Durante la Exposición Mundial de Shanghai no hay vestigios del activismo político que se vio durante los Juegos Olímpicos. ¿A qué se debe este silencio de los defensores chinos de los derechos humanos?
Hace un año, al escritor Jiang Danwen se le dijo que debía mantenerse tranquilo durante la Exposición Mundial de Shangai. Ahora que el evento tiene sus puertas abiertas, el servicio secreto lo ha castigado regularmente con penas de arresto domiciliario.
Jiang Danwen preside el PEN Club de China y defiende la libertad de expresión. El escritor conoce las consecuencias de una lucha como ésta. Su amigo Liu Xiaobo está en la cárcel desde hace 11 años por haber lanzado el manifiesto “Carta 8”, un llamado a la democratización de China que fue firmado por más de 10 mil personas, entre ellas Jiang Danwen.
Arresto domiciliario
Danwen nos comunica que no puede asistir a la cita que habíamos acordado porque nuevamente lo han obligado a quedarse en casa. Por lo tanto hablamos por teléfono. La línea tiene interferencias pero el escritor quiere contar su historia de todas maneras. Quiere decirle al mundo que en Shanghai hay algo más que una brillante exposición mundial y un rápido progreso a la vista: “por una parte hay una China que se está desarrollando a toda velocidad” dice, “y por otra hay una China donde la gente sufre opresión. Personas como yo, que expresan su opinión, viven en esa parte de la China real”.
Según Danwen, con anterioridad a los Juegos Olímpicos los activistas chinos todavía creían que podrían cambiar algo en el país. Esta esperanza fue duramente aplastada, agrega el escritor. Muchos defensores de los derechos humanos fueron detenidos, por ejemplo Liu Xiaobo. Otros fueron amenazados por la policía y estas medidas tuvieron su efecto.
“Muchos activistas están desilusionados”, asegura Jiang Danwen. “La represión que sufrieron las personas que firmaron la Carta 8 nos dejó claro que, en China, los derechos humanos nunca alcanzarán un nivel adecuado. La gente que lucha por esta causa no tiene capacidad para cambiar el país”.
Expulsada de su casa
Otra habitante de Shanghai que vive en “la otra China” es Ma Yalian. Ella lucha contra las expropiaciones ilegales en la ciudad, que han aumentado notablemente. Ma era una correcta contadora, pero se puso en movimiento en 1998, después de haber sido expulsada sin miramientos de su casa. No recibió compensación alguna y sus intentos por llevar su caso a la justicia fueron inútiles.
Ma Yalian ha estado dos veces en la cárcel y ha sido humillada físicamente. Sus experiencias le han mostrado que en China cualquiera puede ser víctima del fallido sistema judicial.
Ella también quiere hablar sobre derechos humanos, y hacemos una cita en un parque de Shanghai. Cuando llego en taxi, la encuentro flanqueada por dos agentes de civil. Ma se zafa de la agente femenina y sube de un salto al vehículo. “Vámonos de aquí”, le ordena al chofer.
Todo indica que el servicio secreto se enteró de nuestro encuentro. En un pequeño café, a varios kilómetros de distancia, me cuenta su historia. En su opinión el servicio secreto ha conseguido silenciar a la mayor parte de la gente que quiere decir algo sobre la Expo Shangai.
“Lo de hoy es un ejemplo. Si ustedes hubieran llegado cinco minutos más tarde, la policía me habría llevado detenida y mi voz habría sido acallada”, dice la joven china. “Además, otra persona con menos coraje que yo hubiera acompañado de inmediato a los dos agentes. Ésta es la razón por cual se sabe tan poco de los activistas de derechos humanos en Shangai”.
No callar
Según Ma, en este silencio también influye la falta de interés en el extranjero. No sucedió lo mismo durante los Juegos Olímpicos de Pekín. En aquel momento la comunidad internacional reaccionó positivamente a los mensajes de los activistas que denunciaban la injusticia en China.
La falta de reacciones durante la Exposición Mundial de Shangai ha causado una enorme decepción entre los activistas, dice Ma Yalian. “Lo único que ven ante ellos es un agujero negro”, dice. Sin embargo, en su opinión no se quedarán callados. Ella misma se niega a callar, lo mismo que el escritor Jiang Danwen.
Al día siguiente de nuestra conversación la llamo por teléfono. Me dice que todo está bien por el momento. Todavía está en libertad. Incluso quiere ir a las instalaciones de la Exposición Mundial, a pesar de que las autoridades se lo tienen prohibido.





























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