Si bien la batalla debería ser contra la ignorancia, en el conflicto entre maestros y el Gobierno de Honduras las calles quitaron el protagonismo a las aulas, y los gases lacrimógenos a los lápices.
¿Es viable construir una democracia en un país con apenas cuatro grados de escolaridad? La pregunta surge en medio de la batalla campal que libran en Honduras el magisterio y el Gobierno por un pliego de demandas económicas y de poder en el que está ausente el tema de la calidad y equidad educativa.
“Ésta es una lucha heroica por la defensa de nuestros derechos,” sostiene Edgardo Casaña, líder del movimiento magisterial y, a la vez, Secretario General del Frente Nacional de Resistencia Popular. En réplica, el ministro de Educación, Alejandro Ventura afirma que “esto no es un problema gremial, es político e ideológico”. La cabeza de Ventura, protagonista en el pasado de muchas huelgas como ex dirigente magisterial, es la demanda más “política” de los maestros y la que el presidente Porfirio Lobo califica como “innegociable”.
Al margen de ese punto, las peticiones centrales son que el Estado pague su deuda al fondo de pensiones de los maestros y que les restituya el control de las direcciones generales departamentales de educación. Del paquete reivindicativo, lo que más mueve a la mayoría de unos 60,000 huelguistas es la suerte de su fondo de pensiones, prácticamente en quiebra luego de una corrupción ininterrumpida por años.
El Gobierno de Lobo reconoce una deuda pública aproximada de cuatro mil millones de lempiras (más de 200 millones de dólares), pero sólo está dispuesto a cancelar la cuarta parte y con bonos a diez años plazo, puesto que heredó las arcas en rojo a raíz del golpe de Estado de junio de 2009.Nadie niega el desastre financiero del fondo pero, curiosamente, nadie asume responsabilidades o hace señalamientos directos, quizá porque representantes de los gremios magisteriales y de los diferentes Gobiernos son quienes han permitido despilfarros y robos, en una historia típica de contubernio en América Latina. El fondo de pensiones es tan arbitrario y sujeto a influencias políticas, que mientras ex funcionarios de Educación o de otras instancias públicas tienen jubilaciones superiores a los cinco mil dólares mensuales, muchos apenas reciben 50. Esas cifras posiblemente son modestas para los parámetros de los países desarrollados, pero no en Honduras donde 67% de sus ocho millones de habitantes sobrevive con menos de dos dólares diarios.
¿Cómo se resolverá el conflicto? Por el momento las posiciones parecen irreconciliables, pero parece absurdo que el debilitado Gobierno de Lobo base toda su estrategia en ordenar a los policías que repartan garrote y gases lacrimógenos contra los manifestantes. Si la confrontación desgasta a los dos antagonistas, lo más probable es que la suscripción de un acuerdo sea a corto plazo. Sin embargo, el retorno a las escuelas no garantiza que los estudiantes se eduquen.
El punto que algunos analistas destacan es que, como siempre, en la mesa de negociaciones sobran las demandas económicas pero nunca aparece el desafío de la calidad educativa. Hace años que con las huelgas rutinarias se incumple la obligación de un mínimo de 200 días clase, pero alcanzar esa meta es más un formalismo deseado que un verdadero cambio en el sistema, puesto que la mayoría de los alumnos continúa asistiendo a escuelas y colegios con graves deficiencias en la enseñanza. Apenas 23% de los alumnos que lograron egresar de primaria completa los tres primeros años de educación secundaria, y uno de cada cuatro integrantes de la fuerza laboral nunca terminó el tercer grado de educación primaria. Las desigualdades aún son mayores entre la población urbana y la rural. En general la tasa de escolaridad del hondureño es de cuatro grados y sus deficiencias en conocimientos básicos le condena a ser una mano de obra barata dentro de una economía global cada vez más competitiva.
Paradójicamente, mientras que el Estado hondureño destina un promedio de 7.3% del PIB para la educación, más del doble del promedio en América Latina, 95% del monto se destina a pagar salarios y ese porcentaje no deja de crecer. Las debilidades del sistema educativo tienen como consecuencia una fuerza laboral deficiente, falta de acceso equitativo a las oportunidades educativas, debilidades en la enseñanza y el aprendizaje, elevadas tasas de deserción y repetición, mala formación y capacitación de docentes, bajo rendimiento académico de los alumnos y una politización extrema en las instancias administrativas.
La ausencia de un liderazgo político y magisterial responsable ha frustrado los intentos para resolver estos problemas, y la reforma educativa también ha sido obstaculizada por poderosos intereses corporativos que siguen apostando a que mientras menos cultura y educación, mejor. Se estima que se necesitarán décadas para que haya una expansión eficaz de centros educativos de nivel primaria y medio que provean educación de calidad a la niñez y juventud hondureña. Ante ese panorama, surge de nuevo la pregunta inicial: ¿es viable construir una democracia en un país con apenas cuatro grados de escolaridad?




























Contra las leyes de Dios y de los hombres
El director de Japón y Batalla en el cielo rodó su tercera película con el mayor de los pudores, en el seno de una colectividad religiosa radicada en el estado de Chihuahua, México, en el que un caso de infidelidad se convierte en un conflicto existencial.
Por Luciano Monteagudo
Como si hubiera querido desmentir la fama que él mismo se labró –primero con Japón (2002) y su cópula del suicida y la anciana, y luego con la fellatio en primer plano de Batalla en el cielo (2005)–, el director mexicano Carlos Reygadas decidió rodar su tercera película, Stellet Licht, con el mayor de los pudores, en el seno de una religiosa comunidad menonita radicada en el estado de Chihuahua, México. El film todo –como su título original, que significa “luz silenciosa”– está hablado en un dialecto germánico cercano al holandés medieval y al flamenco, que es el que utilizan estas comunidades agrícolas tradicionales, alejadas del mundo del consumo contemporáneo (no utilizan teléfono ni Internet) y con un escaso contacto con la población nativa. Con malicia, se podría pensar que Reygadas –sin salir de su país– cambió el exotismo mexicano por el exotismo menonita, como una forma de responder a la idea de “identidad nacional” que el director por cierto rechaza. Pero aun considerando esta posibilidad, tan afín a la excentricidad de su cine, debe decirse que hay bastante más que eso en su tercer largometraje, dos horas y media de relato que el propio Reygadas ha resumido muy bien en dos frases: “Johan y su familia son menonitas del norte de México. Contra la ley de Dios y del hombre, Johan se ha enamorado de otra mujer”.
Es cierto, en términos apenas de anécdota, poco más que eso hay en Luz silenciosa, pero en el lento transcurrir de los trabajos y los días, en la manera serena pero grave con que Johan se enfrenta a su problema de conciencia, en ese silencio luminoso que efectivamente acompaña a cada uno de los vértices de esta tragedia (que también incluye a su esposa Esther y a su amante Marianne, conscientes del peso que carga Johan en su alma, como una penitencia), el film alcanza a transmitir muy bien la agonía y el éxtasis de su protagonista.
Recortada contra la belleza fría e inmutable de la naturaleza –la imagen y el sonido del film hacen del sol, el viento, la lluvia presencias determinantes– están las pasiones de los hombres, que Reygadas aprovecha para exponer de manera muy cruda pero al mismo tiempo austera, con la misma callada desnudez con que se expresan sus personajes. Johan quiere detener el tiempo, volver a ser feliz con su esposa y sus hijos como cuando no se había enamorado de otra mujer, volver a sentirse parte del mundo, pero el fatum actúa por él y por los suyos. “Lo que te ocurre es cosa del Maligno”, le dice su padre, cuando su hijo se acerca a pedirle consejo. A lo que Johan (como en un film de Bergman) le suplica: “Háblame como padre, no como predicador”. La respuesta no podría ser más angustiante: “Soy las dos cosas, Johan...”.
A medida que avanza Luz silenciosa se percibe más y más la influencia del maestro danés Carl Theodor Dreyer, en el tema, en los personajes, en los encuadres. Y para cuando llega una crucial escena final es imposible no pensar en Ordet (1954), la única película de la historia del cine que se atrevió a filmar un milagro, capaz de conmover incluso a los no creyentes. ¿Por qué Reygadas –más allá de su elevada idea de sí mismo como cineasta– vuelve a Dreyer y prácticamente reescribe el final de uno de sus films más famosos? Es un enigma, pero debe reconocerse que no lo hace nada mal, por cierto.
A diferencia de Ordet, Luz silenciosa no es la obra de un creyente, sino la de un ateo, pero que respeta la religiosidad de sus personajes y encuentra una forma de espiritualidad en la nobleza y la sinceridad de sus conductas. Desde sus primeras escenas, la película de Reygadas confronta dos mundos: a la larga contemplación del rumoroso amanecer le sigue el no menos prolongado, aunque mudo, rezo matinal de la familia de Johan, pautado únicamente por el ominoso sonido del péndulo de un reloj. Allí ya parece haber un conflicto: entre las leyes de la naturaleza y las del hombre, entre la pulsión y el rigor, entre el Ello y el Superyó. Ese conflicto marcará toda la película, de una estructura cíclica y por lo tanto empeñada en restablecer el orden del mundo, aunque más no sea a partir del poder demiúrgico de un relato.
Hay más de una secuencia brillante, de gran cine, en Luz silenciosa (el primer encuentro de Johan y Marianne; el derrumbe bajo la lluvia de Esther) y las imágenes de Reygadas –en el más extremo formato WideScreen– son de una belleza y una materialidad como nunca antes en su cine. Es una pena que la película (que tuvo un par de pases en el Bafici 2008) llegue a su estreno porteño únicamente en proyección en dvd, un formato que no le hace justicia, ni en la casa –porque Luz silenciosa pide a gritos el rito de la sala a oscuras– ni en una pantalla devaluada.
8-LUZ SILENCIOSA
Stellet Licht, México, Francia,
Holanda, Alemania/2007
Guión y dirección: Carlos Reygadas.
Fotografía: Alexis Zabe.
Edición: Natalia López.
Sonido: Raúl Locatelli.
Intérpretes: Cornelio Wall, Maria Pankratz, Miriam Toews, Peter Wall, Jacobo Klassen y Elizabeth Fehr.
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