La investigación sobre el apoyo de Holanda a la invasión a Iraq llega con siete años de retraso. Mas la comparación con el Reino Unido, un aliado tradicional de Holanda, sirve de algún consuelo.
El informe de la comisión encabezada por Willibrord Davids ofrece conclusiones sorpresivamente duras, mientras el Goliat británico, la madre de las democracias, acaba de comenzar la quinta investigación.
Los holandeses le tienen un gran apego a su actitud de pariente pobre, y la investigación al apoyo holandés a la guerra contra Saddam no ha sido una excepción. Siete años después que el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes británica publicara su informe, en Holanda la Comisión Davids había recién empezado su investigación.
Sin embargo, la primera comisión parlamentaria en el Reino Unido, formada en julio de 2003, algunos meses después de la invasión a Iraq, solamente fue capaz de expresar fundadas dudas sobre los motivos esgrimidos por el primer ministro británico, Tony Blair, para ir a la guerra: la seria amenaza que provenía de Iraq bajo Saddam Hussein y sus presuntas armas de destrucción masiva. Ni Blair ni los involucrados en los servicios secretos británicos se mostraron dispuestos a prestar su colaboración al informe.
Indignados británicos
Mientras que, en el 2003, los indignados británicos exigían su Primer Ministro justificar una guerra que no querían, la holandesa Comisión Davids presenta en el 2010 sólo los hechos y deja expresamente el juicio político al Parlamento.
La segunda comisión investigadora británica, el Comité de Inteligencia y Seguridad, ya no fue formada por el Parlamento sino por el Gobierno británico, e informó en septiembre del 2003 directamente al Primer Ministro, quien se encargaría de informar al Parlamento. Dicha comisión arrojó serias dudas ante la afirmación del Gobierno Blair según la cual misiles iraquíes provistos de armas químicas y biológicas podían alcanzar Gran Bretaña y otros objetivos de la OTAN en Chipre y Turquía en tan sólo 45 minutos.
Taxista
La teoría de los 45 minutos se basaba solamente en una fuente que ya entonces parecía poco confiable, a quien algunos se referían irónicamente como un ‘taxista’. Además se confundían dos cosas, ya que se trataba de la supuesta presencia de armas biológicas y/o químicas y de misiles que en ningún caso podrían haber alcanzado a Turquía o Chipre. Pero nada de eso detuvo al Gobierno holandés para apoyarse en esencia en este llamado Dossier de Septiembre.
En la primavera del 2003, el primer ministro holandés, Jan Peter Balkenende, aún señalaba el riesgo de que el dictador iraquí Saddam Hussein pusiera armas de destrucción masiva a disposición de terroristas. El Comité de Inteligencia y Seguridad británico ya había informado hacía un mes que no había prueba alguna al respecto.
Combativo
En Holanda, la Comisión Davids constató que los servicios de inteligencia holandeses se basaron fundamentalmente en informaciones de sus colegas británicos y norteamericanos. Además, el Gobierno no transmitió al Parlamento las críticas objeciones y los matices planteados por los servicios de inteligencia holandeses. En este punto, el manifiestamente combativo primer ministro Balkenende se mantuvo especialmente cauto en su reacción.
A la defensiva
El primer ministro holandés se mostró defensivo y poco creativo, especialmente ante la conclusión de que el apoyo político a la guerra carecía de toda base legal conforme al Derecho Internacional. Balkenende se limitó a recurrir a viejos y muy obsoletos argumentos jurídicos, lo cual no tiene ninguna importancia para políticos para los que la política diaria y los intereses propios pesan más que los principios legales internacionales. En lo que a eso respecta, Balkenende se situó en buena compañía al lado de Tony Blair y Gordon Brown.





























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