El general Augusto Pinochet, quien acaba de cumplir 88 años, crea tremendo revuelo en Chile por sus recientes declaraciones a un canal de televisión de Miami. Lo cierto es que no ha dicho casi nada nuevo. En síntesis declara que es inocente de toda culpa y reclama un lugar en la historia como salvador de la patria.
Aclaremos el casi. Lo único nuevo es que Pinochet considera tener condición celestial. Dice que se siente como un ángel. Es decir, todo bondad, condescendencia con el prójimo, y acciones emanadas del poder de Dios. A lo mejor habría que pensar en canonizarlo. Si no hubiese dicho nada más, sus partidarios podrían esgrimir con cierto grado de credibilidad el argumento de la demencia senil. Si se hubiese callado después de su inspiración divina no habría pasado de ser una barbaridad propia de un anciano "gagá". Pero es que, como siempre, habló más de la cuenta. De allí la rabieta de algunos de sus familiares y allegados.
Pinochet es de algún modo inspirador de las técnicas comunicativas del primer ministro italiano Berlusconi, porque siempre se las arregla para decir brutalidades que alcanzan sin esfuerzo las primeras páginas y los titulares de los medios de comunicación. Es una forma de estar presente, de no pasar desapercibido.
El general que gobernó Chile entre 1973 y 1990 afirma no tener responsabilidad alguna en los crímenes que se le atribuyen y que han sido más bien excesos cometidos por sus subordinados. En el ejército más disciplinado de América Latina formado en la más rancia tradición prusiana, en la institución que hasta el día de hoy obedece como un solo hombre a sus superiores, en ese, dice Pinochet los oficiales y los soldados actuaron por cuenta propia para golpear, torturar, detener, hacer desaparecer. Para desgracia del general el diario La Nación de Chile informaba el domingo 23 de noviembre recién pasado que al menos 400 presos políticos fueron lanzados al mar desde helicópteros militares, en operaciones realizadas principalmente entre 1974 y 1978. ¿Quién dio la orden y coordinó con los centros de detención los pormenores de estas operaciones? Lo más factible es que haya sido la DINA, la policía política de la dictadura, el organismo que obedecía órdenes directas de Pinochet Ugarte.
Por lo demás culpar a los subalternos sin asumir su propia responsabilidad hiende en la personalidad del militar una triza de indignidad mezclada con la cobardía más ordinaria. Sin embargo esto de su inocencia ya lo ha repetido Pinochet a lo largo de su célebre carrera profesional.
Otra línea de reflexión que ha tenido a bien comunicarnos es que él no se arrepiente de nada, que puesto en circunstancias similares volvería a hacer lo mismo, que los que tienen que pedir perdón son los otros, los del otro lado, los comunistas, los marxistas que llevaban al país a la perdición. El arrepentimiento es una acción individual que requiere de grandeza porque no es fácil reconocer los errores cometidos, mucho menos si ellos abarcan a miles personas que han perdido la vida o han sufrido persecución, o han sido víctimas del exilio. La izquierda chilena, los que estuvieron en el gobierno de Salvador Allende, tempranamente reconocieron los errores cometidos, asumieron su responsabilidad en la polarización del país, y han dejado de ello testimonios escritos en cientos de obras. A Pinochet y los suyos les ha faltado esa grandeza, aunque es comprensible, porque nunca la han tenido. Pinochet y sus partidarios vergonzosos, porque lo van a visitar a hurtadillas para no perder credibilidad política ni votos, siguen convencidos que los crímenes cometidos fueron necesarios para salvar a Chile. Este desprecio por la vida de "los otros" forma parte del acerbo político del sector más reaccionario de Chile.
La vida es frecuentemente una concatenación de coincidencias. En este caso se han dado dos que valen la pena mencionar. La primera tiene que ver con que en la misma semana el presidente Ricardo Lagos en rueda de prensa ponía en duda que algún día Chile alcanzará la reconciliación nacional. ¿Cómo no estar de acuerdo con el mandatario al tenor de las declaraciones de Pinochet? La segunda coincidencia es que por estos días ha muerto el obispo Fernando Aristía, un hombre bueno, que luchó durante toda la dictadura para defender a los perseguidos y sus familiares, que escuchó del propio Pinochet que a los partidarios de Allende no se les trataba con guante blanco. Aristía siempre supo lo que pasaba y tuvo el valor de denunciarlo desde el púlpito y fuera de el.
Después de todo no deberíamos sorprendernos de lo que dice un perseguido de la justicia que ha eludido el proceso judicial para responder por sus crímenes con un certificado médico. Lúcido o insano su inhumanidad es la de siempre. Eso hay que reconocérselo. Porque si mañana pidiera perdón, ¿usted le creería?.





























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