Radko Mladic ha llegado el martes por la tarde al complejo carcelario de la ONU en la ciudad holandesa de Scheveningen. Poco después de las 21 horas, un helicóptero aterrizó en el patio interior del edificio, lejos de la mirada de la prensa, de los ex combatientes holandeses y de los refugiados bosnios.
Toda la tarde y la noche hubo gran actividad a la entrada norte de la Institución Penal Scheveningen. Vehículos de comunicación satelital de equipos de cámaras de todo el mundo estaban estacionados en una larga fila, con todos los periodistas correctamente apostados uno al lado de otro.
Bandera bosnia
Mientras los medios esperaban detrás de una reja, las vías públicas estaban abiertas. También la vereda que pasa exactamente delante del complejo de celdas. Detrás de las cámaras y de la fila de impacientes periodistas, se encuentran los espectadores. Si se presta atención se nota que no han venido solamente a curiosear. Un padre pone una bandera bosnia como una capa a su hijo de seis años. El hombre cuenta que huyó de Bosnia en 1995, a causa de la violencia de la que hace responsable el ex general serbobosnio:
“Si yo le pudiera poner la mano encima, sería bonito. Lo mataría en cinco segundos. Me duele lo que ocurrió. El hombre cometió crímenes terribles con los hombres de nuestro país.”
Fuertes palabras acompañadas con una mirada de amargura. Su pequeño hijo camina entre los periodistas, feliz con su capa de colores.
Pesadillas
Más allá hay un grupo de holandeses, dos hombres y una mujer. ¿Curiosos vecinos? No, ex soldados de las fuerzas de paz que sirvieron en el enclave musulmán de Srebrenica. En un principio, René Jagt no quiere contar su historia. Ha venido solo para ver cómo el hombre que le causó tantas pesadillas es llevado ante la justicia.
Pero las historias llegan. Y los chistes. Un avión planea por el cielo. “Quién sabe si viene allí. Me gustaría saber si le dieron un paracaídas”. Otro ex soldado, Frank de Waart, cree saber por qué ha demorado tanto la llegada de Mladic: “Hay rumores de que quería comer antes de volar. Y le dieron pepinos alemanes.”
Todo el mundo ríe, hasta el momento que se oyen helicópteros. Todos miran al cielo. La ex soldado holandesa, Liesbeth Beukeboom, todavía puede seguir bromeando: “Yo no creo que sea un helicóptero de la policía. Veo una escalera de cuerda. Que baje por la escalera de cuerda. Aquí lo recibimos”, dice riendo. Para agregar con toda seriedad: “Yo lo mataría”.
El helicóptero da vueltas, seguido por decenas de teleobjetivos. ¿Por dónde llegará Mladic? ¿Por aire o por tierra? Parece una película de acción, con tanto misterio.
También Liesbeth Beukeboom siente la tensión. “Ya está muy cerca, lo siento. Me causa escalofríos. Es una sensación realmente desagradable”.
Entretanto la atención se centra en la calle. Se detectan luces intermitentes. “Seguro que viene en coche, y si es así correré hacia él.” Beukeboom une la acción a la palabra. Salta la reja (“¿Me cuidas mi cartera, por favor?”) y corre hacia el otro lado de la calle en dirección a las puertas de la cárcel. Los periodistas observan algo confundidos. ¿A dónde va? Tal vez sea una maniobra de distracción.
“Hola, Mladic”
Los automóviles entran por la puerta principal; Mladic ha sido ingresado por helicóptero. “Es muy fuerte emocionalmente saber que está tan cerca. Mladic nos saludó con la mano (en Srebrenica). Yo todavía tengo esa imagen en mi cabeza. Pero ahora lo saludamos nosotros. ¡Hola Mladic!”, dice la ex soldado holandesa.
























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