Pese a los adelantos científicos, la humanidad parece hoy día más indefensa ante desastres. Y la sociedad moderna es terreno fértil para la manipulación del individuo con el arma del miedo.
Ana María Miralles C*
Ulrick Beck y otros autores nos advierten que estamos viviendo en sociedades del riesgo. Aunque suene paradójico, a pesar de los avances de la ciencia y la tecnología, parece que los seres humanos somos hoy más vulnerables que antes
Terremotos, huracanes, inundaciones, terrorismo, vulnerabilidad, pobreza epidemias, pandemias y hasta el cambio climático hacen parte de las amenazas para los ciudadanos del mundo contemporáneo. Por lo mismo, parece que deberíamos estar preparados para afrontar esas amenazas, pues se dispone de información suficiente para ello. Y sin embargo tengo la sensación de que nunca como antes se está manipulando a las personas a partir de un sentimiento que todo lo puede: el miedo.
Debido al miedo, la gente huye del espacio público, crece el negocio de la seguridad privada y también el negocio de las armas, y gracias al miedo, la gente calla. Parece que el miedo es bastante funcional al tipo de sociedad que tenemos pues a partir de él se puede mantener a las personas bajo control. Y buena parte de ese miedo circula libremente por los medios de comunicación, los principales portadores de la sensación colectiva de miedo creada por su poder de enunciación y el de los actores que hacen las noticias.
El H1N1 y el SIDA son un buen ejemplo de la creación de miedo colectivo que acaba generando actitudes de discriminación. La alarma mundial sobre la mal llamada gripa porcina puso a México en el centro de las miradas.
Afortunadamente, se frenó a tiempo la atroz idea de llamarla ‘gripa mejicana’, en lugar de por su nombre científico (H1N1), pero fue mucho el daño que se causó. Una amiga que trabaja en una de la agencias de las Naciones Unidas estaba de misión en el DF en los días en que se declaró la alarma mundial. Nunca se infectó, ni siquiera le dio un simple resfriado. Pero tuvo que pasar 4 días sola en un hotel porque no podía regresar a su país, ni visitar a un médico extraño en Ciudad de México para obtener un dictamen médico que le permitiera regresar.
Después de estos impedimentos en su libertad de movimiento, logró llegar a su país de origen exhibiendo su flamante certificado médico. Pero allí le aguardaban dos sorpresas más. La primera, cuando tuvo que ser apartada de la fila en la inmigración a su país y sometida a un nuevo chequeo médico. La segunda, cuando, al día siguiente de su arribo, en su trabajo, quiso reincorporarse a sus actividades, no la dejaron entrar porque podría contagiar al resto del personal. Así que, humillada y discriminada, la enviaron de regreso a su casa. De nada sirvieron los dictámenes médicos.
Si esto sucedió con una persona que trabaja en una agencia de las Naciones Unidas, en la que se supone que deben tener una visión más acertada de las cosas, ¿qué podremos esperar en el ámbito ciudadano?. Pero, al final, la paranoia mediática se impuso, y la emergencia provocó este tipo de episodios de discriminación.
Ríos de tinta se han escrito sobre el SIDA, pero entre medios de comunicación y campañas de prevención mal orientadas, el mensaje más claro ha sido el miedo y esto ha hecho inevitable la discriminación y todo tipo de temores frente a los enfermos de SIDA. Y frente asuntos como los deslizamientos que sepultan viviendas o los terremotos, todos, periodistas y hasta funcionarios gubernamentales o de agencias especializadas, todavía se refieren a estos eventos como “desastres naturales”. A ellos habría que recordarles en la naturaleza siempre han existido esos fenómenos: terremotos, inundaciones, huracanes, etc. Hay que denominarlos fenómenos naturales y entender que el desastre se presenta cuando las poblaciones están expuestas a esos fenómenos o en condiciones de vulnerabilidad.
Sin embargo, es más fácil culpar a la naturaleza que a la falta de previsión o de planeación y a las inequidades que producen nuestros modelos de desarrollo. Sobra decir que, como producto del discurso mediático, el ciudadano del común está convencido de que existen ‘desastres naturales’ y, por lo tanto, tiene una mirada resignada frente a ello. El poder del lenguaje para nombrar la realidad es evidente, pues de él se derivan actitudes y comportamientos de los ciudadanos, que, por la vía del miedo, se convierten fácilmente en discriminación, segregación y en despolitización de la mirada ciudadana que acaba atribuyendo a la naturaleza la responsabilidad de desastres que claramente tienen su origen en omisiones o descuidos humanos.
Y el ciclo se repite. Así como hoy se puede prever la época de inundaciones, también se puede prever el ciclo de lamentos, conteo de muertos, ‘victimización’ del ciudadano, desaparición paulatina de la noticia hasta que ocurre el próximo episodio. Como ya está ocurriendo con los terremotos de Haití y el más reciente en Chile.
Las sociedades del miedo tienen el poder de controlar porque quien tiene miedo busca seguridad a toda costa. Y se protege del otro, del enfermo, del diferente, del opositor.
* Ana María Miralles C es profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana




























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