El 3 de mayo se celebra el Día Mundial de la Libertad de Expresión, y es la ocasión para pensar en algunas deudas pendientes en esa materia en América Latina.
Por los menos 30 años parece haber tomado el ejercicio de la libre expresión luego de las dictaduras militares en Argentina y Chile, para no hablar de Uruguay y Brasil. Según una investigación que estoy adelantando sobre diversos trabajos periodísticos presentados al premio Cemex, Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano por parte de profesionales de los medios de comunicación entre 2001 y 2008, en estos países aún está en tránsito el proceso de reconstrucción de la memoria histórica, impedida primero por la bota militar y después por algunos gobiernos civiles, como en el caso de Argentina, que formularon leyes de punto final e indultos que truncaron el proceso de restablecimiento de la verdad de los hechos y la construcción de la memoria.
De todo el material analizado para esta investigación que concluirá con un libro (mucho más de 400 trabajos) y después de su rigurosa clasificación, de forma reveladora queda establecido que el tema más recurrente es el de cómo los gobiernos militares de Uruguay, Argentina y Chile mataron, torturaron y desaparecieron a muchas personas entre la década de los 70 y los 80. No todos los relatos tratan de la reconstrucción de las dictaduras y es justamente lo que llama la atención: por qué el periodismo se empeña en la idea de contar lo que en su momento no fue contado.
Testimonios de las víctimas
Los relatos de los que hablo fueron realizados entre 2001 y 2008, muchos años después de ocurridos los hechos, y le dan la palabra a las víctimas. No es que esas víctimas no hubieran tenido palabra, pero de lo que se trata aquí es de cómo las víctimas hacen público su testimonio. Lo que los periodistas hacen es reconstruir con ayuda de los familiares de los desaparecidos las circunstancias de su desaparición, qué estaban haciendo el día en que fueron secuestrados, a dónde supuestamente los llevaron y saber hasta lo último que se pudo saber antes de su total desaparición.
Tal es el caso de “La sangre de un poeta” del periodista Juan Cristóbal Peña, que reconstruye cómo fue el asesinato del cantante chileno Víctor Jara, con profusión de detalles al unir las piezas de un rompecabezas hecho de diferentes testimonios.
El testimonio es el principal elemento de esa construcción de memoria por parte de los familiares de las víctimas, y de la reconstrucción histórica por parte del periodismo. Así, los relatos tienen un punto de vista completamente definido. No existe, no debe existir objetividad periodística. Esos informes periodísticos se apoyan en investigaciones judiciales y en las amplias tareas de organizaciones de la sociedad civil que han trabajado de manera consistente sobre el tema de los derechos humanos y de la recuperación de la memoria histórica.
Elaboración a posteriori
Pero quizás el principal rasgo de estos trabajos consiste en la recuperación de la palabra por parte de los familiares de las víctimas. Lo que se percibe al analizar esas piezas periodísticas es que llegado el momento para la palabra de las víctimas, no hay lugar para ningún tipo de balance, no hay contrapartes, pues justamente la dictadura significó la negación de la palabra. Hoy se da la palabra a las víctimas y prácticamente ninguna de las historias recoge testimonios de personas afectas a los regímenes militares. La historia se reconstruye desde las madres y desde los hijos de los desaparecidos y también desde personas que no tuvieron víctimas fatales pero cuyas vidas se vieron de una forma u otra influenciadas por los hechos.
Un aspecto particularmente llamativo es cómo fueron informados los niños de la desaparición o de la muerte de sus padres y presenciar en movimiento el proceso de búsqueda de su propia identidad, a quiénes preguntaron, las fotografías que lograron conservar, incluso algún video y cómo a partir de ahí le dan rostro a sus padres y buscan personas que los conocieran, aparte de sus otros familiares, para saber quiénes eran y darle contorno a su propia identidad.
La reconstrucción minuciosa de los hechos, incluso día por día hasta su desenlace, representa un trabajo periodístico a posteriori, una violación del tiempo periodístico por excelencia que es el presente o el pasado inmediato.
Una de las lecciones que queda de este episodio oscuro de la historia latinoamericana es que no bastaba con el regreso a la democracia para que la sociedad estuviera dispuesta a mirar de frente los hechos. La lucha por la memoria oficial se mantuvo mucho después de la salida de los dictadores, mostrando su arraigo social y la lucha contra otras alternativas de construcción de memoria, particularmente desde el punto de vista de las víctimas. El silencio se prolongó mucho más allá y solamente un trabajo persistente permitió que, como en el caso de Argentina, se reabriera ese proceso de justicia y de búsqueda de la verdad y que la Corte Suprema cancelara hace muy pocos días el indulto que Menem le había concedido a Jorge Rafael Videla, miembro de la Junta Militar. Sin duda un triunfo importante en el campo de lo simbólico, aunque no altere para nada su condena a cadena perpetua.
Construcción desde el presente
La otra lección tiene que ver con la idea de que el papel del periodismo es mostrar colectivamente esa construcción de memoria y que esa memoria está asociada a un contexto político, es decir, que la construcción de memoria se hace desde el presente y que justamente ese presente había hecho que se postergara ese ejercicio de la memoria. Lo que me queda claro, considerando que la reconstrucción histórica ocupó el primer lugar de este análisis (no todos referidos a las dictaduras), es que algo pasa cuando el periodismo debe contar las cosas años después. Es como si no solamente la tiranía de la actualidad sino procesos de coacción a las libertades impidieran contar la historia en el tiempo propiamente periodístico.
La producción periodística en este caso muestra la reversión de papeles: a pesar del dolor, hoy las víctimas aparecen recuperando la palabra y se está en proceso de obtener justicia muchos años después. ¿Han cambiado los tiempos del periodismo? ¿Es la reconstrucción del pasado ahora una tarea que permite al periodismo una labor más profunda porque no tienen el lastre de ese contexto político que actúa como censor? Son interrogantes que vale la pena pensar.
Ana María Miralles es profesora-investigadora de la Universidad Pontificia Bolivariana, Colombia.



























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