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Managua, Nicaragua
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El problema del liderazgo en Nicaragua

Publicado el : 30 Julio 2010 - 10:50 de la mañana | Por Redacción Internet (http://www.flickr.com/photos/mejiaperalta/)
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La permanente crisis política en que vive Nicaragua no es una primicia. Tras casi 200 años de independencia, sus políticos han luchado constante por el poder y, para ellos, el fin (es decir, el poder) justifica los medios.

Paul Kester*

Por definición, la política es por supuesto problemática y conflictiva, sin embargo, se espera que estas disputas, en un momento dado, converjan en acuerdos de manera civilizada, y que el interés común sobresalga el interés personal.

En muchos países latinoamericanos el liderazgo político está extremadamente personalizado. No importa que no sea factible su proyecto político, social o económico; el rostro y, por supuesto el discurso, son los elementos más importantes en el posicionamiento de una figura dentro del campo político. Se puede justificar esta situación señalando que es la población misma la que elige a sus líderes de esta forma, y que aparentemente no esté interesada en el contenido real de una propuesta política más allá del discurso. Aunque esto sea cierto y realmente se requiera un cambio cultural al respecto, no exime a los partidos políticos y sus líderes de la responsabilidad de presentar e implementar finalmente una verdadera política constructiva basada en el concepto de un desarrollo nacional integral. Ser político no es un ‘hobby’, sino una tarea con responsabilidad seria, para la cual la población paga! La Constitución Nacional les otorga facultades para tomar decisiones en cualquiera de los Tres Poderes del Estado, pero se espera que tomen sus decisiones con ética y con respeto ante la población nacional.

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Una de las causas principales del estancamiento político es no solamente el hecho de que el poder y el liderazgo están personalizados, sino también que están ‘eternalizados’. Cada líder se considera indispensable, un ‘Mesías’ imprescindible para el país hasta que muera en su trono. El ejemplo clásico es Fidel Castro, quien piensa que solamente él puede llevar a Cuba al “estado de salvación comunista”. Con más de 50 años en el poder absoluto, Castro deja muy poco espacio para nuevas generaciones que podrían liderar una sociedad que corresponda a la realidad del Siglo XXI. Para casos como Fidel Castro existen solamente calificaciones como egoísmo y narcisismo.

Qué buen ejemplo mostró Nelson Mandela en Sudáfrica, quien llegó a la presidencia en 1994 y entregó el poder modestamente en 1999, dejando el desarrollo del país en manos de otros líderes de su partido. Mandela, quien se retiró de la política activa, para concentrarse actualmente principalmente en actividades humanitarias sin fines políticos, sigue recibiendo respeto y cariño de la gran mayoría de la población y de la sociedad internacional.

Pero volviendo a América Latina, ¿por qué cada líder quiere imitar el ejemplo de Fidel Castro y perpetuarse en el poder? Un ejemplo extremo y triste de estas tendencias ha sido Joaquín Balaquer, quien en las elecciones presidenciales de República Dominicana, en el año 2000, a la edad de 94 años y prácticamente ciego, se presentó por novena vez como candidato años. Lo más extraño es que este caudillo alcanzó el tercer lugar con 20% de los votos.

Casi todos los países latinoamericanos tienen su propia historia durante los siglos XIX y XX con caudillos eternos, que impidieron el desarrollo de una democracia moderna basada en ética, responsabilidad y justicia. Es cierto que el papel de los Estados Unidos en el mantenimiento de estos caudillos y dictadores en el poder ha sido muy relevante y, en muchas ocasiones, decisivo. Sin embargo, líderes izquierdistas han mostrado la misma tendencia, lo que nos lleva a concluir que los caudillos eternos constituyen, sobre todo, un fenómeno cultural a lo interno del continente.

En Nicaragua, la arrogancia de los líderes políticos para eternizarse en el poder no ha sido diferente del resto de los países latinoamericanos. Unos 45 años del Siglo XX mostraron una dictadura de la dinastía Somoza que dejó pocas posibilidades para un desarrollo democrático moderno. Al contrario, la única posibilidad para eliminar esta dictadura fue una lucha revolucionaria sangrienta y con el visto bueno de la administración Carter, quien, al final, no pudo justificar más apoyo al régimen criminal de Somoza. Desde el Siglo XIX, la influencia de Estados Unidos en Nicaragua, por su ubicación estratégica en relación a un posible canal interoceánico, ha sido grande. Sin embargo, el interés geopolítico norteamericano bajó drásticamente con el fin de la Guerra Fría y la instalación del Gobierno Chamorro en Nicaragua, en 1990.

La Revolución Popular Sandinista, instalada el 19 de Julio 1979, mostró durante toda la década de los 80 un liderazgo monolítico compartido por 9 llamados “comandantes de la revolución”, que conforman la Dirección Nacional del Frente Sandinista de la Liberación Nacional (FSLN). Sin embargo, con este liderazgo compartido terminó el carácter democrático del proceso, ya que en los niveles inferiores no se permitieron debates abiertos ni opiniones personales, sino obediencia total, expresada por el eslogan “Dirección Nacional, Ordene!”.

Cuando yo llegué a vivir en Nicaragua, en 1985, me sorprendió esta admiración casi divina de los nuevos líderes, más aún cuando me di cuenta de que la mayoría de estos 9 comandantes, al momento más decisivo de la lucha contra la Guardia Nacional de Somoza, estuvieron a salvo en hoteles en Costa Rica.

Después de la derrota del Frente Sandinista en las elecciones de 1990 hubo una esperanza general de que, finalmente, podría iniciarse un proceso democrático verdadero, basado en los principios antes mencionados de ética, responsabilidad y justicia. No obstante, el proceso de aprendizaje democrático entre la población nicaragüense es algo difícil, ya que durante el Gobierno Chamorro (1990-1996) nuevamente el fenómeno del caudillo surgió, ahora personificado por Arnoldo Alemán (de tendencia liberal) y Daniel Ortega (uno de los 9 comandantes del FSLN). Ambos recibieron mucho apoyo de gran parte de la población nicaragüense, que no se preocupó por el reducido carácter democrático de estas personas. Temas como buen gobierno y reducción de la pobreza quedaron en papel, la corrupción en el Estado (sea liberal o sandinista) es generalizada, pero parece que a la población, o no le importó o lo justificó con el argumento de que “no podemos nada”. En general parece que le gusta un “gran líder”, lo que corresponde con el fenómeno cultural mencionado al inicio. Y, tristemente, es un fenómeno que veo todavía en grandes partes de los y las jóvenes de hoy.

En la actualidad, como Presidente y primera dama, respectivamente, Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo ejercen un poder absoluto. Todas las estructuras de la participación ciudadana han sido convertidas en coros de papagayos (incluso los y las jóvenes), que repiten los mismos eslóganes revolucionarios de siempre, dictados por esta pareja presidencial.

Daniel Ortega y sus compañeros de lucha llegaron al poder en 1979, siendo jóvenes. Pese a ello, a partir de este período, y hasta el día de hoy, se han visto muy pocos líderes sandinistas jóvenes a quienes se haya permitido crecer como líderes políticos. Los jóvenes son ahora utilizados únicamente como “turbas” para atacar en la calle a cualquier manifestación de la oposición. La (ahora) vieja guardia del Frente Sandinista se ha instalado en el poder para siempre, perdiendo así oportunidades de renovar el partido con nuevas visiones sobre un desarrollo económico sostenible, basado en una colaboración pública-privada eficaz, como está mostrando exitosamente el presidente brasileño, Lula da Silva. Al contrario, vamos por el mismo camino que Cuba, donde Fidel maneja el poder hasta su muerte, lo que definitivamente traerá una lucha de poder por el vacío generacional que él ha creado en las estructuras del estado-partido.

Como se señaló anteriormente, no solamente en el Frente Sandinista los líderes cincuentones, sesentones y setentones dominan las estructuras partidarias. También entre las fracciones liberales hay poco espacio para líderes jóvenes que podrían cambiar las reglas del juego político, indicando a los viejos líderes que es tiempo de luchar por intereses de la nación y no solamente por los personales. El país está perdiendo grandes grupos de jóvenes talentosos, quienes, frustrados por las pocas oportunidades de desarrollo, emigran a otros países o se vinculan a pandillas o al narco-tráfico. La cooperación internacional debe, y puede, jugar un rol importante en financiar programas de formación de jóvenes líderes sociales y políticos, partiendo de la premisa de que el proceso de desarrollo es de mediano y largo plazo.

Es evidente que la actual clase política del país no entregará tan fácilmente los privilegios del poder, que se ha auto-recetado y seguirá cometiendo abusos políticos, electorales y financieros. Son las actuales generaciones de jóvenes las que deben reflexionar sobre los conceptos modernos de democracia y de liderazgo, algo que la actual clase política no ha podido, o querido, hacer. Luego, los movimientos de jóvenes democráticos deben exigir su cuota de poder y actuar con firmeza para reemplazar a la vieja guardia de los partidos políticos con cuales se sienten identificados, sea sandinista, liberal o conservador. En caso contrario, en las próximas décadas, la población nicaragüense no tendrá otra opción que elegir entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega como Presidente. ¡Qué tristeza!

*) Paul Kester vive en Nicaragua desde 1985 y trabaja en el fomento de la micro- y pequeña empresa, con énfasis en emprendimientos de jóvenes.

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