El próximo 15 de septiembre se cumple un nuevo aniversario del fusilamiento de Francisco Morazán. Seguramente las pesadillas centroamericanas estarán atormentando el descanso del prócer.
Dato curioso: semanas antes del golpe militar que lo depuso, Manuel Zelaya, en su calidad de presidente de Honduras, pedía a las autoridades de El Salvador su permiso y autorización para trasladar los restos de Francisco Morazán a Tegucigalpa.
Decía Zelaya : "Me permito solicitarle, de manera especial, que interponga sus buenos oficios para que el gobierno que usted tan dignamente preside deje su huella indeleble en el corazón de los hondureños y se nos otorgue el honor de albergar los restos mortales del más grande hijo de nuestra amada Honduras".
Desde hace 167 años, Francisco Morazán duerme en el cementerio de Los Ilustres, ubicado en San Salvador. Este camposanto forma parte del área que comprende el Cementerio General de San Salvador junto al Cementerio de La Bermejada.
Fusilamiento
Minutos antes de su fusilamiento en Costa Rica, Morazán pidió que sus restos fuesen llevados a San Salvador. Desde aquel día, el prócer suma décadas entreteniéndose con las esculturas de mármol blanco y mausoleos de sus vecinos de muerte: personalidades del quehacer político, cultural y literario salvadoreño que yacen próximos a su tumba.
La historia cuenta que un 15 de septiembre de 1842 estalló en Costa Rica un movimiento popular contra el gobierno de Morazán, encabezado por el general Antonio Pinto Soares y del coronel Florentino Alfaro Zamora. En un juicio rápido y sin defensores, Morazán y Vicente Villaseñor, su mano derecha militar, fueron condenados a muerte.
Ambos fueron trasladados al paredón de fusilamiento localizado en el costado oeste del actual Parque Central de San José.
El acto de la ejecución comenzó a llevarse a cabo a las 17:30. Previamente, Morazán dictó su testamento a su hijo.
Declaró: `Que no he merecido la muerte porque no he cometido más falta que dar libertades y procurar la paz. De consiguiente, mi muerte es un asesinato, tanto más agravante cuanto que no se me ha juzgado ni oído. Yo no he hecho más que cumplir con las órdenes de la Asamblea en consonancia con mis deseos de reorganizar la República'.
Según una narración de la época, en el ángulo suroeste de la plaza donde sería ejecutado se colocó de espaldas a un pequeño muro.
Al General Villaseñor, quien se encontraba inconsciente y bajo sedantes, lo colocaron en una silla. Morazán le dijo entonces: “Querido amigo, la posteridad nos hará justicia”, y se persignó.
Luego, en un último acto de heroísmo y valentía, Morazán solicitó el mando del pelotón de fusilamiento y descubriéndose el pecho con sus dos manos dio la orden de disparar.
El fusil soltó los primeros impactos de bala. El General levantaba su cabeza, para decir: “Aún estoy vivo”.
Una segunda descarga terminó por apagar la vida de Francisco Morazán, a quien José Martí describió como un genio poderoso, un estratega, orador, un verdadero estadista.
América Central Unida
La biografía de Morazán nos ubica ante un hombre que soñó hacer de América Central una sola nación. Se sitúa como férreo representante de los ideales unionistas liberales, en contracorriente al pensamiento conservador dominante en 1830 en la región, el cual hizo reventar la República Federal de Centroamérica, en 1837.
Los planteamientos de Morazán fueron de avanzada y se adelantaron a su época. Su pensamiento político irritó a los fuertes sectores conservadores de América Central, una burguesía que no se diferencia de la que actualmente se asienta en Honduras, El Salvador, Costa Rica, Guatemala o Nicaragua.
Morazán fue traicionado por terratenientes y cafetaleros que no quisieron ceder sus intereses económicos ni ver vacilantes sus influencias políticas; había que deshacerse de él, y lo hicieron.
Difíciles ensayos de democracia
167 años después, posiblemente Morazán se encuentre en tertulia con otras personalidades del Cementerio de los Ilustres. El tema que deberán estar abordando es el mismo de hace un siglo y medio: esas añejas aguas que salen de las profundidades e interrumpen el camino que las democracias del istmo ensayan con poca suerte.
Morazán podría estarse imaginando Honduras, lugar en que nació y país por el cual América Central, hoy, vive uno de los momentos más complejos de su historia : un presidente depuesto quiere regresar al ejercicio del poder, luego de haber sufrido un golpe militar perpetrado por un sector ultra conservador.
Zelaya era uno de ellos, pero el tiempo lo hizo acercarse al pensamiento de izquierda y bolivariano que sopla desde Caracas. No es casual que su primer intento fallido de regresar a su país lo hiciera en el aniversario de la muerte de Simón Bolívar.
Casual tampoco es que Zelaya ensaye diálogos con Morazán e invoque su pensamiento. El depuesto podría argumentarle al general que en el fondo, lo que él intentaba era romper el latifundio feudal en que están sentados sus seculares enemigos. Morazán le respondería : Mi línea estratégica tendía a desplazar políticamente a la aristocracia terrateniente opresora de Centroamérica, y terminé fusilado.
Pero en ambos casos, las tácticas no estaban de acuerdo con la realidad política de sus momentos respectivos. Zelaya hizo que su proyecto político eclipsara por una sombra de conservadores y de la alta burguesía hondureña, caracterizada históricamente por sus férreos intereses.
Siendo más precisos: tal vez sea el caso que Zelaya perdió el poder… por abusar del poder mismo, por manosear una Constitución y por alterar una legalidad claramente definida dentro de una democracia.
Su propuesta venía preñada de la semilla bolivariana, una corriente integracionista – difícilmente integradora— que desata pasiones y despierta fantasmas, tratándose centralmente de la figura de Hugo Chávez y de lo que ésta representa hoy en un continente virtualmente unido, pero profundamente balcanizado.
Valga mencionar que uno de los factores que llevaron la gesta de Morazán al fracaso, fue la de los intereses del otrora imperio británico en el ideario integrador del general, algo que no agradaba al sector políticamente dominante en la Centroamérica del siglo XIX.
Aquella Centroamérica en poco se diferencia de la que encontramos en el presente: más de un siglo después hay suma de aquellos cuyas ideas no se alejan de un orden colonial, con un infinito respeto por la Iglesia y temiendo un cambio social no controlado, pero históricamente pendiente.
Se trata de la utopía del despotismo ilustrado. Como siempre ocurre, las ideas contrastan con las ambiciones personales, el oportunismo político, circunstancias inesperadas, y la compleja base de los intereses en juego.
167 años después, América Central sigue caracterizándose por la estrechez de la mirada de sus gobernantes -aunque hay excepciones-, por la ausencia de estadistas y por la mediocridad de sus experimentos políticos.
Como el fantasma de Morazán, el recuerdo de Manuel Zelaya se dilata en la compleja geografía centroamericana. ¿Intentará el depuesto regresar al poder el día del aniversario del fusilamiento del general?





























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