¿Por qué 64 años después es necesario recordar el dolor, los años amargos de uno de los conflictos más crueles que haya vivido la humanidad? ¿Para qué revolver en un pasado que no ha sido más que de sufrimientos indecibles? ¿No es mejor poner la mirada en el futuro incierto que tenemos por delante? He aquí algunas respuestas posibles y otras tantas incertidumbres.
La conmemoración en Holanda del Día de la Liberación ha adquirido, este año 2009, ribetes singulares. En la noche del cuatro de mayo, en la Plaza del Dam, ante unas dos mil personas el alcalde de la capital, Job Cohen, dijo al comienzo de su discurso el nombre de la Reina y de los demás miembros de la Casa Real. La mención fue seguida de una ovación popular, muestra espontánea de cariño de quienes habían presenciado en vivo un atentado fallido que le costó la vida a siete personas, incluido al autor, el pasado 30 de abril, Día de la Reina. Pero por sobre esta anécdota estaban los rostros reflexivos de gente de todas las edades. Y ahí radica el primer valor de la conmemoración.
En esos dos minutos de silencio vuelven a la memoria circunstancias como "El Invierno del Hambre" de 1944-1945 en el que la ración de calorías semanales descendió en algunas regiones a tal nivel que terminaron con la vida de 16 mil holandeses, la mayoría ancianos y niños. El ejército nazi, en las postrimerías de la conflagración, saqueó el país, confiscó los alimentos y agudizó la muerte por inanición de 400 personas por día.
1944. Este es el relato de un periodista holandés: "Temprano por la mañana o después del atardecer se puede ver a caballeros respetables moviéndose lentamente por plazas y parques, analizando las cualidades combustibles de todas las cosas".
¿Cuál es la diferencia entre la inanición y el hambre a secas? Otro periodista holandés de la época lo aclara palpablemente: " los que tienen hambre gritan, pero los que se mueren de hambre permanecen callados".
La fuerza aliada finalmente puso en marcha la Operación Maná, con el lanzamiento aéreo de más de 7.000 toneladas de alimentos que supuso la salvación para miles de personas y la recuperación de una maltrecha esperanza.
Las cifras son números, pero no hay que olvidar que en ellas van sufrimientos personales y colectivos. En Holanda, al final de la Segunda Guerra Mundial había 60 mil niños huérfanos.
En esos dos minutos de silencio, rotos únicamente por el lamento de una trompeta es bueno acordarse de que la resistencia, en los años de la guerra, fue de unos pocos, y que la pagaron frecuentemente con sus vidas. La mayoría optó por la resistencia pasiva, como el uso de los colores nacionales y naranja prohibidos. Otros, demasiados, se inclinaron por la colaboración con el ocupante. Según el jefe de la seguridad alemán, de Ámsterdam: "el principal apoyo fue el que brindó la policía holandesa. Sin ella, no podrían haberse llevado a cabo ni un 10 por ciento de las tareas de la ocupación alemana. Al final de la guerra se investigó en Holanda a 200 mil personas, de las cuales casi la mitad fueron enviadas a prisión. 17.500 empleados perdieron su puestos de trabajo. 154 personas fueron condenadas a muerte y 40 de ellas ejecutadas. La mayoría de los condenados fueron amnistiados poco tiempo después.
No hablan claramente las cifras sobre la muerte, el padecimiento, o la humillación de cada día. Sin embargo, entre otros, la literatura y el cine se han encargado, durante más de medio de siglo, de mantener vivo el recuerdo. Por mencionar lo último, si aún no han leído o no han visto las versiones cinematográficas de El lector, de Bernhard Schlink, y El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, es bueno hacerlo, porque reflejan, de manera bastante aproximada, algunos ángulos de la tragedia.
La Segunda Guerra Mundial es un hecho eminentemente europeo desde el estricto punto de vista histórico, pero es un fracaso colectivo de la humanidad desde el amplio punto de vista humano. No fuimos capaces de evitarlo. Por eso es bueno recordarlo, para que esté presente en nuestras decisiones presentes y futuras; para que cuando nos convoquen a la Marcha por la Paz y la No violencia, entre el dos de octubre venidero y el dos de enero del 2010, no respondamos que no es problema nuestro. En estos coinciden la visión cristiana y la visión humanista: el dolor ajeno es nuestro dolor.
Pero no nos engañemos, poco hemos aprendido de las grandes matanzas. Si no fuese así no habrían habido las masacres de la segunda mitad del siglo XX, ni las dictaduras sangrientas que mantienen hasta hoy heridas abiertas en América Latina y en África. Si hubiéramos aprendido bien no habríamos permitido la impunidad de los asesinos.
Por todo esto y mucho más el recuerdo de la liberación, la conmemoración de las víctimas son un grito a las conciencias de cada uno. Si queremos que esos millones de muertos no sean en vano, debemos aceptar que el racismo, el odio al extranjero, el desprecio por un pueblo, la eliminación física de los enemigos, el desprecio por la vida, son todos elementos de una estrategia repudiable. Y, no obstante, con variaciones inéditas, aquí y allá se llevan a cabo políticas similares, demasiado parecidas como para ignorarlas.
En esos dos minutos de silencio está contenido el recuerdo pero también, y por sobre todo, la esperanza depositada en quienes reclaman que se escuche su voz de paz y de justicia.
*José Zepeda Varas es Director del Departamento Español, de Radio Nederland





























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