El nombre de Herta Müller vuelve a alimentar la teoría que el Nobel de Literatura es, desde hace mucho, un premio casi exclusivo para Europa.
La quimera arde, y es porque se acerca la fecha de su anuncio. Las expectativas son grandes y vuelven a la baraja los nombres de clásicos consagrados que hace décadas esperan, silenciosos y expectantes, recibir el premio Nobel de Literatura.
Pero la Academia Sueca, en sus deliberaciones, siempre depara sorpresas. Hoy es Herta Müller, alemana de origen rumano, a quien se premia "por la densidad de la poesía y la franqueza de la prosa". Pero, ¿quién conoce esta densidad de su poesía y quién la franqueza de su prosa?
En el 2008, el galardón le correspondió a otro desconocido, Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francia), en 2007 a Doris Lessing (Gran Bretaña), en 2006 a Orhan Pamuk (Turquía), en 2005 a Harold Pinter (Gran Bretaña), en 2004 a Elfriede Jelinek (Austria), en 2003 a John Maxwell Coetzee (Sudáfrica), en 2002 a Imre Kertész (Hungría), en 2001 a VS Naipaul (Gran Bretaña), en 2000 a Gao Xingjian (China-Francia), en 1999 a Gunter Grass (Alemania), en 1998 a José Saramago (Portugal), en 1997 a Dario Fo (Italia), en 1996 a Wislawa Szymborska (Polonia), en 1995 a Seamus Heaney (Irlanda), en 1994 a Kenzaburo Oé (Japón), y en 1993 a Toni Morrison (Estados Unidos).
La suma de los últimos 16 años arroja los siguientes resultados: Europa va a la cabeza con 13 premios Nobel de Literatura, el resto de los continentes apenas cuenta. Particularmente significativo es que en lo que respecta a Latinoamérica, territorio señalado por Carlos Fuentes como el espacio esencial para la creación literaria, donde la lengua y el lenguaje se reinventan,el último en haberlo recibido fuera el mexicano Octavio Paz, en 1990.
En franca contradicción con los tiempos que nos (des)gobiernan, y a contracorriente de lo que cabría esperar de una globalización que mientras más nos acerca más nos aleja, la Academia Sueca parece cargar desde hace décadas con una manta en sus ojos, incapaz de volcar su mirada más allá de las fronteras del Viejo Continente, alimentando la idea que el Nobel de Literatura está destinado para los europeos y, en menor medida, para el Gran Territorio de la Mancha, el mundo árabe o Asia.
A Hüller se le reconoce ser "la voz de las minorías que viven en el centro de Europa". Es el caso de los rumanos y de su historia personal, la cual sufre un vuelco importante con el dictador Nicolai Ceacescu. El rumano es un pueblo "venido a menos tanto en lo económico como en lo moral.
Müller escribe en uno de sus libros: "No soportamos a los demás ni nos soportamos a nosotros mismos y los otros tampoco nos soportan".
Pero la voz de esa niña que narra la historia anterior es la voz de una niña que también se escucha en lugares más emblemáticos que Alemania (otra vez Alemania !), y que aparentemente nunca saldrá de sus fronteras por la ceguedad de una Academia que se ahoga en su eurocentrismo.





























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