El pasado 11 de septiembre se recordaron los 31 años del golpe de Estado en Chile, y sin duda se trata del peor aniversario imaginable para la figura simbólica de ese quiebre histórico. Después de gobernar Chile como un reyezuelo durante diecisiete años, Augusto Pinochet entregó el poder a la sociedad civil, en 1990, con la certeza de que nadie podría llevarlo ante un juez por los crímenes cometidos bajo su gobierno. Amparado primero en su condición de Comandante en Jefe del Ejército y luego en el fuero parlamentario que le correspondía como senador vitalicio, se entregó a una vejez casi feliz, mientras Chile se afanaba en la transición entre la dictadura y la democracia.
Ricardo Cuadros
Varios de los subalternos más siniestros de Pinochet, como Manuel Contreras, primer jefe del servicio secreto, la DINA, fueron a dar a la cárcel, pero el gran jefe y sus familiares cercanos gozaban de una inmunidad blindada con leyes y, se especula, acuerdos secretos con los nuevos gobernantes. Cuando la prensa nacional, en 1990, denunció algunos de los negocios sucios entre su hijo Augusto Pinochet Hiriart y el Ejército, la Cámara de Diputados nombró una comisión para investigar. Dos meses más tarde papá Pinochet ordenó una operación de amedrentamiento popular - en jerga militar se trató de "ejercicios de enlace" -, con soldados en uniforme de combate apostados en las calles de Santiago, y la comisión investigadora abandonó la pesquisa. En 1993 el Consejo de Defensa del Estado intentó reabrir el caso, conocido como "Pinocheques", solicitando una investigación judicial. Esta vez, y en circunstancias que el entonces presidente de la República, Patricio Alwyn, se encontraba en el extranjero, Augusto Pinochet se reunió a deliberar con 38 generales y las calles de Santiago fueron nuevamente ocupadas por soldados en uniforme de guerra. Esta cuasi asonada militar o "boinazo" fue la crisis cívico militar más seria que ha vivido Chile en la época post pinochetista. En 1995 hubo un último intento de poner a Pinochet hijo en manos de la justicia, pero entonces ya no fue necesario sacar soldados de los cuarteles: después de una negociación interna entre el alto mando militar y el ejecutivo, el presidente de la República de aquel momento, Eduardo Frei, pidió públicamente que no se juzgara a Pinochet Hiriart por "razones de Estado", es decir, razones que convertían las finanzas de la familia Pinochet en tabú, al estilo de las dictaduras africanas.
A Augusto Pinochet Ugarte lo perdió su desfachatez de general tercermundista: tantos años en el poder le hicieron creer que realmente estaba por encima de la justicia. Cuando viajó a Inglaterra en octubre de 1998 – a pocos meses de haber dejado la Comandancia en Jefe del Ejército para convertirse en senador vitalicio -, sabía de los procesos por violaciones a los derechos humanos abiertos en su contra en España, pero creía firmemente que los ingleses - a quienes había ayudado en la Guerra de las Malvinas contra Argentina, con quienes estaba negociando la compra de armamento de última generación para el Ejército chileno - jamás lo dejarían en la estacada. Se equivocó, fue detenido en Londres, y desde ese momento todo ha sido ir cuesta abajo. Después de más de dos años detenido en Inglaterra consiguió regresar a Chile, pero la justicia nacional, estimulada por el ejemplo del juez español Baltazar Garzón y dispuesta a reivindicarse ante el mundo, le retiró el fuero senatorial y le abrió proceso por los crímenes de la Caravana de la Muerte. Entonces, en lugar de dar la cara y luchar por su honor en los tribunales, el ex dictador se declaró demente senil, y fue sobreseido.
Bien podría haber cerrado la boca por el resto de sus días, pero Augusto Pinochet, a pesar de sus años y enfermedades, sigue siendo el ex dictador de siempre, mitómano y autocomplaciente. En noviembre de 2003 dio una entrevista a un canal de televisión de Miami, donde quedó claro que la cabeza le funcionaba perfectamente. Algunas de sus respuestas fueron: "No tengo odio ni rencor. Soy bueno, me siento un ángel". Y preguntado sobre sus sentimientos por los males causados a sus oponentes, dijo: "No hay remordimientos, no tengo remordimiento de nada. Yo jamás maté ni mandé a matar a nadie. Yo primero que todo soy católico".
Una vez más se había metido en la boca del lobo por su propia cuenta. La Justicia chilena volvió a la carga, ahora en relación con los crímenes de la Operación Cóndor (que involucra a las ex dictaduras de otros tres países sudamericanos) y los jueces convinieron en que si era capaz de expresarse con tanta lucidez ante la prensa norteamericana, también sería capaz de responder a las preguntas del fiscal. En mayo de 2004 Pinochet fue despojado nuevamente de sus fueros y ahora la estrategia de su defensa se reduce a aplazar, mediante triquiñuelas legales, los primeros interrogatorios ordenados por el juez que lleva la causa, Juan Guzmán. Incluso están haciendo lo posible por sacar el caso de las manos de Guzmán, uno de los jueces estrella en las causas contra la ex dictadura, acusándolo, cómo no, de "animadversión" contra su cliente. Sería del todo conveniente, en especial para sentar jurisprudencia, que Augusto Pinochet recibiera una condena penal por sus crímenes, pero incluso cuando su defensa consiguiera aplazar indefinidamente su encausamiento, para el ex dictador ya no hay reivindicación posible.
Si bien nadie en Chile y el mundo tiene dudas sobre la responsabilidad de Pinochet en centenares de asesinatos y desapariciones, quedaba todavía una argumento a su favor como militar y jefe de Estado: Pinochet habría sido cruel, pero honrado. A mediados de julio de este año, el informe de una comisión senatorial de Estados Unidos echó a pique esta última nave de Augusto Pinochet. En la investigación norteamericana sobre terrorismo y lavado de dinero, salió a la luz que entre 1996 y 2002, Augusto Pinochet manejó cuentas de entre 4 y 8 millones en el Riggs National Bank. Más aún, en cifras entregadas a la prensa por su albacea, Oscar Aitken, la familia Pinochet podría "justificar" una fortuna - no declarada hasta la investigación de los negociados del Riggs - de hasta 15 millones de dólares. Esta vez, incluso la derecha chilena más recalcitrante, caballeros que pueden tolerar la sangre ajena pero no el robo entre pares, le ha dado la espalda a su ex hombre fuerte. Augusto Pinochet se ha quedado solo en sus últimas batallas, que por lo demás tiene perdidas de antemano. Fea manera de pasar a la posteridad: autor intelectual de innumerables crímenes, secretamente rico a costa de sus compatriotas.





























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