Felix Bakker vivió muy de cerca la guerra en las Indias Orientales Neerlandesas. Peleó contra los japoneses, sobrevivió trabajos forzados en la construcción de la línea férrea en Birmania y los bombardeos en Tailandia.
Este fin de semana se conmemoran 65 años de la capitulación japonesa, que marcó el fin del conflicto bélico en las antiguas colonias holandesas orientales.
Felix Bakker nació el 26 de octubre en Batavia, conocida actualmente como Jakarta. Consciente de que los japoneses no tardarían en atacar las colonias holandesas en Indonesia, decidió enrolarse a los 16 años como voluntario en la Infantería de Marina Holandesa.
Madre patria
Bakker recuerda que ya entonces “se capturaba a pescadores japoneses con aparatos de radio y emisoras. Las unidades de combate niponas estaban muy cerca. Las Indias Orientales eran mi patria y quería defenderlas”
El joven Bakker recibió un curso intensivo de tres meses en la Infantería de Marina. Si los aliados eran derrotados en la batalla del Mar de Java, el 28 de febrero de 1941, Java, que era la última fortaleza holandesa quedaría a merced de las tropas japonesas.
Más y más enemigos
La unidad de Bakker quedó tras las líneas del Real Ejército Holandés de las Indias Orientales (KNIL). Una vez abierta una brecha en las líneas niponas, la misión de los 37 infantes de marina holandeses sería neutralizar a las unidades enemigas.
“Estábamos en las líneas,” narra, “cuando apareció una unidad del Real Ejército completamente extenuada y desmoralizada. El oficial a cargo nos informó que frente a nosotros había aún más enemigos. Ya no quedaban líneas holandesas. Nuestras escaramuzas habían logrado retrasar en algo al Ejército japonés, pero su superioridad numérica era enorme”
Fusilamientos
La unidad de Bakker se replegó hacia la costa meridional de Java. Después de la capitulación las tropas holandesas decidieron entregarse a los japoneses. Bakker fue a parar a un campo de prisioneros en Malang. Los japoneses dejaron claro de inmediato que no estaban para burlas. Cinco holandeses fueron fusilados cuando se les sorprendió intentando fugarse del campo.
Posteriormente, Bakker fue trasladado en barco con un grupo de prisioneros de guerra a un campo en Singapur. No pasó mucho tiempo hasta que se confirmaran los rumores de nuevos traslados a Tailandia o Birmania. “ No sabíamos que iba a pasar con nosotros. Tampoco era lo que más nos preocupaba. Iba en un tren hacinado hacia Tailandia con apenas agua para beber en un calor infernal”.
Vía férrea birmana
Bakker llegó a trabajar a la tristemente célebre vía férrea de Birmania. El holandés trabajaba de sol a sol rompiendo rocas con una picota, arrastrando piedras y arena bajo un sol calcinante. “Aprendí realmente lo que es tener sed. Tenía alucinaciones con grifos de donde manaba agua, deliciosa agua refrescante que podías beber a destajo, beber, beber, beber”.
Para Bakker lo peor de todo es lo que él llama el “período speedo” “ La vía férrea tenía que estar lista para fines de 1943. Los japoneses no paraban de gritar “speedo, speedo”, más rápido, más rápido. Éste fue el momento más duro para nuestra salud mental. Más tarde llegaron miles de convictos asiáticos destinados al trabajo forzado. Cada vez eran más los que caían muertos por la explotación, la inanición, la malaria y la disentería”.
Lujo de primera
Falta aún mucho para el fin de la guerra. Terminada la “vía férrea de los muertos” a fines de 1943, Bakker debe trabajar en la edificación de un hospital de campaña para prisioneros de guerra. Levantar barracas. También trabaja en la cocina y en el equipo de mantenimiento.
“Allí había comida suficiente y tablas para recostarnos; era un lujo de primera”.
Con los bombardeos aliados en Tailandia se volvieron a complicar las cosas para Bakker, quien esta vez es enviado a un campo de prisioneros junto a un puente del río Kwai, entonces un objetivo estratégico para los estadounidenses.
La llegada de los aliados significaba esperanza, pero a la vez un nuevo peligro que enfrentar.
“Hubo momentos terribles, de mucho miedo. Las esquirlas de las bombas volaban por todo el campo. Pero entonces comprendimos que esa guerra no duraría mucho más,“ señala.
Bakker pasó los últimos meses de su cautiverio en un campo de Prachuap Khiri Khan, en la costa tailandesa. Un día, los estudiantes tailandeses salen a gritar que los japoneses han sido derrotados. Dos días después el campo es visitado por un oficial holandés y otro inglés, quienes les comunican oficialmente el fin de la guerra.
Libertad y comida
“Fue realmente un momento de euforia, que no he vuelto a vivir de esa manera. Tres comidas al día, circular libremente. Nos llevan por fin a un dormitorio común. Nos facilitan unas tablas para dormir. Ya las habíamos probado en un hospital, pero éstas estaban lijadas, más lujosas. pulidas, brillantes, tablas de color caoba.. Fantástico. Aún ahora, 65 años después, pienso casi cada día en ese momento”.





























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