Porfirio Lobo Sosa se convierte hoy en nuevo Presidente de Honduras, en una ceremonia que se realiza en el Estadio Nacional, sin la presencia tradicional de su antecesor en el cargo, puesto que el “legítimo” Manuel Zelaya salía rumbo a su exilio y el “de facto”, Roberto Micheletti, se refugiaba en un oficio religioso.
El discurso de Lobo estuvo plagado de invocaciones a la “reconciliación”, “unidad” y “diálogo”, necesarias para intentar reconstruir un país que no sale aún de la mayor fractura institucional de su historia.
Esta vez se rompió la tradición de la presencia del Príncipe Felipe de España, infaltable en estos protocolos en América Latina, y de gobernantes de países latinoamericanos.
Solitario
Al nuevo Presidente le tocó ser un Lobo solitario pese a que intentó no serlo. El esfuerzo más significativo lo hizo a mediados de enero cuando le pidió a Micheletti que renunciara y al Congreso Nacional que diera una amnistía que permitiera la salida de Zelaya Rosales, recluido en la sede de la embajada de Brasil desde el 21 de septiembre.
Micheletti le dio un rotundo no y la única concesión final de su parte fue no ver la ceremonia de traspaso en el Despacho Presidencial, sino que en un oficio religioso. Ni a Lobo, ni a la comunidad internacional esa respuesta les pareció graciosa.
Lobo sostuvo en la ceremonia que su mandato nace del respaldo “de mi pueblo”, pero en realidad sabe que no la tendrá fácil. A la debacle institucional provocada por los acontecimientos del Golpe de Estado del 28 le siguió un desplome económico que lo convierte en un gobernante con los bolsillos rotos.
Arcas vacías
En las arcas del Estado dinero no hay, ni siquiera para cumplir las planillas del mes para la burocracia estatal, y lo que está por salir al mercado es una emisión multimillonaria de nuevos billetes que no tiene respaldo productivo y que fue ordenada por la administración Micheletti para dejar una huella histórica.
En ese sentido, a Lobo le preocupa que se mantengan las sanciones económicas y comerciales de la comunidad internacional en rechazo al Golpe. El financiamiento externo representa alrededor del 9% del PIB doméstico, pero es casi el cien por ciento de la inversión pública social, puesto que los fondos nacionales en esa área apenas cubren los sueldos de la burocracia.
Una buena noticia que recibió, entre tantas negativas, es que el gobierno de Obama le reconoció las elecciones y anunció una paulatina normalización de relaciones. Washington le pide cumplir con dos requisitos: un gobierno de integración nacional y la formación de una Comisión de la Verdad, para cumplir formalmente con el llamado Acuerdo Tegucigalpa-San José. Parece un formalismo cuando todo está consumado, pero puede representar para Lobo la diferencia entre garantizar el respaldo del mayor socio comercial o estropearlo cuando más lo necesita.
Sin embargo, al valorar los hechos, la crisis económica no es simplementeo coyuntural sino que venía desde antes del 28, pese a que el presidente depuesto Zelaya sostiene que “tuve los mejores indicadores macroeconómicos del continente”. Para el Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (FOSDEH), no gubernamental, “el país ya iba mal, y ahora va peor”.
Oportunidades perdidas
Para el FOSDEH, Zelaya desperdició al inicio de su mandato, en el 2006, una oportunidad macroeconómica excepcional para sacar a esta nación de su recesión crónica. Dispuso de una condonación multimillonaria de su deuda externa y de un galopante crecimiento de las remesas provenientes del millón de hondureños que trabajan en el extranjero.
Las remesas familiares suman unos 2,700 millones de dólares anuales, más que el conjunto de las exportaciones de los principales rubros y muy por encima de todo el financiamiento que el país obtiene vía créditos y condonaciones.
Lo que faltó, de acuerdo con los especialistas, fue una orientación estratégica para esos recursos, y eso tampoco cambió con el gobierno de facto. De hecho, la funcionaria más influyente del área económica, Gabriela Núñez, trabajó para los dos gobiernos. Con Zelaya fue Presidenta del Banco Central (2006-2007) y con Micheletti ocupó la Secretaría de Finanzas.
Lobo tiene muchos compromisos salariales y sociales acumulados en su Despacho, pero no tiene recursos para satisfacerlos. En todo caso, la receta que anuncia para salir adelante es la misma de siempre: “atraer la inversión extranjera”, y para eso escogió como Canciller a Mario Canahuati, conocido también como el “Rey de la Maquila”, quien ya había sido embajador de Honduras en Washington con un solo encargo: la firma del Tratado de Libre Comercio con EEUU.
Canahuati es un convencido de que el denominado modelo de ajuste neoliberal es correcto, pero que la falla está en su aplicación.
Golpistas y resistencia
Al margen de lo económico, Lobo tiene asignaturas pendientes en la política y en su relación con los movimientos sociales que cobraron fuerza después del Golpe. Como gobernante tendrá que ver constantemente a su derecha y a su izquierda; en la derecha, dentro y fuera de su partido, hay sectores que desconfían de su gestión por “su pasado comunista”. En los años 70 estuvo un año en la extinta URSS, mientras que desde la izquierda le califican de “golpista”.
A su favor, además de haber logrado que uno de sus hombres de confianza presida el Congreso Nacional, tiene un recurso que algunos ven como debilidad y otros como fortaleza: su tendencia a “conciliar”. Por el momento tiene al alcance del teléfono tanto a los líderes del Golpe como de la Resistencia. La duda es si bastará con ante tantos desafíos pendientes para los próximos cuatro años.




























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