El escándalo económico ronda a Pinochet. A las revelaciones de una comisión del Senado de los Estados Unidos le sucede la indagación judicial sobre la cuantía de los bienes del ex dictador. Chile y el mundo desean saber el origen de las cuentas secretas del general. Sus aliados toman distancia para no salpicarse y sus detractores están encantados.
Parecía que al fin de cuentas Pinochet terminaría sus días como casi todos los tiranos que envejecen al estilo del protagonista del Otoño del Patriarca, obra célebre de Gabriel García Márquez: rodeado de los suyos en una paz inalterada, viendo bajar el sol en los atardeceres y recordando los gloriosos días del pasado. No será así por ahora. Las mismas estructuras que alentaron el golpe de Estado de 1973 desde el Capitolio en Washington le han acertado una estocada de gran calado al denunciar la existencia de cuentas secretas en el Banco Riggs que podrían alcanzar la suma de ocho millones de dólares. Estas platas no han sido incluidas en sus declaraciones de impuestos entre 1994 y 1998. Es decir, la evasión tributaría es prácticamente un hecho probado.
Mientras Pinochet tiene defensores acérrimos cuando se trata de violaciones a los derechos humanos, por muy execrables que sean las razones para ello, ahora, cuando se trata de delitos económicos casi todos las dan vuelta a la cara. Los desaparecidos, los presos políticos, la tortura, el exilio, serían para los adictos al general males insoslayables para rescatar a la patria de las garras del comunismo internacional. Como lo dijo en su día el propio Pinochet la eliminación de unas manzanas podridas ha permitido salvar la cosecha. El padre bueno que tanto hizo por Chile pese a la incomprensión internacional y a los ataques despiadados de la ex Unión Soviética y sus satélites, de Amnistía Internacional, de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, de los resentidos comunistas y socialistas chilenos, ese héroe, ese ejemplo, resulta que ahora es acusado de enriquecimiento ilícito, de evasión tributaría, de apropiación indebida de bienes públicos, con otras voces, de robo con premeditación y alevosía.
Un senador de la derecha parco de palabras pero claro de pensamientos decía: "no pondría las manos al fuego por la probidad del general". Un diputado que se jugó a fondo por el gobierno militar se lamentaba de "tener una sensación de incomodidad, de preocupación y dolor". El diario El Mercurio, el más importante de Chile, aseguraba en un editorial que de verificarse los cargos en contra del acusado "eso perjudicaría la imagen del país".
Nada de compasión ni de solidaridades, sólo un soterrado menosprecio, casi comparable al de los opositores de hace algunos años.
Tanta dureza, tanto mal agradecimiento sólo es entendible por dos razones: La una, que Pinochet desde hace años es mala sombra para una derecha que quiere ser gobierno, le resta votos, su figura recuerda demasiado a un pasado que le impide a esa derecha presentarse con credenciales democráticas convincentes. La otra razón es que nadie está dispuesto a dar apoyo a acto de corrupción tan acreditado.
La derecha ha hecho mal en pretender equiparar los delitos del general con los de otros acusados de casos de corrupción que afectan a ilustres representantes del actual gobierno. La naturaleza y el carácter jurídico son distintos en cada caso particular. Pero los partidos del gobierno han errado en no recoger el guante que le ha tirado la derecha de investigar con el mismo ahínco que se hace con Pinochet a los otros escándalos de corrupción. Si todos somos iguales ante la ley como dice el presidente, Ricardo Lagos, es inaceptable que por razones políticas e ideológicas se trate con miramientos y cierta condescendencia a unos personajes cuyas acusaciones perjudican en medida significativa la confianza y credibilidad en un gobierno democrático.
En todo caso Pinochet, a sus 88 años acumula más que nadie querellas en su contra. A las más de 287 por violación a los derechos humanos, ha de sumarse una extra por hurto de bienes del Estado y evasión de impuestos.
La pregunta no es cuánto dinero evadió, sino de dónde lo sacó, porque la explicación de que se trata de donaciones de empresarios mientras estaba detenido en Londres, no se la que cree nadie.
*José Zepeda Varas, es director del Departamento Latinoamericano de Radio Nederland





























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