Más que una conmemoración es un recuerdo. El día de la liberación holandesa es el cinco de mayo. Los actos solemnes comienzan a las veinte horas del día anterior. Una enorme campana, en la planicie de Waalsdorper Vlakte, donde fueron fusilados miembros de la resistencia, llama al recogimiento, convoca a la memoria de quienes perdieron la vida en la peor conflagración de que se tenga memoria.
La mayor parte de las víctimas fueron, como siempre, civiles inocentes que dejaron sus huesos en los campos de concentración a donde habían sido deportados como judíos o como esclavos para trabajar en las fábricas de la guerra nazi. Otros murieron en manos de la Gestapo por sus actividades en la Resistencia. El resto se fue como consecuencia del hambre o la pena.
No se dice, pero los tañidos también persiguen a las conciencias de quienes fueron colaboradores del Tercer Reich. A empresarios que medraron con la guerra; a banqueros que se quedaron con la plata de los perseguidos; a partidarios locales del nacional socialismo que traicionaron a los suyos y a la causa de la libertad.
Por la planicie verde de Holanda se expanden las reverberaciones de la campana. Sus ecos alcanzan bunkeres de hormigón que los soldados alemanes construyeron para vigilar la tierra ocupada. Hoy son tristes residuos que permanecen en pie como testimonio oscuro de lo que aquí pasó.
En un canal de Amsterdam, en pleno centro de la capital, la Casa de Atrás continúa recibiendo visitas todo el año. Es una peregrinación de millones de niños, jóvenes y ancianos que quieren ver con sus propios ojos el escondite. Quieren captar las energías volátiles que permanecen en los intersticios del cubículo. Pretenden imaginarse lo inimaginable: cómo vivió esos años de clandestinidad la pequeña Ana, la familia Frank y sus allegados; que sintió cuando se la llevaron en el camión...
Hay pueblos que quieren olvidar para poder vivir. Hay otros, como éste que desea fervientemente recordar porque ha aprendido que las raíces de la intolerancia se hunden en esa manía de sobrevalorar la identidad propia como si no tuviésemos nada en común ni nada que compartir con nadie.
Para los holandeses las recientes manifestaciones de limpieza étnica en los Balcanes, en pleno corazón de Europa, es una voz de alarma. Cuando comenzamos a separar lo limpio de lo sucio, rápidamente se pasa a distinguir entre lo humano y lo inhumano, entre el valor y el desprecio. De ahí a las matanzas hay sólo un paso.
Los signos son inquietantes: ante la emigración de los desheredados, cerrazón. Ante la mundialización, el nacionalismo rampante que confunde el legítimo derecho de mandar en casa, con creer que allí merece vivir sólo su propia gente. Y ahora, aquí mismo en Holanda, individuos movidos por el miedo, el desprecio y la ignorancia rayan con la Swástica.



























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