronteras. No hay una cultura aislada de otra, no hay una cultura homogénea y estática. Es necesario hoy un imperativo intercultural para comprender la diversidad del mundo contemporáneo. Debemos buscar nuestra pluralidad basada en nuestras diferencias y divergencias y no a pesar de ellas. Como señala el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo, “el futuro de nuestra civilización global en este frágil y vulnerable planeta depende de nuestra capacidad para vivir juntos –con nuestras diversidades–, si no en armonía, sí al menos con capacidad para el diálogo y el entendimiento mutuo. En el contexto del actual clima internacional, el diálogo intercultural ha adquirido un nuevo sentido” (Jahanbegloo, 2007:18). Según este pensador, “el diálogo intercultural no supone una imagen idealizada del mundo, sino un esfuerzo incesante para dar sentido a nuestro mundo plural eliminando las causas y condiciones que crean y perpetúan las polaridades de esos ‘nosotros’ y ‘ellos’” (Jahanbegloo, 2007:20). Dos actitudes son claves en este diálogo: la tolerancia y la responsabilidad. Tolerancia para no interferir en las formas de vivir o pensar de los demás y responsabilidad para ser receptivo a la “otredad”.
Conseguir los mecanismos mentales para ejercer tolerancia y responsabilidad debe ser tarea de la educación. Es el sistema educativo el que debe enfocar sus esfuerzos y enseñanzas para promover actitudes de tolerancia, responsabilidad y conocimiento en nuestras sociedades. Sin embargo, la construcción de estas actitudes se ve influida por otros elementos, como la familia, el entorno social o los medios de comunicación, que interactúan a lo largo de nuestra vida. Analizamos aquí el papel de éstos últimos y, en concreto el de la prensa escrita, en la construcción de lo que llamanos la mirada del otro.

 
2   ‘Mala prensa’ y ‘Lenguaje colateral’
Los periodistas tenemos muy mala prensa. Si los pueblos se enfrentan entre sí, si no se conocen, si no se toleran, los responsables somos los medios de comunicación. Desde las ONG y los think tank internacionales se elaboran guías y libros de estilo para periodistas y cómo tratar la información sobre minorías, inmigración o diálogo entre culturas. Nadie elabora, sin embargo, manuales de estilo para ciudadanos con espíritu libre. No hay que dejar todo este trabajo en manos de los medios de comunicación. Los periodistas no son lo únicos responsables de que las sociedades o los individuos se dobleguen a actitudes intolerantes o racistas. Hay muchos factores en los que deberíamos trabajar.
 
Dicho esto, lo que sigue es una valoración crítica del papel de los medios de comunicación y en concreto de la prensa escrita en el diálogo intercultural y en la elaboración de esa mirada del otro. Efectivamente, hay muchos ejemplos que pueden confirmar el papel malévolo de los medios en este sentido: durante los conflictos en los Balcanes o el genocidio de Ruanda, los medios han incitado sistemática y conscientemente al odio, a la depuración étnica, al genocidio.
 
Los atentados del 11-S marcan un nuevo hito en el papel de los medios de comunicación a la hora de favorecer conflictos y fabricar una mirada del otro que justifica la violencia. Proliferan asociaciones binarias de ideas como “civilización contra barbarie”, el “bien y el mal”, se contraponen términos como “guerra justa” a “guerra santa” y se acuñan expresiones que aún forman parte de las leyendas de la prensa escrita como “guerra contra el terror”. El presidente de EEUU George W. Bush y su secretario de Estado Colin Powel contribuyeron entonces a esa imagen del otro visto como “incivilizado”, “irracional” o “bárbaro”. La guerra de Irak, en 2003, no hubiera tenido lugar si los medios estadounidenses no se hubieran transformado en “armas de destrucción masiva”, como dice el periodista e investigador Jean-Paul Marthoz. En palabras de una periodista de Newsday: “La televisión americana no cubre la guerra. La promete”.
 
Tanto en el caso de Irak como en el de Afganistán, se utilizó la tiranía de la retórica para justificar la guerra. Se llegó a recurrir a ideas poderosas y abstractas para contraponer ‘ellos’ y ‘nosotros’. Palabras como libertad, civilización, terrorismo, maldad… El lenguaje como arma de destrucción masiva provocó daños colaterales y se acuñó por entonces la expresión “lenguaje colateral” para referirse a los significados añadidos a ciertos términos en tiempos de conflicto o crisis. Así pues, no son sólo los medios los que determinan cómo vemos el mundo en general, nuestra imagen del otro, sino que es el lenguaje el que actúa como un factor en la formación de nuestras percepciones del mundo. El problema, pues, al margen del mal uso de la prensa, es nuestra propia actitud crítica. Rara vez nos oponemos o cuestionamos el significado de algunos términos: todos estamos de acuerdo con palabras como libertad, justicia, civilización y todos nos oponemos a la maldad y al terrorismo.
 
 
3   La imagen del otro y percepciones truncadas
En 2006, la crisis de las caricaturas de Mahoma puso a la prensa y su pretensión de ejercer la libertad de expresión en el ojo de la tormenta de la actualidad internacional. Las distintas percepciones sobre el papel de los medios se enfrentaron violentamente a uno y otro lado de nuestra frontera cultural. A medida que el debate evolucionaba, se centró no tanto en una cuestión política, sino en una confrontación de valores y concepciones culturales: democracia, libertad de expresión, tolerancia (Navarro, 2008: 255-275).
 
            En general, la prensa presenta informaciones sobre el otro donde prima la violencia y la delincuencia, se presenta la inmigración como “un problema” o “una necesidad” o se explican las relaciones entre Oriente y Occidente como un foco de tensión y conflicto. Y todo, presentado de forma descontextualizada y aislada de los procesos políticos, culturales e históricos de las sociedades. La propia naturaleza de los medios de comunicación, en los que se destacan acontecimientos que constituyen una excepción en nuestro sistema de valores, tampoco ayuda a ello[1].
 
Cada día, en la información que se publica sobre migraciones, sobre religiones, sobre el conflicto palestino israelí, sobre los enfrentamientos en cualquier parte del mundo, la prensa es acusada de acarrear estereotipos que aseguran la persistencia de percepciones automáticas y por defecto, que degradan y mutilan la identidad compleja de las sociedades y de las personas. El fenómeno no es nuevo. Basta recordar ensayos como Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maalouf, para ser consciente de la existencia de “percepciones truncadas”. También hay ejemplos en el otro lado. Así describía el escritor sudanés Tayeb Saleh el desconocimiento sobre Europa y los prejuicios arraigados en la población sudanesa, en su novela Época de migración al norte:
 
“Todos me hacían preguntas y yo les preguntaba a todos. Querían saber cosas de Europa: ‘¿Se parecen a nosotros o son diferentes?’ ‘¿La vida es cara o barata?’ ‘¿Cómo pasan el invierno?’ ‘Dicen que las mujeres no llevan velo y que bailan en público con los hombres’. Was er-Rayes me preguntó: ‘¿Es verdad que no se casan y que el hombre vive con la mujer en pecado?’
 
Me hicieron muchas preguntas, a las que contesté lo mejor que pude. Se quedaron atónitos cuando les dije que los europeos, salvo pequeñas diferencias, eran exactamente igual que nosotros, que se casan y educan a sus hijos según sus costumbres y que son honrados y, en general, buena gente.
-¿Hay agricultores entre ellos? –me preguntó Mahchub.
 
-Sí –le respondí-, algunos son agricultores; hay de todo: obreros, médicos, campesinos y maestros; igual que entre nosotros.
Preferí no decir lo que se me estaba ocurriendo: ‘Son exactamente como nosotros. Nacen y mueren, y en su viaje de la cuna a la tumba persiguen algunos sueños que se hacen realidad y otros que nunca se logran. Tienen miedo a lo desconocido, buscan el amor y aspiran a conseguir la felicidad en el matrimonio y con los hijos. Unos son fuertes y a otros se los considera débiles. A algunos la vida les ha dado más de lo que se merecen y otros, en cambio, carecen de lo más elemental. Pero las distancias se van acortando y hay cada vez menos débiles’. Eso no se lo dije a Mahchub –ojalá se lo hubiera dicho, porque era una persona inteligente-, pero en mi vanidad creí que no lo iba a entender”. (Saleh, 2002: 15-16)
Los prejuicios y el desconocimiento son mutuos. Están a uno y a otro lado. Los estereotipos son de ida y vuelta. Recuerdo una entrevista en diciembre de 2005 con la única mujer candidata de los Hermanos Musulmanes en las elecciones parlamentarias de ese año, Maqarim al Deri. Tenía 55 años, era profesora de Literatura Árabe en la Universidad de Al Azhar. Era una persona culta y preparada, y una líder social. Pero tenía una visión de Occidente que responde a los estereotipos que allí se tienen de los europeos: una sociedad sin valores, donde los hombres no se responsabilizan de sus familias, donde el vicio es degradante, hay madres solteras… Esta era su descripción de nuestra sociedad europea. “Creo que en Occidente no existe la institución de la familia. Hay violencia contra las mujeres, divorcio, violación. Esto no existe en un país musulmán. Las mujeres están sufriendo problemas que Occidente no resuelve. El sida proviene de la libertad sexual”, me dijo. La visión de Al Deri es compartida por algunos sectores que forman parte de grupos de ideología islámica, como los Hermanos Musulmanes de Egipto. El propio líder de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Mehdi Akef, me dijo en una entrevista que no conocía el proyecto de Alianza de Civilizaciones[2].
 
 
El abismo en la percepción del otro está en ambos lados de nuestras fronteras imaginarias. Una encuesta mundial realizada por el Proyecto Pew sobre Actitudes Globales, mostraba qué estereotipos se manejan entre musulmanes y occidentales. Para los musulmanes, los occidentales son sobre todo egoístas y arrogantes, mientras que para los occidentales, los musulmanes son principalmente fanáticos y violentos. En España, el 83% opinaba que los musulmanes son fanáticos y el 60% que son violentos. El barómetro del CIS de 2003 arrojaba un triste dato: el 58% de los españoles relaciona inseguridad ciudadana con inmigración. Según el barómetro del CIS de septiembre de 2009, la inmigración supone el cuarto “problema” que existe actualmente en España, por detrás del paro, la economía y el terrorismo de ETA.
 
 
4   Cubriendo el islam
En numerosos entornos se acusa a los medios –sobre todo a los occidentales– de difundir estereotipos degradantes y prejuicios humillantes durante los flujos de actualidad. Investigadores e intelectuales importantes han dedicado sus esfuerzos a denunciar la propensión de los medios occidentales a caricaturizar al otro. El lenguaje divide al mundo en buenos y malos, nosotros contra ellos. En este contexto, la crisis financiera global y el terrorismo yihadista son fenómenos preocupantes que polarizan a la población. Edward Said constataba en los años 80 que el mundo “había vuelto a dividirse entre Oriente y Occidente” y ya advertía de los estereotipos y etiquetas en torno a la información sobre el advenimiento de la Revolución Islámica en 1979:
 
“Si la crisis iraní es regularmente mostrada en televisión por medio de imágenes de masas ‘islámicas’ entonando cánticos, aderezadas con comentarios acerca del ‘antiamericanismo’, la distancia, la falta de familiaridad y el tono amenazador del espectáculo limitan el ‘islam’ a estas características, todo lo cual alimenta a su vez la sensación de que nos enfrentamos a algo en esencia rechazable y negativo. Dado que el islam está ‘en contra’ de nosotros y ‘allá lejos’, la necesidad de adoptar una respuesta violenta también por nuestra parte no será cuestionada” (Said, 2005: 145)[3]
 
 
Sin embargo, la crítica puede extenderse a la cobertura de África y de América Latina. Los estereotipos de violencia, conflicto y criminalidad son dominantes en todas estas regiones y sus ciudadanos residentes en Occidente siguen acarreando estos estigmas. Cuando no son los sujetos de la violencia, se les trata como eternas víctimas.
 
Además de la violencia, está la importancia que se le da a la identidad religiosa. El escritor Amin Maalouf afirma: “Existe la tendencia de conceder demasiado valor a la influencia de las religiones sobre los pueblos y su historia y demasiado poco a la influencia de los pueblos y su historia sobre las religiones” (Maalouf, 2005: 74). Existe la tentación en la prensa de presentar y explicar los conflictos en clave religiosa. El ejemplo paradigmático es el del conflicto palestino israelí, del que los estereotipos nos dicen también que es un conflicto “eterno”. Nada más lejos de la realidad: se trata de una disputa por la tierra que no tiene más de un siglo de vida. Dejarnos dominar por los estereotipos revela la falta de lectura crítica y de una formación como ciudadanos cosmopolitas.
 
 
Hay muchos otros estereotipos en torno al islam y a los árabes. Entre ellos está la consideración del mundo árabe como un todo homogéneo, sin tener en cuenta que cada país y zona geográfica ha vivido procesos históricos distintos. Está el falso mito de que el árabe es una sola lengua homogénea (pocos conocen que hay multitud de dialectos). Y están incluso los que piensan que ser árabe y ser musulmán es lo mismo. Un reciente estudio sobre la población musulmana en el mundo demostraba la ignorancia generalizada sobre dónde se concentran geográficamente los fieles al credo de Mahoma. En este estudio, realizado por el Pew Forum on Religion and Public Life, se hacía la revelación de que dos tercios de los musulmanes del mundo viven en Asia y se concretaba que la población musulmana asciende hoy en día a 1.570 millones (uno de cada cuatro habitantes del planeta). Brian Grim, uno de los investigadores del estudio reconocía al periódico The Guardian: “Para la gente que hace este tipo de trabajo [los expertos en el tema] quizá los datos no son una sorpresa, pero hay mucha gente con una educación de alto nivel que no sabe que una de cada cuatro personas en el mundo es musulmana”.
 
 
El escritor egipcio Alaa Al-Aswany constataba en un reciente artículo que el tratamiento político y mediático de los musulmanes que se hace en Europa y EEUU está lleno de prejuicios y doble rasero. Pero a ello contribuyen también los que hacen una lectura retrógrada de su cultura y su religión. “Tenemos la obligación empezar por nosotros mismos. Debemos rescatar al islam de todas las tonterías, falsedades e ideas retrógradas que se han asociado a él sin ninguna base. La solución es la democracia” (Al-Aswany, 2009).
 
 
5   Realidad, proximidad
Podemos decir que hay medios y medios. Que la BBC no tiene nada que ver con la RAI de Berlusconi, que Le Monde no es el amarillista Bild Zeitung o que Política Exterior no es el tabloide Daily Mail. La oferta de prensa de calidad es hoy más amplia que nunca, pero el problema es que llega a sólo una parte muy minoritaria de la población. La socialización de la información tampoco ayuda. Por un lado, se ha democratizado el monopolio de la información y millones de blogueros pueden desafiar la censura de los estados o de los medios escritos dominantes a través de sus blogs, Facebook, Twitter o YouTube. Por otro lado, desafortunadamente esto funciona también para informaciones perversas[4]. Ya no existen los filtros, para bien y para mal.
 
 
Dicho esto, ¿por qué la prensa presenta la realidad de forma imperfecta y a veces errática? Para entender mejor qué está ocurriendo debemos entender la propia naturaleza de los medios, así como la manera en que éstos seleccionan las noticias. El Periodismo privilegia la proximidad, las informaciones que nos pueden resultar cercanas o los acontecimientos con los que nos podamos identificar. Se trata de una proximidad no sólo geográfica, sino también emocional, religiosa o cultural. Por otro lado, según explica Herbert Gans, la actualidad internacional también confirma la diferencia con el otro. 
Estas son algunas reglas y jerarquías que aplican los medios de comunicación a la hora de seleccionar y tratar las noticias.
 
1.   La primacía del espectáculo. Los periódicos son empresas cuyo fin es vender. De ahí que primen unos contenidos a otros y que sobre todo ofrezcan espectáculo y rarezas. El lema es ofrecer al público lo que demanda. Y aquí tenemos otro dilema: si los periódicos deben educar al público o si deben simplemente reflejar lo que sus lectores quieren leer.
2.   La geopolítica de la emoción. El término acuñado por Dominique Moïsi explica cómo la información internacional describe un mundo atormentado en el que prima el sentimiento de inseguridad y desconfianza.
3.   La necesidad de presentar discursos y actitudes reconocibles. Por ejemplo, la cobertura de las manifestaciones en Irán, que se han presentado como una lucha por la libertad y contra un régimen. Pocos medios explicaron que la “revolución verde” no pretendía derribar los cimientos de la República Islámica. Frente a estas ideas reconocibles y afines al discurso occidental sobre la democracia, tenemos otras realidades que suscitan nuestro rechazo y desinterés (los rebeldes chechenos, los islamistas argelinos…).
4.   La tiranía del espacio. La necesidad de simplificar la realidad para explicarla en una crónica de 400 palabras. El espacio en los periódicos es muy reducido, de ahí que el periodista disponga de poco texto para explicar realidades complejas y contextualizarlas. Se tiende, entonces, a simplificar, para poder explicar de forma sencilla a un público general no especializado realidades lejanas y ajenas a ellos. En algunos medios, la presencia de la información internacional está reducida a mínimos.
5.  El uso de estereotipos. La simplificación conduce al uso de estereotipos y de etiquetas. También a generalizar. Por ejemplo, cuando se explica el conflicto de Oriente Medio, se suele decir que es “eterno” y se suelen destacar los problemas religiosos, dando lugar al falso mito de que se trata de un conflicto entre musulmanes y judíos.
6.  La precarización del trabajador periodístico. Los periodistas trabajan a veces en una realidad laboral precaria, lo que va en perjuicio también del resultado de su labor. Por ejemplo, son numerosos los colaboradores y freelance en zonas de conflicto que trabajan para varios medios distintos y que cobran a la pieza.
7.  Urgencia. El periodismo es un oficio marcado por la urgencia, la última noticia. Los periodistas tienen poco tiempo para preparar y contrastar una información.
8.  Desconocimiento, falta de formación y de especialización. La mirada del lector estará determinada por la mirada del periodista. Su formación y sus carencias son, pues, determinantes.
La prensa selecciona y simplifica la realidad. Es decir, muestra sólo una parte de la realidad. Por tanto, es un error pensar que lo que ofrecen los medios de comunicación es la única realidad existente: hay muchas. No hay que fijarse sólo en los temas de los que hablan los medios, sino también en aquello que no nos cuentan. En el silencio también hay información. Sobre ello hay excelentes trabajos que analizan las llamadas “crisis olvidadas” y el porqué de esta situación: intereses políticos, la agenda informativa, carencia de fuentes...
 
Hay, además, otros actores que influyen en la agenda informativa y que, al constituirse en fuentes de información y generadores de noticias también imponen una determinada mirada del otro. Algunos de ellos son las ONG, los poderes (gobiernos y grupos empresariales) y los líderes de opinión e intelectuales (pensadores como Samuel P. Huntington o Bernard Lewis, por ejemplo, priman una determinada visión maniqueísta sobre los otros).
 
 
6   Conclusión
Parafraseando al gran reportero polaco Ryszard Kapuscinski, el verdadero sentido del Periodismo es cruzar fronteras. Los periodistas somos buscadores de contextos con los que explicar lo que sucede en nuestro mundo. Nuestra labor es cruzar esas fronteras que nos separan y tender puentes a uno y otro lado. El Periodismo debe recuperar su verdadero sentido y vocación. Tanto en la información internacional como en la información nacional (en el tratamiento de los temas relacionados con la inmigración y la interculturalidad, sobre todo) estas son algunas reflexiones sobre cuál debe ser el papel de la prensa de uno y otro lado en la formación de una opinión pública cosmopolita:
 
·  En la información debe primar siempre un clima de tolerancia.
·  Contextualizar y contrastar las fuentes.
·  Recuperar el papel de los medios de denuncia de las injusticias y los abusos de poder.
·  Dar voz a los protagonistas.
·  Separar la información de la opinión.
·  Promover medios plurales para fomentar la paz.
·  Fomentar los flujos de información sur-norte. Contar con fuentes de países del sur.
·  Más relación entre periodistas y expertos para deconstruir estereotipos y falsos mitos.
 
 
Los esfuerzos en los medios deben además verse reflejados en la sociedad. Los estudios y las encuestas que hemos citado a lo largo de este documento muestran que los estereotipos y los prejuicios hacia el otro están en la sociedad. Si no creamos, a través de la educación, individuos con inquietudes críticas y cosmopolitas, difícilmente los medios de comunicación, por sí solos pueden crear opiniones públicas donde primen los valores de tolerancia y respeto. Luchar contra los estereotipos depende de los ciudadanos, de los políticos, de los intelectuales, de las asociaciones y organizaciones no gubernamentales, de las universidades. Por tanto, en el desafío del diálogo intercultural, el reto fundamental es la libertad, puesto que tal y como sostuvo Jean-Paul Marthoz en una conferencia en la Universidad de Andorra en septiembre de 2009, “no hay respeto sin libertad”. “La prioridad no es la alianza de civilizaciones, sino la alianza de los espíritus libres”, señaló. Como señala Al-Aswany, la solución es la democracia.
 
 
7   Agradecimientos
Me gustaría agradecer las aportaciones, ideas y consejos de Jean-Paul Marthoz, periodista, director de la revista Enjeux Internationaux (Bruselas) e investigador sobre Periodismo e Información.
 

* Rosa Meneses es periodista de El Mundo, especializada en Oriente Medio

 

[1] Es conocida la norma de que no es noticia que un perro muerda a un niño, sino que un niño muerda a un perro.

[2] Entrevistas presenciales realizadas para el diario El Mundo y publicadas en diciembre de 2005.

[3] Cito la edición española a la obra que Said publicó en 1981 en EEUU.

[4] Un ejemplo reciente –aunque ajeno a la prensa escrita– lo tenemos en un vídeo difundido por YouTube que venía a exponer que en menos de 20 años el islam habrá borrado la cultura europea cristiana mediante la bomba demográfica. La información ofrecía datos falsos y alarmantes sobre el islam en Europa para acabar con las frases: “Es tiempo de despertar” o “Llamada a la acción”. Véase el link: http://www.youtube.com/watch?v=7EDSRApVTys&feature=related

 

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