Un cierto ánimo voyerista se nota en los apartes que ha entresacado la prensa local del libro "Fuera de cautiverio -sobreviviendo 1.967 días en la selva colombiana", relato a ocho manos de los estadounidenses Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, secuestrados por las FARC el 13 de febrero de 2003 y liberados el 2 de julio de 2008 en la Operación Jaque, en cuya redacción final intervino el periodista Gary Brozeki. - María Isabel García
La obra de 457 páginas, en inglés, que puso en circulación hace una semana la editorial Harper Collins se ha convertido en la comidilla de los medios colombianos, desde páginas editoriales hasta secciones de cotilleo.
La versión que más eco ha tenido es la de Stansell quien tacha a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt de individualista, dominante y enamoradiza. Los párrafos más citados se centran en su vida íntima y la de otros políticos secuestrados de quienes dice "eran pareja en todo el sentido de la palabra". El contratista estadounidense recuerda, con resentimiento, que ella pidió al comandante del campamento alias ‘Martín Sombra' aislarlos de los secuestrados políticos por la peligrosidad que implicaría su condición de espías. La animadversión del contratista hacia Ingrid queda consignada cuando escribe "¿Perdonarla? Sí. ¿Seguir adelante? Sí. ¿Respetarla? No".
Como una lupa
Parece que el cautiverio obra a manera de lupa de la condición humana. La vida simple y llana con sus pequeños episodios de grandeza o mezquindad, que en circunstancias de libertad pasarían inadvertidos, en el cautiverio se sobredimensionan hasta el drama. La tenencia de un diccionario inglés -español, la posesión privilegiada de unas baterías para el radio transistor, la ocasional deferencia del cancerbero, una palabra amable, una caricia, llegan a ser inolvidables o imperdonables.
Del dolor que causa el secuestro a la familia y el frecuente final de ruptura entre las parejas, da cuenta Juan Carlos Lecompte, ex esposo de Ingrid Betancourt, publicista de profesión, quien en los seis años del secuestro sobrevoló la selva lanzando fotos de los hijos de ella con la esperanza de que alguna llegara a sus manos; él que se paseó por Colombia y Europa con una silueta de su esposa tallada en cartón, uno de cuyos ejemplares conserva, dice que "el amor se puede perder en la selva; estar sometido a humillaciones y maltrato pueden crear sentimientos inesperados (...) Nosotros aquí también quedamos secuestrados".
Narraciones privadas
Olga Lucía Gómez, psicóloga, directora de la Fundación País Libre que se ocupa de la atención a las víctimas del secuestro, advierte sobre el daño que se estarían infligiendo quienes hacen de una necesaria catarsis privada un documento público. "No hay que perder el respeto por la vida íntima en cautiverio. Allí se está bajo presión y riesgo de muerte", dijo.
Radio Nederland.- ¿Cuál es el efecto que tiene en la familia y allegados la publicación de episodios de la vida privada en cautiverio?
Olga Lucía Gómez.- Para una persona que ha sido tan vulnerada y lesionada en su intimidad, volver públicos hechos y circunstancias que sucedieron en situación de cautiverio, en riesgo de muerte, produce una lesión muy grande, mayor rabia, culpabilidad e indignación. Y más allá de eso, siguen violentando la intimidad de la persona. Narrar, verbalizar, lo vivido es parte de un proceso terapéutico y de recuperación emocional pero hay que tener mucho cuidado con la forma en la que se pueden interpretar situaciones de cautiverio tan complejas.
RN.- En al situación en cautiverio, aflora lo mejor y lo peor de los seres humanos. ¿Cómo procesan ustedes esos efectos en las víctimas y sus familias y en particular sus parejas?
OLG.- Entendemos el proceso como etapas que necesitan el cautivo y su familia. El secuestro tiene un efecto traumático que produce daños y heridas muy profundas y la familia del secuestrado debe ser comprensiva en cuanto a la necesidad de verbalizar el sufrimiento y verse en retrospectiva para superar el evento traumático. No todo el mundo sufre los mismos daños ni reacciona de la misma manera. No existen estándares ni reglas para decir cómo reaccionan, ni quién mejor que otro. Vemos los relatos como una forma de superar el sufrimiento y salir adelante.
RN.- ¿Qué tan frecuentes son las rupturas de parejas con posterioridad al secuestro y qué tantas decisiones provienen de la víctima y de su pareja en libertad?
OLG.- En el caso de las víctimas recientemente liberadas que pasaron tantos años en cautiverio, es una vida partida. Hay grandes cambios en la familia y el secuestrado: empiezan a pensar distinto, en función de sobrevivir, de lo laboral, emocional, social y político. El secuestrado tiene que volver al referente de su pasado, de lo que él pensaba de sí antes del cautiverio, es devolverse muchos años para retomar el hilo en otras circunstancias. Los problemas económicos causan una mella impresionante y hay cambios que no siempre son asumidos. Son tiempos acompañados de una angustia muy grande y no siempre las familias vuelvan a unirse. La unión tiene que ver con circunstancias emocionales, económicas, soportes profesionales, el sistema de creencias, a qué se atribuye el secuestro y cómo se lo explican. Son frecuentes los caos de parejas que no vuelven a estar juntas.
RN.- ¿Se puede hablar o no de fidelidades entre parejas que viven tanto tiempo separadas y en circunstancias tan angustiantes?
OLG.- La fidelidad es un tema aparte del secuestro. No porque la persona haya sido secuestrada tiene que ser fiel o porque no haya sido secuestrada, infiel. Lo que sabemos es que es un periodo en que la familia siempre tiene presente al secuestrado y así haya cambiado su modo de vida, el trabajo, la ciudad de residencia, siempre tiene la esperanza de volverlo a ver. Qué tanta firmeza haya en las relaciones emocionales o de pareja, depende de cada caso particular, del ciclo de vida de la pareja, pues, no es lo mismo hablar de una pareja que llevan 30 años de casados que de una de recién casados.
RN.- En estos días se ha recordado la frase de Ingrid Betancourt cuando se le preguntó sobre su v ida íntima en el cautiverio. "Lo que ocurrió en la selva, se quedó en la selva", dijo. ¿Usted cree que esta es una forma sana de afrontar las cosas?
OLG.- Los secuestrados necesitan establecer referentes. Cuando la persona sale libre tiene mecanismos de protección y modos de afrontar la angustia. Hay personas que necesitan marcar un referente del pasado para proyectarse al futuro. Toda la naturaleza del secuestro está marcada en el tiempo, por eso uno de los mecanismos que tienen es decir ‘ya estoy acá y me debo ubicar en el presente y punto'. Eso no es bueno ni regular ni malo, sino una forma de afrontar las cosas.
RN.- ¿Qué incidencia ha tenido en el trabajo de País Libre el ‘boom' de literatura del secuestro?
OLG.- En algunos casos ayudamos. Cuando nos comentan que van a publicar un libro les proporcionamos algunos referentes conceptuales de cuál sería una manera pedagógica de mostrar la experiencia de las personas en cautiverio, pero a cada cual lo lleva a escribir una motivación muy particular. En general la gente necesita comunicarle al mundo la situación de degradación que ha sufrido. Hay que pensar que quienes escriben un libro estuvieron en una situación muy extraña, excepcional. Todos esos escritos hay que entenderlos en dos sentidos: como una vía de recuperarse, de exorcizar los temores y circunstancias que vivieron y, como una manera de expresar la rabia profunda.
Relatos de la selva
Hay al menos una docena de títulos de algo así como ‘la biblioteca del secuestro', de los cuales cinco se editaron en 2008. Ya se anuncia uno de Clara Rojas que tendrá un tono de autoayuda, y otro de Ingrid Betancourt, quien el año pasado recibió el premio Príncipe de Asturias a la Concordia.
Y es que entre las primeras llamadas que reciben quienes logran escapar -como el intendente de policía Frank Pinchado, de cuyo libro se han vendido 30.000 ejemplares- o son liberados, están las de las editoriales que se pelean los derechos de los relatos de la selva a manera de versiones contemporáneas, rápidas y a pedido, de ‘La Vorágine', de José Eustacio Rivera, sobre la explotación de las chaucheras en el amazonas, de la que se dice inauguró la novela social latinoamericana.






























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