Este domingo se celebran elecciones generales en Colombia. ¿Qué está en juego después de ocho años de gobierno de Álvaro Uribe?
Finaliza el mandato de ocho años de Álvaro Uribe. Hasta hoy, a pocas horas de la elección presidencial, cuenta con el respaldo mayoritario de la población, en un porcentaje no inferior al 70 por ciento.
Los colombianos le han perdonado de todo al gobierno: los índices de corrupción, los falsos positivos (jóvenes asesinados por miembros del ejército y hechos pasar por guerrilleros), los subsidios no reembolsables a miembros de la casta agrícola del país, la connivencia inveterada de una gran mayoría de parlamentarios oficialistas con el paramilitarismo asesino y depredador.
¿Por qué esta tolerancia extrema de la población? Porque el presidente devolvió la esperanza en la seguridad personal y colectiva de Colombia. La oposición podrá decir y hacer cuántos análisis estime oportunos y a lo mejor certeros, pero los colombianos se sienten ahora más seguros que hace ocho años. La prueba irrefutable es que ningún candidato se ha atrevido a cuestionar la política de seguridad democrática. La diferencia está en los énfasis, no en el fondo.
Más allá, las cosas no son muy halagüeñas. Y así como hablamos de lo mejor, lo peor han sido los daños causados a las instituciones democráticas so pretexto de servir a la causa de la pacificación nacional. El gobierno ha tenido por momentos relaciones tensas con la Corte Suprema, y se ha saltado varias leyes y disposiciones constitucionales en sus afanes programáticos.
Vea la entrevista a Rafael Pardo, candidato a la presidencia por el Partido Liberal
En el ámbito económico las cosas están mal no sólo por la crisis. Los ingentes gastos en defensa postergan otras prioridades esenciales, como salud, vivienda y educación. Colombia aumentó la inversión en la Defensa del 3 al 6 % del Producto Interno Bruto. Las Fuerzas Armadas crecieron de 260.000 efectivos a 450.000 efectivos, casi una duplicación. Hay ahora un Ejército igual al de Brasil, que tiene ocho veces más territorio y cinco veces más población.
Y ahora qué
El panorama de los candidatos se ha decantado de forma sorpresiva. No hace nada que la mayoría daba por hecho el triunfo de Juan Manuel Santos, el delfín de Uribe, el ex ministro de Defensa, el hombre de la continuidad de la obra, para decirlo rápido, y el que le ha asestado los peores golpes a las FARC. Si bien se ha comprobado que los votos no son necesariamente endosables, lo cierto es que Santos representa al uribismo sin Uribe.
Pero Colombia es tierra de imposibles, de realidades frecuentemente más asombrosas que su gran literatura. Y Antanas Mockus, el profesor excéntrico, el del culo al aire para acallar a estudiantes vociferantes, el del matrimonio celebrado en un circo y con los novios aupados a sendos elefantes, el que se disfraza de superhéroe, ese mismo Antanas Mockus que tuvo dos períodos inmejorables como alcalde de la capital, Bogotá, ése, desde el final de la lista de los candidatos, logró, en tiempo récord, alcanzar un empate con el favorito Santos. ¿Cómo ha logrado tamaña hazaña? Criticando la mirada exclusiva en la violencia como respuesta a la violencia. Violencia guerrillera combatida con violencia estatal. Violencia del crimen organizada perseguida con violencia policial. Mockus el profesor, el filósofo quiere la revolución del lápiz y el silabario, el retorno del valor superior de la vida por sobre el de la muerte. De ahí que se equivocan aquellos que piensan que un eventual gobierno, Mockus será condescendiente con la guerrilla. Nada más alejado de los propósitos de este político de nuevo cuño.
Vea la entrevista a Antanas Mockus
En consecuencia, el dilema parece planteado entre dos miradas distintas de hacer política y construir democracia. Santos dice buscar la consolidación de la seguridad democrática y el fin de los grupos armados ilegales, y un esfuerzo paralelo en contra de la pobreza. Mockus dice querer la seguridad jurídica y el cambio en las conciencias. En todo caso en la segunda vuelta, el 20 de junio se sabrá cuál de los dos ha logrado las mejores alianzas y el mayor convencimiento ciudadano.
En la diáspora del proceso, unas guerrillas que concitan el rechazo inmensamente mayoritario de la población, y que bien harían en desarmarse e integrarse a la vida civil, como también tienen que hacer eso mismo parte de las elites colombianas que mezclan violencia, mafias y política y que agreden a la sociedad y le disparan desde dentro a la democracia. Hay 107 parlamentarios investigados por asociación con paramilitares, o sea la tercera parte del congreso; de ellos, 42 están presos y otros 500 políticos locales investigados por la misma causa Parece una tragedia interminable.
En Colombia persisten las FARC como un anacronismo, pero también unas elites que son anacrónicas, que atacan al sindicalismo, que no han permitido procesos de democratización en la sociedad.





























Gracias Don José Cepeda por este excelente artículo.
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