Despierta el alba con un mañana desteñida, acaso ebria, un tanto distraída. El día que pardea a partir de suaves colores despide a la noche con un profundo llanto, de ahogado y penetrante, como el amanecer que viene con su lamento, uno más y uno distinto al que se escucha desde hace más de una década. - Pablo Gámez
Suma de muchas, la mañana se pregunta cuántas más para ser tantas. Tiene nombre y se llama Airis. Que se busca porque se ha extraviado, la niña que fue vista por última vez en la Colonia Universidad.
Ahora fotocopia de la copia del primer volante, el rostro de Airis resulta borroso, no por ello deja de ser enternecedor: finas sus cejas, están dobladas en un perfecto arco. Su pelo es largo y castaño. Sus ojos que despiden un brillo monopolio de la niñez, solamente. Su mirada que se pierde, absorta y lejanda, en la contemplación de la nada. ¿Aire de Airis que volar su rostro ve ? Su volante es colocado sobre otros volantes. Es así de vestida que amanece la ciudad. Arropada con los hilos de la desesperación, la vida se hace un rumor de hebras desgastadas.
Porque uno tras otro y uno sobre otro, la mecánica se traduce en lo cotidiano: aquellos rostros de ayer son historia cuando aparecen los rostros de hoy.
Desfigurados unos, inocentes todos. Apenas tiene siete años la niña que ha sido encontrada. Su pequeño cuerpo deshecho en un tambo relleno de cemento, en una casa de madera y cartón, un predio semidesértico.
El dictamen: que ha sido cercenada. Que su cuerpo tenía huellas de haber sido violada. Que fue golpeada en la cabeza, brutalmente.
Y horas después el hallazgo de un nuevo cuerpo, otro, como si de tratarse fuera de una historia de hacer restas a la vida. Se llama Anahí y fue abusada sexualmente, después asesinada. Luego quemada en su vivienda en un intento por ocultar evidencias, apenas tenía diez años de edad.
Parece que la noche, aquí, tiene mucho que durar, tratándose, sirva decirlo, de una tierra de poco. Desértica si se quiere, más fértil en muerte y dolor, porque Ciudad Juárez es en la historia moderna un paréntesis que se abre y en el que se registra un asesinato continuo de mujeres, adolescentes y niñas, envuelto en capas de una nebulosa de corrupción e impunidad.
No es poco: los asesinatos incluyen la violación, mordazas, golpes, cuchilladas y mutilación. La asfixia por estrangulamiento y los golpes ocupan más del 70 por ciento de las causas de muerte.
Son muchas: superan 400 las asesinadas; cerca de cinco mil son las que permanecen en calidad de desaparecidas.
¿Y entonces se necesitan cuántas para recordar a una, tan sólo ?
Durante los primeros días de 1993 es que en Ciudad Juárez empieza- se tiene conocimiento que antes de esa fecha se produce una cadena de asesinatos en toda la región de Chihuahua-- un desmedido incremento de violencia hacia las mujeres.
Distintos estudios lo certifican: más de un 14 por ciento de los 1307 delitos sexuales reportados en Ciudad Juárez en 1995 fueron violaciones a mujeres. Para 1996, la cifra aumenta en un 35 por ciento.
Y así, de forma acelerada, Juárez se convierte en una de las ciudades con los índices de violencia más altos de México. Aún peor, el clima de inseguridad y corrupción se alimenta de la presencia del narcotráfico y de otros elementos del crimen organizado.
Clave será la década de los noventa para entender la magnitud de éste fenómeno. Porque a partir de entonces mujeres jóvenes y de origen humilde, niñas y adolescentes son raptadas, mantenidas en cautiverio y sujetas a la violencia sexual más feroz antes de ser asesinadas y dejadas en lotes abandonados junto con los escombros.
Triste realidad: de tan espesas, las tinieblas quieren volverse sólidas. Y en Ciudad Juárez, silenciosa y cómplice de las muertes que en su vientre se consumen, la noche no da margen para querer despertar.
APUNTES SOBRE LOS ASESINATOS
Abiertos los ojos, el crepúsculo de la realidad: ser adolescente es un criterio de selección por parte de los victimarios. De las víctimas asesinadas en Ciudad Juárez, la mayoría son estudiantes y obreras, lo cual conduce, inevitablemente, a encontrar las huellas de un patrón existente sobre las características de la víctima: la manera en que han desaparecido, asesinadas y sus cuerpos abandonados.
Buscando respuestas, en sus investigaciones más recientes el Colegio de la Frontera Norte de México establece que la quinta parte de las víctimas había trabajado para una de las 300 plantas ensambladoras, es decir, para la industria maquiladora de compañías multinacionales que dominan la economía de Ciudad Juárez.
La baraja de la estadísticas determina que el resto de las víctimas son estudiantes, amas de casa o trabajadoras, jóvenes que seleccionadas por sus victimarios, son mujeres sin ningún poder en la sociedad chihuahuense.
Desgranadas, las investigaciones determinan que el género de la víctima es un factor significativo del crimen, influyendo tanto en el motivo y el contexto como en la forma de la violencia a la que fue sometida y la respuesta de las autoridades a ella.
Insistir en este punto es fundamental: a pesar de que el cuadro general de violencia en Ciudad Juárez y Chihuahua afecta a hombres, mujeres y niños, los asesinatos y las desapariciones de mujeres permiten vislumbrar un patrón de violencia contra la mujer.
Se traduce en una violencia con claras dimensiones de género, donde los homicidios contra mujeres son algo más que el sustento de una macabra geografía.
Irrumpe y transgrede, va más allá: ¿Se trata de una arquitectura de muerte diseñada y planificada, en la que sus cimientos son la completa destrucción y avasallamiento de la mujer?
En el año de 1976 se acuña por vez primera el término feminicidio. Y se define como el asesinato misógino de mujeres por hombres, tratándose de una forma de un continuo de violencia sexual, donde hay que tomar en cuenta los actos violentos, los motivos, el desequilibrio de poder entre los sexos en las esferas económicas, políticas y sociales.
El feminicidio se da en proporción directa a los cambios estructurales que se presentan en la sociedad y en relación directa con el grado de tolerancia que manifieste la colectividad en torno a los mismos y a su nivel de violencia.
Pero la gramática de la explicación se agota cuando el acto mítico ritualista en el patriarcado contemporáneo se funde con el sexo y la violencia, estableciéndose una íntima relación entre hombría y placer, expresión última de la sexualidad como una forma de poder.
Gula de matar es la que hay. Porque el feminicidio de Ciudad Juárez comprende toda una progresión de actos violentos que van desde el maltrato emocional, psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación, la prostitución, el acoso sexual, el abuso infantil, el infanticidio de niñas, las mutilaciones genitales, la violencia doméstica y toda política que derive en la muerte de las mujeres.
Aún más: ligado al sistema patriarcal, éste predispone en mayor o menor medida a las mujeres para que sean asesinadas, sea por el hecho de ser mujeres, o por no serlo de la manera "adecuada".
Recuérdese que con el ingreso en la década de 1960 de las "maquilas" a Ciudad Juárez, la mujer quiere ser protagonista y se siente catalizadora de un cambio social.
La paradoja lastima: trabajo esclavizante, la maquila supone una fuerza liberadora. En el caso de las mujeres de Ciudad Juárez, les permite no solamente una fuente de trabajo, sino una semilla de independencia ante un machismo dominante, profundo en raíces que se arraigan en las bajas arenas del desierto.
Pero a partir de este cambio, el hombre ve desplazarse su importancia económica y su nivel de influencia sobre la mujer. Es cuando se asoman las espinas y su cruzan las escamas.
LA ARQUITECTURA DE LOS CRÍMENES
De Juárez o provenientes de Chiapas, Coahuila, Ciudad México, Durango, Zacatecas, Sinaloa, Guanajuato y Veracruz, la mayoría de las víctimas son originarias de estos lugares.
Atraídas por el imán de las maquilas y por la garantía de empleo, llegan a Ciudad Juárez envueltas en los ropajes de las ilusiones: la promesa brilla y se hace espejismo, ¿engaña desde tan lejos?
Es exacto: si bien con el programa maquilador en 1960 Ciudad Juárez se consolida como centro industrial de primer orden para México, las enormes ganancias no llegan a favorecer a las capas más bajas de la población de la ciudad.
Importa a los políticos y empresarios que en Ciudad Juárez se produzca una televisión cada tres segundos y una computadora cada siete, nada más.
En alto, la rebosante copa del neoliberalismo lo brinda. Porque el objetivo es que con tecnologías de vanguardia y con ritmos de producción cronometrados, Ciudad Juárez permanezca como un centro experimental de modelos multinacionales de producción.
Un dato: fíjese que a las puertas del año 2000, se registran más de 400 empresas maquiladoras en Ciudad Juárez. Y así es que las autoridades de México hacen festín vanagloriándose de que Juárez tiene la menor tasa de desempleo a nivel nacional.
Dirán: ¡apenas un 0.6 por ciento! Pero la tequila se fermenta cuando se analiza el censo de 2000 y se conoce que el 40 por ciento del millón trescientas mil personas que viven en Juárez pertenecen a la extrema pobreza.
Duele el contexto: en un país ahogado en crisis y depresiones económicas, la sóla posibilidad de trabajar es razón suficiente para que 300 personas lleguen a diario a Ciudad Juárez en busca de empleo.
Y entre los gallos, las verdades: la posibilidad de empleo no se traduce en garantía de progreso. Los salarios de la industria maquiladora son aberrantes, exiguos. El trabajo, explotador, agotante. Sin derechos ni beneficios, los empleados de la maquila perciben cerca de cuatro dólares diarios. Las maquilas, sin embargo, gozan de enormes ventajas fiscales.
Sin un plan urbano y ante un desierto que reivindica sus territorios, Ciudad Juárez nace y vuelve a morir. Fuera azota la pobreza, consume la droga y deshace la violencia.
La miseria se hace vivienda y habita dispersa y concentrada. Por miles, la presencia de los pobres caseríos con el centro industrial, resulta aberrante. La modernidad de la ciudad industrial se pierde en la palidez de Juárez, en decenas de lotes baldíos y en edificaciones a medio completar.
Descolorida, la ciudad resulta pálida y se ve enferma, como de tratarse de una fotografía antigua roída por un tiempo que nada espera, ni que respeta.
Desarbolada, se multiplican las ausencias para imponerse la cara de la aridez, triste y agrietada.
Deshumanizada, la promesa del progreso se desintegra entre las calles de arena y la esporádica presencia del asfalto, en las montañas de chatarra inservible, en la explotación de los recursos naturales, en el olor de gasolina con marihuana, en la heroína y el ajetreo, en la cocaína y la sobrevivencia.
Y en la carencia de iluminación nocturna, que si la hay arroja un color de amarillo hueso, se disputan más de cuatrocientas cincuenta bandas criminales el control por "la plaza".
Encima de ellas y gozando de un tejado de impunidad, opera el Cartel de Juárez, fundado por Amado Carrillo Fuentes, "El Señor de los cielos", quien para la década de 1990 había hecho de este lugar su principal base de operaciones.
Bajo su sombra es que se ejecutan a cientos de personas. Otras miles desaparecen, sin dejar huella ni rastro. Es cuando el negocio se transforma en una gran industria: una poderosa máquina de corrupción, cuyo engranaje y piezas se encuentran en todos los rincones de Ciudad Juárez.
Es parte de la estrategia del Cartel: introducir parásitos en todos las instituciones del país para dominarlas.
Téngase en cuenta que desde los primeros años de 1990, la misma DEA confirma la filtración del Cartel de Juárez en el Partido Acción Nacional en el Estado de Chihuahua.
Telaraña de impunidad: la corrupción y la presencia del Cartel de los hermanos Carrillo Fuentes en todas las instituciones de Chichuaha dificultan que se encuentre un rastro de verdad detrás del asesinado de mujeres.
Pero ya se dijo que los ropajes de la ilusión son más fuertes que la imagen real detrás del espejismo.
En México, el extremo de la desesperación es una armadura y no una seda.
Las mujeres buscan empleo en Ciudad Juárez no para vivir, sino para sobrevivir. Pero en las antesalas de las promesas, ellas viven en circunstancias precarias, resignadas, acaso cercadas por la desoladora miseria que se desborda en todas sus formas, sutiles y acentuadas: en Ciudad Juárez se quedan hasta encontrar la muerte que les asecha.
Con suerte, si es que la tienen, los restos de las niñas, adolescentes y mujeres serán hallados por transeúntes al cabo de unos días, quizás meses después, siempre los cuerpos mutilados, siempre golpeados, encendidos en dolor y en sus rostros grabada la mueca de miedo y espanto.
Queda al descubierto, importa decirlo, desde el primer momento la incapacidad de las autoridades mexicanas de tratar los casos en el contexto de un patrón de desapariciones y muertes de mujeres y niñas con características similares, negando a los familiares una respuesta debida y un remedio judicial efectivo.
Acaso peor: las autoridades culpan a las mismas mujeres de su desaparición o asesinato, descartando la existencia de una situación excepcional.
En la mayoría de los casos, los cuerpos se encuentran abandonados en lotes baldíos dentro de la ciudad o en zonas despobladas en la periferia.
Los sitios de mayor hallazgo de cadáveres son parajes desérticos o semidesérticos de Ciudad Juérez: la carretera a Casas Grandes, Juárez Porvenir, Campo Algodonero, Cerro Bola, Libramiento Aeropuerto y Lote Bravo, Loma Blanca, Lucio Blanco, Oasis Revolución, Eje Vial Juan Gabriel, Puerto Anapra, Lomas de Poleo y Cerro del Cristo Negro.
Los nombres de esta geografía de la violencia apuntan al poniente y al Sur de la Ciudad. Quiere decir que los cuerpos aparecen "sembrados" en las zonas que pertenecen al ejército, policías o traficantes de drogas, también a bandas criminales, traficantes de droga al menudeo de armas y de autos.
Zonas de dominio en que sus dueños se confunden y no se distinguen, porque unos están con otros y terceros no existen porque desaparecen o los matan, sencillamente.
En una tierra de nadie, las semillas son esparcidas por un desértico territorio: los cuerpos de las jóvenes, allá y acá, parecen llevar un menseje codificado.
Como lo explica Diana Washington en su libro Cosecha de mujeres, "es posible que los homicidas sembraron los cuerpos en determinados lugares para establecer una postura política, para emitir una especie de mensaje hacia la comunidad, para avergonzar o perjudicar a terratenientes bien intencionados, o como una forma de comunicación entre ellos mediante una clave macabra".
Desnudas o semidesnudas, las víctimas aparecen con las manos atadas y con profundas huellas de golpes. Si la palabra se ajusta, el " fenómeno " se ubica en la maleza de lo delincuencial y el femicidio.
Tras seis años de investigaciones, el periodista mexicano Sergio González, autor del libro Huesos en el desierto, habla por vez primera de una posible orgía sacrificial de cariz misógino, propiciada por las autoridades.
Apunta González que "los responsables están libres, a la sombra de una pirámide corrupta que tiene su base en la ineficacia policíaca y los delitos impunes en un índice de casi cien por cien en la república mexicana".
También documenta que policías y funcionarios judiciales cuentan con el respaldo de un grupo de empresarios del mayor poder económico y criminal en todo México.
Según González, "el móvil general de por medio refiere a un rito homicida de contenido sexual que sirve para cohesionar, fraternizar y garantizar el silencio de quienes pertenecen a su secreto".
Sintaxis que compone la estructura de una mafia influyente, muy poderosa, capaz de comprar conciencias y lavar principios, con los recursos para desaparecer las pruebas y consumir más crímenes.
Que así los victimarios prefieren llamarlos rituales, retorciendo toda lógica humana para no verlos como asesinatos perpetrados durante el clímax de sus peñas.
Lo dice en sus investigaciones la periodista Diana Washington Valdés, de El Paso Times, Texas, cuando se hace eco de las investigaciones federales que determinan que los homicidios contra mujeres en Ciudad Juárez tienen lugar en orgías sexuales y de fraternidad.
Washington Valdés menciona que fuentes de seguridad federal señalan a seis prominentes empresarios de El Paso, Texas, Ciudad Juárez y Tijuana, "quienes patrocinan y atestiguan actos cometidos por sicarios, quienes secuestran, violan, mutilan y asesinan mujeres".
De acuerdo con Washingon Valdés, "son empresarios de la industria del gas, transporte, medios de comunicación, refresqueo y de establecimientos de ocio, juego y apuestas, con nexos políticos con el gobierno de Vicente Fox".
Como todo mal tiene también su raíz, Washington Valdés determina, a partir de distintos documentos clasificados, que los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y toda la región de Chihuahua "tienen su origen en la guerra sucia de México. En ese tiempo se tejía una compleja red de capos del narcotráfico, empresarios, militares, policías y funcionarios corruptos".
La del 27 de noviembre de 1999 será una fecha clave. Washington Valdés detecta que en ese momento surgen nuevas líneas de investigación, cuando el FBI lanza Plaza Sep (Limpieza de Plaza), un importante operativo entre Estados Unidos y México.
El FBI poseía información de que el Cartel de Juárez había enterrado más de 100 cuerpos de víctimas en inmuebles de su propiedad en todo Juárez.
Son las llamadas narcofosas o narcocementerios, es decir, tumbas clandestinas sembradas en lo largo de las propiedades del Cartel de Juárez.
Se llegarán a encontrar nueve cadáveres, únicamente, pero el alcance de Plaza Sweep es mayor, porque las investigaciones demarcaron otras fronteras para comprender la estructura detrás del infinito laberinto del feminicidio de Ciudad Juárez.
La tierra removida dejó al descubierto elementos que podrían explicar las líneas maestras de las desapariciones de hombres y mujeres registradas durante las décadas de los años setenta y ochenta.
La revelación es comprometedora. Inmerso en los bancos de inteligencia de Estados Unidos, el FBI levantó un archivo detallado del papel desempeñado por el ejército mexicano en los años mencionados. De esta forma se pudo documentar las muertes de 600 personas en México, en donde el Ejército estaba involucrado.
Washington Valdés comprende que los nervios de la corrupción y la represión están expuestos. Se comprueba que "durante la gestión del presidente Miguel de la Madrid, la CIA adiestró a un equipo élite de militares que formaron parte de una unidad de inteligencia. El equipo recibió instrucciones de rastrear y localizar a los barones de la droga y diseñar estrategias para desmantelar los cárteles".
En 1996, el ejército de Estados Unidos creó un programa para adiestrar y equipar tropas de choque antinarcóticos denominada Grupos Aeromóviles de Fuerzas Especiales (GAFES). Eran nuevos comandos elite comisionados en todo el territorio mexicano para detener y eliminar a narcotraficantes.
Algunos de los GAFES desertaron de las filas militares. Se unieron al narcotráfico y otros prestaron sus servicios como sicarios.
Entonces es que en Ciudad Juárez y Chihuahua se origina un cóctel de ex policías federales y de soldados en la nómina del narcotráfico.
1995-1996, téngase presente, fueron los años más violentos para las mujeres y hombres en Ciudad Juárez.
LA SOCIEDAD CIVIL
Entre 1993 y 2003, cuatro homicidios múltiples fueron reportados en Ciudad Juárez. El rostro de las atrocidades terminaba por desfigurar a la sociedad juarense. De cerca se percibía una nueva y poderosa ola de crímenes e impunidad.
Las víctimas habían sufrido abuso sexual, estrangulamiento, varios de los cuerpos fueron encontrados con los senos mutilados, otros mordisqueados por dentadura humana. Sus rasgos físicos eran similares: de cabellos largos, piel morena, de contextura delgada y ojos oscuros.
Las autopsias, cuando quieren, arrojan revelaciones importantes: antes de ser liquidadas, las víctimas están cautivas durante varias semanas o días, sometidas a violaciones, vejaciones y torturas. También se detecta, en varios de los cuerpos, quemaduras por refrigeración. En uno de los casos, se calcula que el cuerpo de la víctima estuvo ocho meses refrigerado.
La magnitud de estos homicidios seriales tiene un efecto inmediato: provoca la masiva movilización de las organizaciones no gubernamentales y grupos civiles que demandan justicia y verdad.
Dolor e indignación se hermanan: la voz de los sin voz empieza a quebrar los muros de Juárez. Se perciben grietas y bullen lentamente los reclamos.
Madres salen a las calles para que las vean vestidas de negro y sombrero rosado: el símbolo de la resistencia de Ciudad Juárez es colocado en la entrada del Puente Internacional Paso del Norte.
Se trata de una cruz de madera que tiene una leyenda, en la que se lee: "Ni una más".
Pero la leyenda que se lee en la cruz de poco sirve. El feminicidio se muestra imparable, las autoridades: cómplices e incompetentes.
INFORMES INDEPENDIENTES
Un lustro pasa, llega una década y para entonces cinco informes independientes de Organizaciones No Gubernamentales y de Organismos Internacionales de derechos humanos certifican y documentan la magnitud de los crímenes en Ciudad Juárez.
Se trata de los informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de Naciones Unidas, de Amnistía Internacional, del Instituto Chihuahuense de la Mujer y de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México.
Las investigaciones permiten observar que servidores públicos del Estado mexicano cometieron actos y omisiones que propiciaron la violación directa de innumerables disposiciones de los órdenes jurídicos nacional e internacional.
Ello implica el abandono de los valores que emanan de la dignidad humana y de los principios que dan sustento a las condiciones mínimas para el desarrollo de la persona en sociedad.
El hecho de que los expedientes de las víctimas se encuentren incompletos, o bien que se hagan públicas acciones que no constan en los expedientes, supone el desconocimiento o desprecio del deber del Estado de actuar con la debida diligencia ante hechos que vulneren los derechos de los particulares.
Después de distintas entrevistas mantenidas entre el 13 al 23 de mayo de 2003, el Relator Especial de Naciones Unidas comprueba que los asesinatos de niñas, adolescentes y mujeres "no conmovieron a los agentes de la policía y a los procuradores, quienes llegaron incluso a reprochar a las mujeres su presunta falta de moralidad".
También se documenta "la absoluta ineficacia, incompetencia, indiferencia, insensibilidad y negligencia de la policía que había llevado hasta entonces las indagaciones".
En el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se determina que la principal preocupación de la CIDH consiste en que hasta el año de 2001 seguía impune el homicidio de cientos de mujeres.
La CIDH identifica una serie de preocupaciones. En primer lugar, que la impunidad de los actos de violencia contra mujeres sigue siendo la práctica general, y no la excepción. De los cientos de homicidios cometidos a partir de 1993, sólo 20% han llegado a la etapa de condena. Respecto de los denominados "homicidios seriales" que forman parte de ese grupo, sólo una persona ha sido condenada en relación con un homicidio.
También señala que cada uno de las instancias gubernamentales de México invoca el alcance de su competencia para rechazar una participación conjunta, adicional o más profunda en la investigación del feminicidio que tiene lugar en Ciudad Juárez.
En su informe hecho público el 11 de agosto de 2003, Amnistía Internacional concluye que las autoridades, durante 10 años, han tratado los diferentes delitos como violencia común del ámbito privado, sin reconocer la existencia de un patrón persistente de violencia contra la mujer que tiene raíces más profundas basadas en la discriminación.
Según Amnistía Internacional, la investigación de los expedientes judiciales revela lo que se ha llamado en otros casos "un modelo de intolerable negligencia" por parte de los servidores públicos del Estado mexicano, según el cual, a pesar de la existencia de pruebas que indican la materialidad de los hechos, la mayoría de los casos están impunes.
La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, en su informe, señala que la investigación de dicho organismo implicó solicitar a la Fiscalía Especial para la Investigación de Homicidios de Mujeres en el municipio de Juárez, Chihuahua, la documentación de la cual se desprendiera el trámite que le había otorgado a los asuntos relativos a homicidios o desapariciones de mujeres, "la que se encontró de manera desorganizada, carente de sistematización e incompleta, por lo que fue necesario recurrir a otras instancias para lograr su ubicación".
La Comisión descubre que los levantamientos de los cadáveres, en el caso de las mujeres víctimas de homicidio, y la recolección de indicios no fueron realizados debidamente; los informes oficiales al respecto no contienen datos certeros de lo sucedido, ni mucho menos permiten identificar y saber las causas de la muerte, o si las víctimas fueron objeto de alguna agresión sexual, y el destino de los cadáveres de las mujeres que fueron privadas de la vida, especialmente aquellas que, por no haber sido identificadas, aparentemente fueron inhumadas sin que exista la manera de identificar el lugar.
Ejemplos concretos son cuerpos de mujeres que sin prueba alguna son calificados como "estranguladas" o "violadas". O bien determinar violaciones en cuerpos en plena descomposición, o en restos de huesos y jirones de piel en los que nada podía sugerir elementos probatorios al respecto.
Se aprecia que los indicios fundamentales para lograr la efectiva identificación de la víctima del delito, así como a los probables responsables del delito, actualmente no están disponibles por diversas causas invocadas por la propia autoridad y corroboradas por testigos; entre ellas, que fueron quemados por la policía antes de noviembre de 1998, fecha en la que fue designada la quinta Fiscal Especial, otros que fueron quemados por indigentes o bien que se destruyeron con motivo de una inundación.
Se descubre que los dictámenes periciales tienen fallas tales como falta de orden cronológico en la descripción de las lesiones externas; omisión en la descripción de una somatometría total del cuerpo; descripción parcial de lesiones, es decir, no se dan las características específicas de cada una de ellas; la descripción de las lesiones es superficial; la omisión en la descripción de la región genital y anorrectal, así como de las extremidades; a nivel de cuello, no se revisó esta zona, lo cual resultaba ser de gran importancia ya que algunas mujeres fueron estranguladas; en el tórax y en el abdomen, los hallazgos fueron descritos en forma parcial; y se omitió indicar estudios de anatomía patológica así como de análisis toxicológicos de todos los órganos.
Se critica también que a cada nuevo caso las autoridades locales anuncian el "fin del problema", con la detención de uno o varios presuntos responsables.
Como sucede el 3 de octubre de 1995, con la detención del ciudadano egipcio Abdel Latif Sharif Sharif: las autoridades de Juárez habían encontrado a la persona idónea para acusarle de ser el cerebro y responsable de la red criminal que se esconde detrás del feminicidio de Ciudad Juárez.
Su perfil y antecedentes penales lo hacen el sospechoso perfecto: de nacionalidad egipcia, sin mayor arraigo en Ciudad Juárez y con un expediente delictivo en Estados Unidos.
La detención de Sharif Sharif servirá para calmar las revueltas aguas. Las autoridades aseguraban que con él en las rejas, la normalidad regresaba a la región.
No fue así. En diciembre de 1995 se encuentra el cuerpo sin vida de Rosa Isela Tena Quintanilla, de 14 años de edad. Más cuerpos de más víctimas aparecerían en los siguientes meses. La credibilidad de las autoridades queda de nuevo en entredicho. Es cuando se anuncia la detención de "Los Rebeldes", acusados de haber perpetrado el crimen de 17 adolescentes. Las autoridades dirán que el cerebro de "Los Rebeldes" es Sharif Sharif y que éste les pagaba 1.200 dólares por cada mujer asesinada.
Extraña circunstancia: con "El Egipcio" y "Los Rebeldes" presos, los asesinatos continúan. Y ahora en 1999, las autoridades mexicanas volverán a fabricar un caso: esta vez la banda se llamaría "Los Choferes".
Mucho tiempo después se verá que no existe relación entre "El Egipcio" con "Los Rebeldes" y "Los Choferes". También se comprobará que las huellas dentales de Sharif no corresponden con las encontradas en los cuerpos de las víctimas por las que se le acusa. A pesar de ello, Sharif Sharif permanece en prisión.
Y entre rejas la verdad, distorsionada y tullida, mutilada por incompetencia de las autoridades y carcomida por las mafias poderosas que operan y dominan la zona y la plaza, en Sur y el Norte, sin poniente que se escape a la garra.
Sopla un viento fuerte, de ráfagas cortas. Las madres de las asesinadas dicen que de tanto sufrir las lágrimas no saltan porque se han quemado.
Entre el rastrojo y la aridez, rodeada de silencio y soledad, una mano de polvo golpea en el rostro y se escabulle por el cuerpo, deslizándose y cubriéndolo todo, como un manto arrojado desde el desierto.
¿Quién será? ¿Habla quién?
Como si los muertos bajo el suelo quisieran retener los pies de los vivos.
Pablo Gámez.
Jefe de Redacción del Departamento Latinoamericano
Radio Nederland.























Enviar nuevo comentario