Diez años después de la guerra en la ex Yugoslavia, la distancia entre los dos grupos es aún grande, incluso entre jóvenes. Estudiantes holandeses intentan estrechar la brecha entre sus pares serbios y kosovares.
David-Jan Godfroid
El restaurante Sesir Moj (Mi Sombrero), en una de las populares calles de Belgrado, ofrece una escena inusual: quince estudiantes de Serbia, Holanda y Kosovo. En la capital de Serbia, los albanokosovares son una aparición extraña. Las heridas de la guerra siguen abiertas en ambas partes.
Los estudiantes han llegado a Belgrado como parte de un proyecto de IKV/Pax Christi. Ya desde hace varios años, esta organización holandesa intenta reducir la distancia entre los pueblos vecinos. “Aunque han pasado diez años desde la guerra y los bombardeos de la OTAN, la experiencia aún está muy profunda en la gente”, dice la coordinadora holandesa Linda Schevers.
“Eso se ha manifestado en la total segregación y, alimentados por los medios y los políticos nacionalistas, los serbios y los kosovares tienen una imagen mutua demoníaca. Están tan distanciados que se precisa un tercer partido para acercarlos.”
Discrepancia
La mayoría albanesa en Kosovo se declaró independiente en febrero del año pasado, un paso que Serbia no ha reconocido, y que Belgrado seguirá rechazando en el futuro próximo. La discrepancia sobre la independencia, que entre tanto ha sido aceptada por sesenta países, ha empeorado las relaciones en general.
Pero los estudiantes en el restaurante no son como el común de la gente. A diferencia de sus pares, están dispuestos a atravesar el muro de origen étnico que los separa.
“Yo creo que el nacionalismo se acrecienta en ambas partes por la inmadurez de nuestros políticos,” afirma Naim Lio Pesiri, una estudiante de segundo año de Ciencias Políticas, de la Universidad de Belgrado. “Es preciso que transcurra más tiempo; quizás dentro de cinco años podamos conversar sobre una colaboración entre Kosovo y Serbia. Yo veo el futuro de esos dos países juntos en la Unión Europea.”
Multicultural
Su compañera Nertila Qari, de Prístina, no tuvo que pensar mucho para adherirse al proyecto de la organización holandesa. “Me gusta trabajar en proyectos multiculturales”, dice mientras se sirven generosas porciones de ensaladas y carne asada. No ha sentido temor de venir a Serbia. “De otra manera, no lo hubiera hecho”. Pero sus amigos le han preguntado insistentemente, en las últimas semanas, para qué demonios tenía que ir a Belgrado.
El grupo reunido en el restaurante es pequeño, y con quince personas no se puede cambiar el mundo en un par de días, luego tampoco los Balcanes. “Pero siempre son las cosas pequeñas que hacen las grandes diferencias,” continúa Nertila Qari. “No podemos convencer a todos los albaneses y serbios, de una sola vez, de que es mejor hacer las cosas como las hacemos nosotros.”
Emociones
A primera vista no queda claro cuál es el objetivo de la participación de estudiantes holandeses en el proyecto. Sin embargo, según Cor van der Leemputten, estudiante de Ciencias Sociales Generales, no es tan extraño como parece. Como personas relativamente ajenas al conflicto, pueden jugar un rol mediador cuando las emociones amenazan con desbordarse, lo cual es algo que sucede.
“Sobre todo al principio,”, enfatizó. “Quien para uno es un héroe, es un carnicero para el otro. Cuando alguien habla sobre esos temas ligeramente, otro se siente afectado, y pueden surgir acaloradas discusiones. Se derraman algunas lágrimas y alguno puede dar un furioso puñetazo en la pared.”
Apaciguar los ánimos
En esos casos, los holandeses son capaces de observar cuestiones de orgullo nacional y sensibilidades étnicas con una mirada “moderadora”. En palabras de Van der Leemputten, “cuando decimos: es sólo una bandera o un himno, no lo tomen tan en serio, eso tiene un efecto que apacigua los ánimos.”























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