No hubo sorpresa en las elecciones generales de Honduras. Porfirio “Pepe” Lobo se cobró la revancha de su derrota electoral del 2005 y ganó la Presidencia del país en unos comicios tan atípicos que su principal rival no estaba presente, ni competía, pero vagó como fantasma ideológico durante toda la campaña: el venezolano Hugo Chávez, aliado del derrocado mandatario José Manuel Zelaya.
Vea el vídeo con Porfirio Lobo:
Para analistas locales la figura del Presidente venezolano fue sobredimensionada para justificar una campaña electoral marcada por el miedo ideológico.
Lobo, sin embargo, tuvo el cuidado proselitista de no caer en la confrontación e hizo pocas referencias públicas a Chávez, aunque advirtió que “no voy a tolerar injerencias extrañas en mi país”.
Sus principales asesores, en cambio, son más categóricos, como Oscar Álvarez –anunciado como futuro Ministro de Seguridad-, quien afirmó que “en Honduras hemos derrotado a Chávez; dimos el ejemplo”.
Lobo, rico terrateniente del oriente de Honduras, padre de 11 hijos, representa el sector más moderado de una derecha ultra conservadora que se agrupa en el Partido Nacional, organización que tiene en su haber la marca histórica de protagonizar el primer Golpe de Estado que registra esta nación en 1904 y haber participado en el más reciente.
Lobo nació en 1947 y su primera militancia política, paradójicamente, la tuvo en el Partido Comunista de Honduras (PCH) e incluso sus ex compañeros recuerdan que hizo un año en la escuela de cuadros del extinto PCUS, en Moscú.
Una pregunta que cobró vigencia a medida que sus bonos presidenciables subían es ¿qué le dejó a Lobo su pasada militancia de izquierda?
Un dirigente de la resistencia al Golpe de Estado, el diputado Marvin Ponce, dijo a RNW que “le dejó disposición al diálogo y no tiene aversión a los movimientos sociales”.
Ponce no tarda en moderar su expectativa y agregar que “esa cierta inclinación social que puede conservar tiene su límite en las bases y en la dirigencia de su partido ultraconservador”.
Cuánto hay de espejismo o cuánto de realidad en la valoración política del Presidente electo depende de la fuente, pero Lobo se define a sí mismo como “alguien que respeta las reglas”.
La frase no es desechable en un país donde un Presidente Constitucional, Zelaya Rosales, fue derrocado violentamente por haberse salido del carril. El trauma democrático fue tan profundo que marcó la derrota en las urnas del gobernante Partido Liberal y su candidato, el empresario Elvin Santos.
Los gobernantes hondureños tienen licencia para hacer de todo, menos tres cosas: proponer cambios que atenten contra el modelo patrimonial de Estado, romper o atentar contra el bipartidismo y aliarse con izquierdistas. De hecho, Zelaya fue derrocado bajo la acusación de “traición a la Patria”.
Lobo lo tiene claro. Cuando se le pregunta si está dispuesto a convocar una Asamblea Nacional Constituyente para “refundar” Honduras, que es la propuesta de Zelaya y la resistencia, dice: “no es prioridad” y al pedirle cuál es la vía para enfrentar la pobreza afirma: “atrayendo más inversión”. Todo dentro de las reglas.
El problema es que su fórmula es la vigente desde siempre y es evidente que no funciona, al menos no para las mayorías. Con cerca de 80% de los siete millones de habitantes oscilando entre la pobreza y la extrema pobreza es lógico que la gobernabilidad esté sentada sobre un polvorín.
Un humorista gráfico afirmó que Lobo es el ganador de unos comicios a los que en lugar de “partidos políticos acudieron políticos partidos”. El juego de palabras es válido pero insuficiente; en realidad el conjunto de la sociedad hondureña se encuentra “partida”.
Si algo caracteriza a esta nación en la coyuntura actual es su desgarramiento interno y que no nace a partir de los sucesos del 28 de junio sino que se ha fermentado desde hace décadas, con un sistema político-económico y social excluyente que en los últimos 27 años de transición democrática no logró mejorar la calidad de vida de la sociedad en su conjunto, 65% de la cual es menor de 25 años.
“De qué nos sirve ser jóvenes en un país que sólo tiene futuro para unos pocos”, afirmó Carlos Sierra, parte de un relevo generacional que tiene lugar en el movimiento social hondureño.
Lobo lo sabe y no necesita acudir a su viejo pensamiento marxista para proponer “de inmediato, un diálogo nacional con todos, sin exclusiones para lograr un acuerdo de país”.
La duda de la oposición es si tendrá la suficiente voluntad, fuerza y autonomía política para lograrlo o si engrosará el baúl de las promesas incumplidas. En Honduras no son los políticos los que mandan, sino un reducido grupo de familias que manejan los hilos del poder, incluyendo los medios de comunicación social que confeccionan la agenda pública a su medida.
La línea divisoria entre lo público y lo privado se borró hace muchos años en esta nación centroamericana y se consolidó una elite privilegiada que algunos economistas llaman “el nuevo enclave”, en alusión al viejo enclave bananero.
Cualquier visitante más o menos atento que recorre el país advierte que la carretera de la movilidad social no tiene libre tránsito y eso ha debilitado el concepto de la democracia.
Por si fuera poco, Lobo triunfa en uno de los peores momentos que recuerda Honduras, con los militares fuera de los cuarteles, graves violaciones a los derechos humanos, un sistema político que se devora a sí mismo, una crisis económica y social galopante y una falta de confianza generalizada en la integridad y eficiencia de la institucionalidad pública.
Con el agravante, como lo afirma la socióloga Leticia Salomón, de que “el Golpe de Estado que se impuso deja la duda flotando de sí se puede repetir otra vez cuando a los empresarios y políticos se les ocurra”.
En todo caso, Lobo no podrá esperar al 27 de enero próximo, fecha de su toma de posesión, para trabajar. En su mesa tiene desafíos por resolver: qué pactar con el depuesto Presidente Zelaya, qué compromisos asumir con la oposición para la transformación nacional, cómo reconstruir mínimamente el Estado de Derecho, sí está dispuesto a crear una Comisión de la Verdad que investigue los abusos a los derechos humanos o corrupción o como superar el rechazo de buena parte de la comunidad internacional al golpe y sus consecuencias.
Si a Lobo se le hizo largo llegar a estas elecciones después de haberlas perdido hace cuatro años, más lejano se le hará el 2010 si falla en lograr para esta nación una salida a su crisis. En todo caso, sí Honduras es el espejo que refleja el futuro de América Latina, entonces el continente está en riesgo de volver al Siglo XX.
Por Manuel Torres Calderón, corresponsal en Honduras.





























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