Allí donde se produjo el (des)encuentro de la cultura española con las grandes culturas de América, la imbricación de los ritos religiosos se dio de forma dispar.
En algunos casos hubo imposición y violencia, los ritos se transformaron y algunos desaparecieron; pero en otros el sincretismo dio paso a un enriquecimiento cultural desde ambas vertientes, la de la imposición y la de la resistencia, que germinó en una serie de tradiciones que sobrevivieron al tiempo y que hoy son expresiones ampliamente difundidas. Es el caso de la fiesta de los muertos, que hoy sobrevive a nuevos intentos de imposición.
En el Perú se celebra, como en la mayor parte de América Latina, la tradición cristiana del Día de todos los Santos y Todas las Almas. En los sectores más urbanos y con mayor influencia occidental se trata de un rito sencillo, se limpian las lápidas de las sepulturas y se adornan con flores. Es un día de recuerdos, de recogimiento.
Pero la fiesta es definitivamente de otro color y de otro sabor cuando ese día se encuentra el rito cristiano con la festividad indígena del Día de los Muertos, que, a su vez, tiene múltiples expresiones según la zona del país donde se celebre. En México, Guatemala y Perú la celebración del día de los muertos cobra alcances inusitados.
La fiesta mexicana de los muertos tiene una connotación más festiva, mucho más que la que se vive en el Perú. Es otra expresión, ya que allí la fiesta es atravesada por toques de modernidad, más en la ciudad que en los pueblos, hay calaveritas, versos con rimas, burlas a los políticos. Los comerciantes han sabido aprovechar esta fiebre mortuoria, y quizás gracias a ellos es que en la actualidad las ciudades también festejan este evento tradicional.
No es poca cosa decir que, en el 2003, UNESCO declaró la celebración del Día de los Muertos en México como Obra Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
La fiesta en el Perú
La fiesta de los muertos, vinculada al calendario agrícola prehispánico, se celebraba al iniciarse la cosecha, y era el primer gran banquete después de la temporada de escasez de los meses anteriores. Se debía compartir con los seres queridos ya fallecidos.
Los españoles, al llegar a tierras americanas, notaron que los Incas, igualmente que en la península, agasajaban a sus muertos, y que, como parte de los ritos, dejaban flores y visitaban las huacas o centros de enterramiento.
En su cosmovisión religiosa, hay tres mundos: el ‘Hanan Pacha’, o alto mundo de las estrellas, las tormentas y la luna de plata; el ‘Kay Pacha’ o mundo de la vida, y el ‘Ucu Pacha’, el mundo de los muertos. Este último influyó notablemente en algunas de las fiestas y tradiciones que aún se practican.
Algunos ejemplos. Al norte del Perú, en la región Cajamarca, zona de sierra, muchos de sus habitantes conservan la ancestral habilidad de labrar la piedra y realizar bellas esculturas, entre ellas las lápidas que usarán en la festividad del ‘Día de los Difuntos’. Con esas lápidas labradas adornan los cementerios donde la gente se reúne para “hablar” con sus muertos.
Lambayeque, también en el norte, es una de las regiones más místicas de la costa peruana. Desde días anteriores al 2 de noviembre, bandas de músicos van animando a la población a ritmo de marineras y tonderos que son interpretadas en las Plazas de Armas. Los pirotécnicos o ‘coheteros’, arman castillos de fuegos artificiales. Mientras tanto, Cristos yacentes o ‘Señores de la Buena Muerte’, marchan adornados con palios ricamente bordados en procesión
En cada pueblo costero no es extraño ver a los pobladores llegar hasta las lápidas a conversar con sus muertos y ofrecerles aquel plato típico de comida que en vida les gustaba saborear. Se puede brindar con ‘chicha de jora’, por un pronto reencuentro.
En las zonas rurales de la sierra, los peruanos creen fielmente que las almas de los muertos regresan para disfrutar de los altares que se preparan en las casas con objetos que reflejan algún aspecto de la vida de la persona fallecida. En los altares dedicados al difunto se ubica su foto, velas y flores que llevarán al cementerio al siguiente día. Las ofrendas para el fallecido incluyen, como en la zona de costa, comidas que el difunto disfrutaba cuando vivía, o algún objeto de importancia para él. La costumbre es dejar las ofrendas durante toda la noche, para que el difunto pueda tener tiempo de disfrutarlas.
Al día siguiente, se reza la comida o bebida, y tras la oración,
todos pueden disfrutar del almuerzo. El momento más emotivo se da en el cementerio, donde los allegados a la persona fallecida visitan su tumba y dejan flores en honor a su memoria.
Los muertos de la violencia política
La violencia política vivida en el Perú entre los años 80 y 90 dejó 70 mil muertos, según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Todas las regiones del país, en mayor o menor medida, se vieron impactadas por el fenómeno subversivo. El número de desaparecidos y de lugares de entierros clandestino, tanto de Sendero Luminoso como de las fuerzas represivas del Estado, generó que muchísima gente que migró a la capital no tuviese un lugar para llorar a sus muertos. No se trataba de casos aislados, sino de miles de ciudadanos.
Este contingente de deudos acude cada dos de noviembre al monumento ‘El Ojo que Llora’, y con música y comida recuerdan a los que no están. Si bien no se trata de un cementerio, es el lugar simbólico al que pueden acudir para procesar el duelo. Es así que en el memorial hay 32 mil piedras, de las cuales 26 mil representan la tragedia de cada víctima de violencia política.
En el 2007, el monumento fue mutilado alevosamente por unas 20 personas que, con combas y cinceles, destruyeron parte de las instalaciones del artístico memorial.
Mario Vargas Llosa, reciente Premio Nobel de Literatura escribió en diario El Comercio sobre este caso: “Si usted pasa por Lima, trate de ver ‘El ojo que llora’, en una de las esquinas del Campo de Marte, en el distrito de Jesús María. Es uno de los monumentos más bellos que luce la ciudad y, además, hay en él algo que perturba y conmueve. Pero, apresúrese. Porque no es imposible –el Perú es el país de todos los posibles– que una singular conjura de la ignorancia, la estupidez y el fanatismo político acaben con él”.
Quienes encontraban algo de paz en este espacio simbólico cada día de fiesta de difuntos sintieron que algo les era arrebatado nuevamente.
Hallowen
Son muy pocos los espacios en los que la influencia de Halloween, la fiesta de los muertos en Estados Unidos, ha calado. Y hay dos explicaciones poderosas para ello. La primera es la distancia geográfica respecto a Estados Unidos, que en el caso mexicano si marca una fuerte influencia, básicamente por el intercambio comercial y la fuerza de un mercado sobre el otro.
Sin embargo, la principal explicación de la leve influencia de esta fiesta en el caso peruano tiene que ver con que ese día se celebra en el Perú otra fiesta muy importante: el día de la canción criolla. Un género musical muy arraigado en los sectores populares, principalmente costeños, en los que la guitarra, el cajón y unos valsecitos almibarados son una expresión cultural que resiste y por momentos se propaga.
La canción criolla tiene además exponentes vivos, cuyas voces y letras han inmortalizado himnos populares que hasta en lo deportivo, principalmente en el fútbol, resumen y expresa una fuerte ‘peruanidad’. Cada vez que la selección peruana de fútbol sale a la cancha, estos valses expresiones altisonantes de una peruanidad desbordada nutren el imaginario musical de gente. Los locales de fiesta el día de la canción criolla revientan de bullicio, festejo y pisco por lo que el anaranjado de calabazas se reduce al espacio del marketing de los supermercados.





























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